El pasado diciembre, el principal canal de la BBC estrenó un documental titulado Wild London, un programa sorprendente por dos razones. La primera, su temática: mostrar la fauna que habita en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, como zorros, sapos, halcones peregrinos que anidan en los rascacielos de la City y manadas de ciervos que se zampan las rosas de los jardines de los suburbios. La segunda curiosidad del programa era la edad de su presentador: 99 años. Todo un récord en el ámbito televisivo.
Pero en el Reino Unido este detalle no pareció extrañar a nadie, ya que el anciano locutor es David Attenborough, uno de los rostros más queridos de la televisión pública británica. El hombre que lleva más de setenta años descubriendo a los telespectadores las maravillas del mundo natural, que ha recorrido el planeta explicando el comportamiento de las especies y descubriendo los tesoros que albergan todos los ecosistemas. El divulgador que epitomiza el motto de la BBC: “Informar, educar y entretener”. ¿Quién, sino David Attenborough, iba a descubrir a los telespectadores la fauna de Londres, el lugar donde nació un 8 de mayo de 1926 y que él considera su casa?
De todos modos, David Attenborough creció en Leicester, donde su padre, Frederick, era rector de la universidad. Su madre, Mary Attenborough (de soltera Clegg), filántropa y activista social, ayudó a coordinar la acogida de niños refugiados durante la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. David era el mediano de tres varones. Su hermano mayor, Richard, se convirtió en un exitoso actor y cineasta (entre otros, dirigió Un puente lejano, A chorus line o Gandhi; como actor, participó en Parque Jurásico), El menor, John, fue un ejecutivo de la industria del automóvil.
La familia vivía en el campus de la universidad, lo que proporcionó a los tres hermanos un contacto directo con el entorno académico desde muy temprana edad. Un valioso capital cultural sazonado por una infancia libre, en un entorno todavía poco urbanizado. David pasó gran parte de su tiempo buscando fósiles, mariposas, cáscaras de huevo y otros ejemplares que le resultaban de interés. También atrapaba renacuajos, que vendía al departamento de zoología de la universidad. Unas actividades, explicó años después, que con el actual declive de especies ya no son posibles.
Estudió en la Wyggeston Grammar School de Leicester. Las grammar schools eran institutos públicos pensados para atraer a los estudiantes más brillantes y facilitar su acceso a las universidades de élite. David consiguió una beca para el Clare College de Cambridge, donde ingresó en 1945. Allí estudió Geología y Zoología y participó en asociaciones científicas estudiantiles. Debido a la guerra, se licenció de forma exprés. Tras graduarse, pasó dos años en la Marina. En 1949 empezó a trabajar en una editorial.
Pero la vida y la exitosa carrera de David Attenborough no se entenderían sin la BBC, donde entró en 1952, a través de un programa de formación. La reputada radiotelevisión del Reino Unido, modelo de lo que debería ser una emisora pública (independiente, plural y de calidad) era en ese entonces la única cadena del país.
Gracias a su rigor y creatividad, Attenborough pronto empezó a despuntar en la BBC. En Aventuras de un joven naturalista (Ediciones del Viento), recuerda cómo se le ocurrió crear un programa sobre fauna, rodado en su hábitat natural. En ese entonces ya había un espacio sobre animales, pero –como casi toda la programación–, se retransmitía en directo, desde la sede de la BBC en Alexandra Palace. Cada semana, un responsable del zoo de Londres traía un animal al estudio, que, como describe Attenborough: “Era colocado en un felpudo, sobre una mesa, donde se quedaba parpadeando, mientras el experto describía su anatomía al público”.
Aunque el programa tenía bastante éxito, Attenborough descubrió que había otro formato más atractivo para mostrar los animales: el del explorador y cineasta belga Armand Denis, pionero en la divulgación de la fauna africana, que filmaba in situ. La emisión en la BBC de un documental suyo que mostraba elefantes, leones, jirafas y otros “animales espectaculares” en su hábitat fue un éxito absoluto. “Y a mí, un joven de 26 años con dos años de experiencia en televisión y un título universitario en zoología (…) se me ocurrió que sería posible combinar ambos formatos y conseguir los beneficios de los dos”, escribe Attenborough. Es decir: ofrecer, junto a la parte didáctica y científica el espectáculo de la belleza del animal en su entorno natural. Así se gestó la fórmula que ha hecho de David Attenborough el naturalista más conocido del mundo.
Sierra Leona fue el primero de las decenas de países que ha visitado a lo largo de su carrera. “He tenido la vida más extraordinaria, viajando a todas las partes del globo”, ha dicho. Se trataba de una expedición conjunta de la BBC y el Zoo de Londres para capturar ejemplares y filmar el proceso. Pero a Attenborough aquel enfoque no le parecía suficiente: “Consideraba que la expedición debía tener un objetivo concreto: encontrar una criatura poco común que nunca se había visto en ningún zoológico del mundo; un animal tan romántico, raro y emocionante que su búsqueda mantuviera a los espectadores pegados a la pantalla, episodio tras episodio”.
Así nació su primera serie: Zoo quest, una búsqueda que le llevó durante una década por tierras remotas en pos de esos animales singulares. En principio, quien debía de aparecer en cámara era el herpetólogo del Zoo de Londres, Jack Lester, pero cayó enfermo y Attenborough tuvo que sustituirle. Ya en aquellos inicios destacó por su fotogenia y sus conocimientos, transmitidos en un inglés impecable, pero sin pedantería. Si a ello se le añade una pasión indisimulada por lo que contaba y los medios técnicos y humanos de una de las mejores televisiones del mundo, se explica su larguísima carrera, salpicada de éxitos.
Tras Zoo Quest, Attenborough empezó a trabajar en el nuevo canal BBC2. Entre otros, fue el responsable de la llegada de la televisión en color y el director de programas de la joven cadena. También le debemos la contratación de los Monty Python, cuya serie, Monty Python’s flying circus, fue un hito televisivo y una demostración de que no solo tenía olfato para detectar cosas extraordinarias en lugares remotos.
Su prestigio como directivo en la BBC iba al alza, pero en 1972 Attenborough decidió presentar su dimisión e ir por libre, para dedicarse a lo que más le gustaba: documentar la vida salvaje del planeta. De todos modos, siempre ha estado vinculado a la cadena. En 1979 lanzó la serie Life, la más ambiciosa producida por el canal británico. Compuesta por trece capítulos, está reconocida en la historia audiovisual como un hito en la divulgación de la ciencia al gran público.
En los años sucesivos le siguieron ocho series más, donde Attenborough y su equipo revelaron la vida en las selvas, los mares, los bosques, los desiertos y hasta en los hielos de la Antártida. Las plantas y los animales han sido los protagonistas de estas producciones, cada vez más sofisticadas y con secuencias más y más espectaculares, como el nado de una ballena azul a vista de pájaro (“su lengua pesa más que un elefante, su corazón tiene el tamaño de un coche, sus vasos sanguíneos son tan anchos que podrías nadar en ellos…”, recita Attenborough) o la desesperada carrera de una iguana en Galápagos, acechada por decenas de serpientes.
Títulos como Vida en la tierra, El planeta azul, La vida privada de las plantas y Vida a sangre fría están encapsulados en The life collection: un opus Attenborough del que han disfrutado cientos de millones de personas. Los documentales ofrecen una visión atractiva y completa de la Tierra, pero también muestran que la naturaleza puede ser despiadada y, especialmente, alertan de los retos a los que esta se enfrenta.
Porque, a medida que pasaban los años, al mensaje educativo y de entretenimiento de Attenborough se le sumó, con más fuerza, el de la crisis medioambiental, que ha experimentado de primera mano. “El mundo natural está desapareciendo, la evidencia está por todas partes. Lo he visto con mis propios ojos, a lo largo de mi existencia”, asegura en los primeros minutos de Una vida en nuestro planeta. Estrenado en 2020 en Netflix, este documental es su testimonio del declive del planeta por el impacto del hombre. Mientras se repasa su prodigiosa carrera, Attenborough urge a revertir el deterioro y luchar contra el cambio climático. Cree que es posible: aunque es agnóstico, tiene fe en que la humanidad aún es capaz de ello.
Tildado de alarmista por unos pocos y admirado por muchísimos, ganador de innumerables premios (como el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, en 2009), nombrado sir y comendador del Imperio británico, Attenborough es un tesoro nacional, cuyos cien años se celebran en el Reino Unido con una programación especial en la cadena pública y docenas de artículos en la prensa. Sin embargo, él aún no se ha retirado. El flamante centenario acaba de estrenar su último trabajo para la BBC: Secret Garden, una exquisita serie que explora la vida de los jardines ingleses. El mejor regalo de cumpleaños.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.