La estatua tiene casi cinco metros de altura, está bañada en oro y se llama Don Colossus, en homenaje a su modelo, Donald Trump. Es un regalo al presidente de un grupo de empresarios de criptomonedas, un sector que se está beneficiando extremadamente de sus políticas.
La figura es obra de un escultor de Ohio que ya ha inmortalizado a varios mandatarios estadounidenses, aunque es la primera vez que utiliza el oro como material estrella. Cuando Trump vio la obra, escribió que le parecía “fantástica”. No sorprende: Don Colossus aúna dos de las cosas que más le gustan: él mismo y el oro.
No es un secreto que el político siente debilidad por este metal precioso, con el que ha decorado los suntuosos interiores de sus residencias en Nueva York y Florida. Sin embargo, en su segunda presidencia, Trump ha ido más allá: desde que llegó a la Casa Blanca, el oro también recubre el histórico Despacho Oval.
El poder a sus pies
Trump ha dicho que sus gustos decorativos se inspiran en la opulencia del Palacio de Versalles. En concreto, en la grandiosa Galería de los Espejos, un salón barroco de más de setenta metros de longitud, tachonado de centenares de espejos y recubierto de mármol y oro. Fue construido a finales del siglo XVII por orden de Luis XIV, el Rey Sol, monarca que, como Trump, amaba el brillo y el simbolismo del oro.
Este rey absolutista, cuyo reinado abarcó parte del Siglo de Oro francés, lo utilizó como vía de expresión de su poder, riqueza y divinidad. Lo integró en sus joyas y en su vestuario, en sus carruajes, en sus palacios y en la economía. Durante su reinado se potenció el louis d’or, moneda acuñada por su padre, que dio estabilidad al país.
En paralelo, su influyente ministro, Jean-Baptiste Colbert, instauró normas estrictas para controlar el oro que entraba y salía del reino y para incentivar a los orfebres que lo trabajaban. Colbert también impuso el llamado “sistema de contraste”, un sello de calidad que garantizaba que un objeto estaba realmente hecho de oro.
Pero la alianza de este metal precioso con el poder había empezado mucho antes. El perfecto ejemplo fue el antiguo Egipto, donde el oro, propiedad exclusiva de los faraones, era un signo fundamental de estatus. Considerado “la carne de los dioses”, los gobernantes del reino del Nilo lo lucían como símbolo de su asociación con Ra, el dios del sol.
“En Egipto, el oro no era solo una forma muy efectiva de marcar estatus y rango, sino también una herramienta para apaciguar y deslumbrar a las masas”, escribe el historiador Adam Wasserman en Two sides of a coin, su ensayo sobre la historia del oro.
El oro fue esencial en Egipto para esculpir estatuas, decorar palacios, templos y tumbas y para elaborar piezas de joyería. Un faraón no podía presentarse en público sin llevarlo (la reina Hatsheput cubría su rostro con polvo de oro), ni tampoco irse al otro mundo sin este metal. La mejor prueba es el ajuar funerario de Tutankamón, repleto de “cosas maravillosas”, entre las que destaca la icónica máscara dorada del joven faraón.
La egipcia fue la primera civilización que monetizó el oro y la plata para transacciones comerciales importantes. También fueron los primeros en excavarlo. La obsesión por el oro alcanzó su punto álgido tras la conquista de Nubia en 1500 a. C. La región poseía grandes yacimientos explotados por los egipcios, “lo que les permitió expandir su imperio y convertirse en la primera gran civilización del mundo”, escribe Wasserman.
Un desarrollo del que también se beneficiaron los pueblos del Mediterráneo, Asia y África que comerciaban con ellos. Aunque aquel progreso tenía un reverso muy oscuro: en el siglo I a. C., el historiador griego Diodoro Sículo documentó las despiadadas condiciones de trabajo en las minas, donde los esclavos fallecían por centenares.
Más antiguo que la tierra
“El oro es un metal profundamente político”, escribe Dominic Frisby en The secret history of gold, donde documenta la historia de un metal que, dice, ya estaba presente en el polvo que formó el sistema solar. “El oro que llevas en tu dedo o en tu cuello es más viejo que la propia Tierra”, apunta.
Según Frisby, los artefactos de oro más antiguos tienen unos seis mil setecientos años: casi seis kilos de adornos de oro que forman parte del tesoro de Varna, una antigua necrópolis en la actual Bulgaria.
Desde entonces, añade Frisby, el oro ha sido utilizado para expresar poder, riqueza, eminencia y proximidad con los dioses. Unos dioses que también indicaron cómo utilizarlo: en la Biblia hay más de cuatrocientas referencias al oro, entre ellas, las precisas instrucciones que Yahvé dio a Moisés para construir un templo con un “tabernáculo recubierto de oro”.
De Grecia a la Edad Media
El oro también fue fundamental para el desarrollo de la cultura griega y del Imperio romano. Para la primera, era la llave a la vida eterna, por lo que cubrían los rostros de sus muertos con máscaras de este material. La leyenda del rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, es parte de su mitología, pero los arqueólogos han demostrado que está basada en la figura de un rey verdadero, gobernante de la ciudad de Gordio, en Turquía.
Los nobles romanos también se enamoraron del oro, convirtiéndolo en un instrumento de lo profano al transformarlo en joyas y enseres domésticos y acuñarlo en monedas. El emperador Nerón comía en platos de oro, y este metal fue esencial a la hora de construir su Domus Aurea (casa de oro), la mansión más ostentosa de la época. Las Médulas, en España, fueron sus minas más importantes.
En la Edad Media, en forma de halos y coronas, el oro remarcó la santidad de los santos y la autoridad de los reyes. Sin embargo, su papel simbólico fue superado por el político, ya que, con el tiempo, el oro adquirió tanto poder que cambió el mundo. Así lo explica el historiador Kwasi Kwarteng, fugaz ministro de Economía británico en 2022, en su libro War and gold, donde disecciona el impacto del oro en la sociedad desde el descubrimiento de América.
En busca de El Dorado
Para Kwarteng, el oro de América sirvió para afianzar el imperialismo español, pero, a la vez, causó su ruina. Gracias a las riquezas del Nuevo Mundo, el emperador Carlos V pudo financiar sus numerosas guerras, pero, para ello, se embarcó en préstamos tan arriesgados que acabaron en la bancarrota del Imperio.
Antes de la ruina, sin embargo, hay que hablar de la obsesión por el oro que propulsó la conquista de América. Una obsesión que, como descubrieron Cortés y Pizarro, no entendía de fronteras ni distinguía culturas. Los incas, por ejemplo, acumulaban grandes cantidades de un material que consideraban “el sudor del sol”. De nuevo, el oro era el instrumento para materializar la divinidad de sus caudillos, que se autoproclamaban descendientes del sol y de la luna, representados por el oro y la plata.
Pizarro lo buscó en Perú, donde hizo prisionero al príncipe inca Atahualpa, que le ofreció una habitación llena de oro a cambio de su libertad. Hernán Cortés esperaba hallarlo en México, y anunció a los aztecas que tanto él como sus hombres “padecían una enfermedad del corazón que solamente podía ser curada con oro”.
Ambos fueron “líderes del oro”, como describe Kwarteng, una tipología de explorador alimentada por la famosa leyenda de El Dorado, esa ciudad perdida construida enteramente con oro que obnubiló a muchos europeos en los siglos XVI y XVII.
Desde el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, en 1492, hasta 1600, el continente generó más de 225.000 kilos de oro (el 35% de la producción mundial). Tal como señaló John Maynard Keynes, esta masiva llegada de riquezas a Europa tuvo un impacto fundamental: la acumulación de capital provocada por estas remesas fue la puerta de entrada a la Edad Moderna. Una nueva era en la que el oro conservó un gran valor simbólico y económico, tanto en las cortes europeas como en los emergentes centros de poder.
Patrón oro
Así sucedió en el nuevo imperio global, el británico, que en 1819 fijó el valor de su moneda al del oro. Ello dio lugar a la adopción internacional del patrón oro, un sistema monetario que establecía el valor de la moneda de un país en relación a la cantidad de oro que este poseía. Durante casi un siglo aportó estabilidad al mundo, hasta que en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, en parte provocada por la convulsión económica que vivía Europa.
Keynes advirtió entonces de la necesidad de una reforma monetaria global que implicara la disminución progresiva del papel del oro, que consideraba una reliquia. “Si por fin se destituye el control despótico del oro sobre nosotros y se reduce su posición a la de un monarca constitucional, se habrá abierto un nuevo capítulo en la historia”, dijo.
Ese control despótico acabó en 1971, cuando Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro, dando paso al actual sistema de dinero, sin el respaldo físico de este metal.
Pese a ello, en el siglo XXI, la alianza del oro con el poder continúa: sigue siendo un activo de reserva muy apreciado, y aproximadamente el 45% del oro mundial está en manos de gobiernos y bancos centrales con este fin. Continúa siendo aceptado como medio de pago por todas las naciones y su precio no deja de aumentar.
Su simbolismo tampoco ha decaído: si hace más de tres mil años la reina Hatshepsut recubría su rostro con oro, en 2023, otro rey, Carlos III de Inglaterra, llegó a su coronación en una carroza dorada. Mientras tanto, Donald Trump ansía colocar su efigie bañada en oro en su campo de golf. Luminoso e irresistible, el oro sigue fascinando a la humanidad.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.