Hubo un tiempo en que poner las ganancias por encima de las necesidades de la comunidad se consideraba casi una herejía. Que se lo pregunten, si no, a Robert Keayne, notable ciudadano, cofundador de la Antigua y Honorable Compañía de Artillería de Massachusetts, que fue declarado culpable y multado con 200 libras por un tribunal puritano por cobrar de más a sus clientes. Cierto que corría el año 1639 y que la palabra capitalismo no existía todavía en el vocabulario. El escándalo dio incluso para un sermón en el que el reverendo John Cotton censuró como uno de los “falsos principios” del comercio que un hombre pudiera “vender lo más caro posible y comprar lo más barato posible”. ¿Les suena?
Capitalismo. Una historia global
Cuatro siglos después, el comportamiento que a punto estuvo de excomulgar a Keayne no solo ha dejado de resultar escandaloso, sino que forma parte de la lógica que gobierna buena parte de nuestra vida económica. Explicar cómo llegamos de un mundo al otro es la descomunal tarea que se ha impuesto Sven Beckert en Capitalismo. Una historia global (Crítica), un volumen de más de mil páginas en el que el historiador de Harvard recorre prácticamente un milenio para explicar cómo una lógica que durante siglos fue marginal, dispersa y relativamente débil acabó convirtiéndose en dominante y organizando casi toda la vida económica. “Muchos de mis alumnos piensan que el capitalismo es una especie de estado natural”, ha explicado Beckert en presentaciones recientes. Su libro pretende justamente “desnaturalizarlo”.
No se impuso solo por la fuerza de los mercados: necesitó el respaldo de los estados
El capitalismo, sostiene Beckert, nació global. Y para demostrarlo se remonta al siglo XII, donde da cuenta de una comunidad de comerciantes de Adén (actual Yemen), China, India, África y Europa que ya compraban, vendían, prestaban y reinvertían sus ganancias. Eran todavía pequeñas “islas de capital” en sociedades regidas por otras lógicas que, conectadas por el comercio a larga distancia, terminaron formando un “archipiélago capitalista”.
¿Cómo acabó aquel archipiélago ocupando casi todo el mapa? No bastaron los mercados. El salto llegó cuando comerciantes y propietarios sumaron su fuerza a la de los estados. Estos protegieron derechos de propiedad, concedieron monopolios, abrieron territorios y sostuvieron la expansión con poder militar. El reverso fueron la conquista, la esclavitud, la expropiación y la proletarización. Hubo resistencias: durante mucho tiempo campesinos, religiones y gobernantes intentaron poner límites a esa nueva lógica. En algunos escenarios, escribe Beckert, “el capitalismo se parecía a un estado de guerra”, como en las plantaciones esclavistas del Caribe y Estados Unidos, donde la acumulación de riquezas dependía de la coerción y la violencia.
La historia posterior confirma, además, su extraordinaria capacidad para cambiar de piel: el capitalismo ha convivido con imperios y democracias, con mayor o menor regulación y con geografías cambiantes. Y el Estado, lejos de desaparecer, reaparece una y otra vez, desde la industrialización hasta la crisis del 2008. Hoy, señala Beckert, el núcleo más dinámico del capitalismo mundial vuelve a desplazarse hacia Asia y especialmente hacia China.
Después de más de mil páginas queda inevitablemente una pregunta: si tuvo un principio, ¿puede tener un final? Beckert evita las profecías, pero deja una imagen sugerente. “Quizá el capitalismo termine de forma similar a como apareció”: mediante nuevas islas organizadas con otras lógicas que se conecten y extiendan. No sabemos si ocurrirá. Porque si algo enseña este viaje de mil años es que el capitalismo nunca ha dejado de transformarse. Y nada garantiza que esta sea su última forma.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.