Cada final de año repetimos el mismo ritual. Lista de objetivos. Crecer, mejorar, lanzar, innovar. Siempre sumando prioridades a la lista. Como si avanzar consistiera solo en añadir. Nuevos proyectos. Nuevos objetivos. Nuevas ambiciones. Las metas no conseguidas. Con el tiempo he aprendido que ese enfoque es incompleto. Y, en muchos casos, contraproducente. Plantearse objetivos para el año entrante no es solo definir objetivos. Es hacer tabla rasa también con los errores. Y, sobre todo, con los hábitos que ya no sirven. Con lo que consume energía sin producir valor.
En una ocasión, hace años, un directivo muy brillante me confesó algo incómodo. No estaba agotado por exceso de trabajo. Estaba agotado por exceso de dispersión. Demasiadas iniciativas abiertas. Demasiadas conversaciones irrelevantes. Demasiados por si acaso . Trabajaba mucho, sí. Pero no trabajaba mejor. Sentía que su día a día le dejaba aturdido. Ese fue su verdadero examen de conciencia. No qué quería conseguir el año siguiente. Sino qué estaba dispuesto a dejar de hacer.
En efecto, la pregunta no es solo “qué quiero lograr”. Es “qué quiero soltar”. Qué reuniones no volveré a aceptar. Qué proyectos dejaré de empujar por inercia. Qué temas seguiré atendiendo solo porque siempre lo he hecho así. Qué batallas no merecen ya mi tiempo. No es un planteamiento negativo. Es un planteamiento selectivo. Estratégico. Liberador. El inicio de año es una excusa perfecta. Pero no debería ser la única. El verdadero valor está en incorporar esta revisión como hábito.
En competencias profesionales, el tiempo no se gestiona. Se prioriza. Y eso implica renunciar. No hay otra. Cada sí es un no a otra cosa. Pero casi nunca explicitamos esos noes. Los dejamos implícitos. Y así se nos cuelan tareas, compromisos y expectativas que erosionan el foco.
Poner objetivos por supresión (esa es la expresión que mejor lo define) exige honestidad. Admitir en qué nos hemos equivocado. Pero también en qué hemos insistido demasiado. En qué hemos confundido perseverancia con terquedad. En qué hemos seguido por orgullo, por miedo o por comodidad. Y, muy importante, qué asuntos a los que dijimos sí ahora hay que decir no.
Poner el contador a cero también es eso. Dejar de hacer para poder hacer. Preguntarse periódicamente: ¿en qué estoy perdiendo tiempo? ¿Qué me distrae de lo esencial? ¿Qué hago por costumbre y no por convicción? ¿Qué acepto por falta de carácter o por una dificultad en decir que no? ¿En qué punto estoy complaciendo demasiado a los demás a costa de mi tiempo? Eso es poner el contador a cero. Restar muchas cosas primero para luego poder añadir objetivos. Menos es más, dicen. Y es que sin menos no podremos hacer más. Restar para sumar.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.