La irrupción del magnate Donald Trump en la política ha puesto al mundo entero patas arriba, sobre todo en lo que va de este su segundo mandato. Ha sembrado el caos. Ya no hay dónde agarrarse. Significa un antes y un después, puesto que nada será igual tras su paso por la Casa Blanca. Ni en Estados Unidos, ni en parte alguna.
Se puede contar con los dedos de una mano los dirigentes dotados con tamaño poder de cambio, fuera para bien o para mal, como el que ahora ejerce Donald Trump. Tal vez cabría mentar aquí el nombre de Ronald Reagan, si no fuera por la sombra que le hace su amiga del alma británica Margaret Thatcher. Ella, Maggie, fue la verdadera revolucionaria, la mujer que cambió las reglas del juego.
Un bombazo entre el establishment
Aunque ahora les puede parecer a las nuevas generaciones de europeos una exageración, lo cierto es que la victoria de Thatcher en las elecciones generales de 1979, tras los gobiernos laboristas de Harold Wilson y su sucesor James Callaghan, cayó como un bombazo en el complacido establishment británico, que no estaba preparado ni dispuesto a tomar órdenes de una… de una mujer, y no precisamente de una mujer cualquiera, sino de una mujer de provincias hija de un tendero con las ideas claras y sin pelos en la lengua.
Maggie no tardó en fascinar, en hechizar a los progres izquierdistas de la época, que enseguida se dieron cuenta de que eran incapaces de hablar de otra cosa que no fuera ella. Como confesaría años más tarde el novelista Ian McEwan: “Nos encantaba odiarla”, y es que era “tan poderosa, triunfadora, popular, omnisciente, irritante y, a nuestro juicio, equivocada”. O sea, irresistible, ya que “la obsesión nacional con Margaret Thatcher tuvo siempre un elemento de erotismo”, una atracción fatal a la que no andaban ajenos ciertos corresponsales españoles de aquellos años en Londres.
La primera ministra se atrevía con todo y con y contra todos, incluyendo los entonces todopoderosos sindicatos o la guerra de las Malvinas. Pero como todo héroe o heroína tenía su talón de Aquiles, que no era otro que el poll tax que, pese a las advertencias de sus desesperados ministros y asesores acojonados, amén de un enorme rechazo popular, insistió, erre que erre, en imponer contra viento y marea, que es lo que al final acabó en su defenestración a manos de su propio partido.
Su sustituto, John Major, un outsider carente de carisma no sólo ganó las elecciones de 1990, sino que las volvió a ganar en las siguientes, tiempo suficiente para que el laborista Tony Blair llegara al poder al grito de New Labour, una extravagancia que, en esencia, era poco más que el thatcherismo envuelto en un pringoso celofán de buenismo empalagoso, que lo empujaría a acudir a esa fatídica cita en las Azores con Bush hijo y Aznar.
A estas alturas de la película, cabe preguntarse cuál será el talón de Aquiles de Trump, y eso que hay mogollón de causas abiertas que podrían acabar en su inevitable caída en desgracia, sin, por supuesto, descartar su defenestración a manos de su propio partido, como le ocurrió a Maggie.
El jinete favorito en esta carrera de obstáculos hacia el abismo, aunque muerto y enterrado, atiende por Epstein, y tal como van los tiros, reales o metafóricos, podría arrastrar consigo a toda una generación de políticos, banqueros e intelectuales que no hacen otra cosa que autocomplacerse, mentirnos y, en definitiva, tomarnos el pelo.
Después de Maggie vino John Major, la sonrisa equina progre de Tony Blair, el Brexit y el actual desquicio en el que se halla instalado el Reino Unido. Da miedo pensar en cuál va a ser el legado de Trump, pero cada vez queda más claro que podría ser el diluvio, como advirtió aquel rey sol francés, y no sólo por los efectos del cambio climático cuya existencia él niega. Esto es la guerra.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.