“Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ‘¡Inmundo! ¡Inmundo!’. Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada”. Moisés, quien según la tradición judía escribió el Levítico con las leyes de Yavé, no se estaba con tonterías y bien se le podría acusar hoy en día de crueldad.
Escrito entre los años 1440 y 1400 a.C. según la tradición o bien fijado entre los siglos VI–IV a.C. recogiendo la tradición oral y algunos relatos antiguos, según el consenso histórico y filológico, este libro también recogido en el Antiguo Testamento cristiano es el primer documento que alerta tanto del riesgo de contagio de enfermedades infecciosas como la lepra o la tiña. Que fija, asimismo, un período de aislamiento de los afectados como pionera medida profiláctica.
Aunque más allá de preceptos divinos de obligado cumplimiento, el primer texto que narra los estragos de una epidemia, su rápida propagación y sus efectos sobre la población es la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, quien contrajo la peste, tifus o viruela –no hay consenso sobre ello– que llegó en algún barco arribado al puerto del Pireo en torno al año 430 a.C.
El autor describe tanto los síntomas de la enfermedad (fiebre, tos, erupciones, diarrea…), como el colapso social y moral que provocó en Atenas en plena guerra contra Esparta y sus aliados. Sin buscar explicaciones divinas, frivolizando incluso con la confusión de los presagios que confundían hambre (limós) y peste (loimós), su narración se fundamenta en una explicación racional de la epidemia y su contagio.
Tucídides alerta en su relato del contagio por contacto directo, con los médicos como primeras víctimas, aunque no ofrece detalles sobre las medidas que permitieron superarla, más allá de la quema masiva de cadáveres y el aislamiento de los enfermos provocado por el miedo. Es el texto que ofrecemos íntegro.
Sí inciden en la necesidad de aislamiento de enfermos textos legales posteriores, como el edicto dictado en la República de Ragusa –actual Dubrovnik– en 1377, durante uno de los mortíferos episodios de peste negra medieval que asolaron a buena parte de Europa y Asia. En él se establece el aislamiento sistemático de los recién llegados de “zonas pestíferas”, tanto viajeros como sus mercancías, por treinta días, lo que se dio en llamar el cumplimiento del trentino.
A partir de ahí, la República de Venecia decidió alargar este período a los 40 días para establecer la cuarentena, que debía guardarse en lazaretos creados ex profeso en diversas islas de la laguna veneciana, y persistió a lo largo de los siglos. Ya a finales del siglo XIX y hasta mediado el siglo XX, el Gobierno federal de Estados Unidos estableció esa misma política con los migrantes que arribaban en barco a su territorio. La isla de Ellis, en la bahía de Nueva York, se convirtió en el mayor centro de aislamiento preventivo de la historia.
‘Guerra del Peloponeso’ (Libro II, capítulos 47-54)
“[47]
”Tal fue el funeral que tuvo lugar durante este invierno, con el que llegó a su fin el primer año de la guerra. En los primeros días del verano los lacedemonios y sus aliados, con dos tercios de sus fuerzas como antes, invadieron el Ática bajo el mando de Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de Lacedemonia, y se asentaron y arrasaron el país.
”No muchos días después de su llegada al Ática, la peste comenzó a mostrarse por primera vez entre los atenienses. Se decía que había estallado antes en muchos otros lugares, especialmente alrededor de Lemnos y en otros sitios, pero nunca se había visto una pestilencia tan grande ni tan destructora. Ni los médicos eran de utilidad al principio, pues ignoraban cómo tratarla y ellos mismos morían en mayor número por acercarse a los enfermos, ni ningún otro recurso humano servía. Las súplicas en los templos, las consultas a oráculos y todo lo demás resultaban inútiles; finalmente, abrumados por el mal, dejaron de recurrir a ellos.
”Se dice que comenzó en Etiopía, por encima de Egipto, descendió a Egipto, Libia y gran parte del territorio persa. Cayó de repente sobre Atenas, atacando primero a los habitantes del Pireo, por lo que se rumoreaba que los peloponesios habían envenenado los pozos, ya que aún no había fuentes allí. Después se extendió a la ciudad alta, y las muertes fueron mucho más numerosas.
Ni los médicos eran de utilidad, pues ignoraban cómo tratarla y ellos mismos morían por acercarse a los enfermos
”Cada uno, médico o profano, podía dar su opinión sobre su origen y sus causas, pero yo relataré cómo fue y sus síntomas, para que, si alguna vez vuelve a ocurrir, se pueda reconocer. Yo mismo padecí la enfermedad y vi a otros sufriéndola.
”[48]
”Aquel año fue excepcionalmente libre de otras enfermedades; pero si alguien enfermaba de algo, todo terminaba en esta peste.
”Los que gozaban de buena salud eran atacados de repente por un calor ardiente en la cabeza, enrojecimiento e inflamación de los ojos; la garganta y la lengua se volvían sanguinolentas y el aliento fétido y antinatural. A esto seguían estornudos y ronquera, y pronto el mal descendía al pecho con tos violenta. Cuando se fijaba en el estómago, lo revolvía y producía toda clase de evacuaciones biliosas, acompañadas de gran angustia. La mayoría sufría también vómitos inútiles y violentas convulsiones.
”Externamente, el cuerpo no estaba muy caliente al tacto ni pálido, sino rojizo, lívido y con pústulas y úlceras. Pero internamente ardía de tal modo que los enfermos no soportaban ni la ropa más ligera y preferían estar desnudos, y muchos se lanzaban a los pozos por una sed insaciable. No había límite a la sed; el beber no aliviaba nada. El insomnio los atormentaba igualmente.
Aquel año fue excepcionalmente libre de otras enfermedades; pero si alguien enfermaba, todo terminaba en peste
”Mientras la enfermedad estaba en su apogeo, el cuerpo no se consumía, sino que resistía sorprendentemente; morían la mayoría en el séptimo u octavo día por la inflamación interna, conservando aún algo de fuerza. Si superaban esta crisis, el mal descendía al vientre, produciendo ulceraciones violentas y diarrea acuosa, que generalmente llevaba a la muerte por debilidad.
”[49]
”El rasgo más terrible era el desánimo que se apoderaba de quien se sentía enfermar: caían inmediatamente en la desesperación y se entregaban sin resistencia. Además, el contagio se producía por el cuidado mutuo: morían como ovejas. Esto causó la mayor mortalidad.
”Cuando la gente estaba sana, nadie quería acercarse a los enfermos por miedo, y si lo hacían, morían. Los que no tenían a nadie que los cuidara perecían abandonados; los que sí lo tenían, también morían por el contagio.
”La afluencia de gente del campo a la ciudad agravó el mal. Vivían en chozas sofocantes en plena canícula. Los cadáveres yacían unos sobre otros; los moribundos se revolcaban por las calles y alrededor de las fuentes, ávidos de agua. Los templos sagrados estaban llenos de cadáveres, pues la gente se refugiaba allí.
El contagio se producía por el cuidado mutuo: morían como ovejas. Esto causó la mayor mortalidad
”Todas las costumbres funerarias se trastornaron por el exceso de muertes y la falta de medios. Quemaban los cadáveres en piras ajenas o los arrojaban sin orden.
”[50]
”La peste originó también mayor ilegalidad en la ciudad. La gente se atrevía más fácilmente a lo que antes ocultaba, viendo los cambios repentinos de fortuna. Nadie perseveraba en lo honorable, pues no sabía si viviría para lograrlo. Lo placentero y lo que a ello conducía se consideraba honorable y útil. No había temor a los dioses ni a las leyes humanas, pues veían que todos perecían por igual, piadosos o impíos, y que las súplicas y los templos no servían de nada.
”Así, abrumados por el desastre, creían que ya nada importaba.
”[51]
”Tal fue la historia de la peste. Además de los otros males que trajo, causó también esto: que si alguien contraía la enfermedad por cuidar a otro, moría, y los que escapaban no contraían la enfermedad de nuevo, al menos no de forma mortal. Porque los que se recuperaban eran mirados con envidia y compasión por los demás, ya que esperaban no volver a padecerla.
”La peste no sólo afectó a los atenienses, sino también a otras ciudades, pero en ninguna con tanta virulencia como en Atenas.
No había temor a los dioses ni a las leyes, todos perecían por igual y las súplicas no servían de nada
”[52]
”En medio de sus penalidades, les supuso un mayor agobio la aglomeración ocasionada por el traslado a la ciudad de las gentes del campo, y quienes más la padecieron fueron los refugiados. En efecto, como no había casas disponibles y habitaban en barracas sofocantes debido a la época del año, la mortandad se producía en una situación de total desorden. Los cadáveres yacían unos sobre otros, y los moribundos se revolcaban por las calles y en torno a todas las fuentes, dominados por la sed. Los santuarios sagrados donde se habían refugiado estaban llenos de cadáveres de quienes habían muerto allí.
”[53]
”Dado que la calamidad era tan abrumadora, los hombres, no sabiendo qué sería de ellos, se entregaban al desenfreno y cometían actos que antes ocultaban. Pues veían que la riqueza y la pobreza cambiaban rápidamente: los ricos morían de repente, y los que antes eran pobres heredaban sus bienes. Por eso querían disfrutar rápidamente y con placer, considerando que la vida y la riqueza eran igualmente efímeras.
”Nadie perseveraba en lo que se consideraba honorable, pues no sabía si viviría para lograrlo. En cambio, lo placentero y todo lo que pudiera conducirlo se consideraba honorable y útil. No había temor ni a los dioses ni a las leyes de los hombres, pues veían que piadosos e impíos perecían por igual, y que nadie esperaba vivir lo suficiente para rendir cuentas.
Tal fue la desgracia que se abatió sobre los atenienses. Mientras tanto, los peloponesios se retiraron
” [54]
”Tal fue la desgracia que se abatió sobre los atenienses. Mientras tanto, los peloponesios devastaban el Ática y se retiraron. En este mismo verano también se produjo una epidemia de peste en otros lugares.
”Recuerdo que los más ancianos decían que se había cumplido un antiguo oráculo que decía: ‘Vendrá una guerra doria y con ella una peste (loimós)’. Hubo discusión sobre si el oráculo decía ‘peste’ o ‘hambre’ (limós), pero en las circunstancias presentes se impuso naturalmente la versión de ‘peste’. Si alguna vez vuelve a haber una guerra doria y sobreviene el hambre, probablemente recitarán el oráculo en ese sentido.
”Tal fue la historia de la peste.”

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.