El término “balearización” aparece a finales de los cincuenta en los medios de comunicación franceses –dicen que por primera vez en la revista Paris Match– para describir el turismo atropellado e intensivo del litoral de Mallorca.
En aquellos años, Menorca estaba fuera de foco. La más septentrional de las Islas era un secreto reservado a los locales, algunos ingleses y cuatro barceloneses. Una isla de imagen magnética, siempre verde, con vacas y muros de piedra seca. Con la especial huella que dejó la ocupación británica, beneficiosa para la isla y relativamente benigna.
Industrial hasta 1980, el turismo de la isla ha cambiado después de la llegada de la pandemia
La habilidad de los menorquines por el comercio, la peculiar propiedad de la tierra o la existencia de una sociedad civil potente son factores que explican que Menorca no cayera en la peor versión del turismo, a la que sí se entregó Ibiza. O, al menos, que tardara más en dejarse arrastrar por ella. De estas y otras historias habla el economista Guillem López Casasnovas en este libro que recoge sus artículos sobre la economía menorquina.
López Casasnovas explica que hasta 1980 Menorca fue una isla predominantemente industrial, en la que el calzado, la metalurgia y los transformados alimentarios eran su motor económico. Es decir, la singularidad que percibían los visitantes no era fruto solo de un entorno natural único, sino de la existencia de actividades que garantizaban el equilibrio de la isla como sociedad, una vida civil propia, con unos pueblos en el interior preservados de la vorágine turística.
Dicho esto, después de leer el libro, uno descubre que pese a todas esas buenas razones, y de haber llegado tarde al boom, la isla no se ha ahorrado los errores de las islas vecinas: el turismo low-cost y la masificación en temporada alta. Menorca, escribe el economista, es “una isla llena de coches”.
El negocio turístico tiene un atractivo salvaje cuando se lo pondera con otras actividades económicas
Del libro se extraen algunas conclusiones. La primera es que el negocio turístico tiene un atractivo imbatible cuando se le pondera con otras opciones. La segunda, que tanto los empresarios como la administración no escuchan a los especialistas, sean economistas, urbanistas o defensores del medio ambiente, cuando se les advierte del peligro de matar a la gallina de los huevos de oro con tanto exceso.
El economista ha titulado el libro “ Els anys que hem viscut perillosament ”. Son los años que van de 2020 a 2025, cuando la pandemia rompe los equilibrios de una isla que es redescubierta como refugio inmobiliario para privilegiados. En el boom posterior, el sector recurrirá cada vez más a la inmigración para apuntalar su masificación y esto provocará un descenso continuado de la renta per cápita de las islas. También en el caso de Menorca.
López Casasnovas escribe que el turismo de las Islas ha sido para el resto de España una especie de “Plan Marshall” por la entrada de divisas que supone y su contribución a la reducción de los desequilibrios. Lo más inteligente por parte del estado habría sido responder a ello con una mejora de los servicios sociales, deteriorados por ese modelo de negocio. La realidad, sin embargo, no parece ir por ahí.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.