No aporto nada corroborando que el mundo no va bien. La humanidad sufre más de la cuenta por culpa de las tensiones geopolíticas, de la desigualdad entre ricos y pobres, del hambre, las temperaturas altas y el clima extremo.
Cuando las cosas van mal solemos buscar un buen gestor, un líder pragmático y resolutivo, que prescinda de la ideología, para sacar adelante lo más urgente, los servicios básicos que garantizan una vida digna.
No es suficiente. Cuando las cosas van mal necesitamos a un idealista con una visión compartida de la humanidad, y hoy no lo tenemos. Muchos de nuestros dirigentes, sean conservadores o progresistas, priorizan la fuerza para sostenerse en el poder. Es muy claro en los que son más autócratas. Prometen la gloria como si fueran magos capaces de sacar una paloma de la chistera. Ilusionan con la posibilidad de vivir en un pasado inventado, en un imperio recuperado, en una era dorada, y la ciudadanía, emocionada, les entrega su confianza.
El dictador se gana el apoyo popular a través del idealismo y luego gobierna desde el realismo, es decir, con puño de hierro, sin compasión ni empatía. Podemos estar de acuerdo en que un buen gestor no debe ser sentimental y ustedes desconfiarían de él si supieran que consulta a un gurú o un chamán, adivinos que frecuentan los círculos del poder porque despejan dudas y ayudan a que el gobernante se lance a por lo que más desea, ya sea en Irán, Groenlandia, Taiwán o Ucrania.
Jefferson, Gandhi, Mandela y Havel fueron visionarios y ejemplos de buena humanidad
Hay dirigentes, sin embargo, que no dudan porque sitúan al individuo en el centro de sus ambiciones. Thomas Jefferson, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Vaclav Havel son cuatro ejemplos de buena humanidad.
Exigir lo que deseamos no es fácil. Por eso, muchas veces, solo exigimos lo que creemos que podemos obtener. Negociamos un aumento de sueldo, no un trabajo más interesante.
Este pragmatismo parece que nos salva, pero no es así. Lo que parece útil no siempre es lo más conveniente. ¿Qué sentido tiene vivir en la seguridad de unas fronteras, pero rodeado de enemigos? ¿Qué confort podemos encontrar en una familia si no tenemos la valentía de afrontar nuestro destino?
Los radicales han demostrado que, a través de la emoción, se puede alcanzar lo que se desea. Un extremista vende sueños que la gente compra como si fueran remedios infalibles contra la decadencia. Sin embargo, los gobernantes más sensatos, los que van del centroderecha al centroizquierda, venden realidades, temerosos de que los radicales los acusen de ser unos utópicos y revolucionarios, unos románticos y unos débiles. Su posibilismo es un error. Deberían atreverse más.
Ahora que debemos construir un nuevo orden global, no podemos permitir que los autócratas y los tecnólogos impongan el suyo desde la fuerza y el mesianismo. Tienen una visión tan reducida del pasado que el futuro que nos ofrecen también es muy estrecho, tanto que apenas queda sitio para el hombre en el que creyeron Jefferson, Gandhi, Mandela y Havel.
Si queremos hacer algo por el futuro debemos tener los ojos muy abiertos en el pasado, con todas sus turbulencias y causas perdidas, justamente las que podrían haber salvado al mundo.
Aspirar a una visión compartida de la humanidad que resuelva las revoluciones pendientes es, sin duda, una utopía y está bien que así sea porque lo mejor del mundo es lo que se anhela pero se escabulle, lo que huye marcando el camino para que no dejemos de perseguirlo. Seguirle la pista no es tan complicado. Basta con volver la vista atrás y tomar conciencia del camino recorrido. La perspectiva de lo que somos cambia radicalmente. La profundidad histórica de nuestra civilización nos ofrece la esperanza que nos niega la pugna cotidiana entre estadistas.
Si pensamos Europa a partir de la unidad política del imperio romano, del imperio carolingio y del Sacro Imperio Romano Germánico, si la vemos con una profundidad de dos milenios, seguro que somos mucho más respetuosos con la Unión Europea, una niña , de apenas 75 años.
Y si en este túnel del tiempo colocáramos a un europeo del siglo V junto a uno del siglo XXI, veríamos a dos ciudadanos obligados a construir un mundo nuevo sobre las ruinas de un orden roto. Que la lucha de entonces no sea tan diferente a la de ahora significa que el progreso es construcción y destrucción, y que a medida que pasan los siglos, el hombre construye más y destruye menos. No está mal.
Muchos de nosotros mantenemos un optimismo innato sobre lo que se halla en los confines de la tierra. Y hoy bastaría con colocar estos confines en el centro del nuevo orden para superar la desigualdad y la violencia, y recuperar la visión compartida de la humanidad.
¿Qué tal si pedimos a los inmigrantes que redacten una nueva Constitución para Europa?
Un camino que los europeos podríamos seguir para alcanzar esta utopía sería ofrecer a los inmigrantes, descendientes casi todos del colonialismo, el privilegio de redactar una nueva Constitución para Europa, como propone la periodista turca Ece Temelkuran. Colocar la periferia en el centro implica que todo el sistema se pondría al servicio del más débil, pero no solo para ofrecerle los medios de una vida nueva, sino los privilegios de la igualdad.
Lo que está bien en el mundo emana de los idealistas. Solo un estadista visionario puede hacer posible lo que es más útil y sensato.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.