Desbloquear el Estrecho de Ormuz obliga a EE.UU. a ocupar militarmente la región, algo muy arriesgado para sus tropas, o a negociar con Irán. De la resolución de ese dilema depende el futuro de la libertad de navegación en el mundo, garantizada desde 1945.
El pasado 6 de abril, un politólogo, Robert Pape, publicó un sorprendente artículo en The New York Times donde contaba que la guerra ha convertido a Irán en la cuarta potencia mundial. Una afirmación impactante. Cierto, los persas son una de las grandes civilizaciones de la antigüedad. Son también el país de la región con más físicos y matemáticos (por detrás de Israel). Pero cuando se piensa en Irán, lo primero que viene a la mente es un territorio polvoriento con una sequía crónica que amenaza el colapso, una sociedad disfuncional como la que retratan las películas de Jafar Panahi. Un país, en suma, gobernado por un régimen que, para desgracia de sus ciudadanos, resiste gracias a la religión y al nacionalismo. ¿Pero, de ahí a cuarta potencia mundial?
La idea de Irán como cuarta potencia (por detrás de Estados Unidos, China y Rusia) sorprende para quienes piensan que Teherán ha sido la perdedora en la estrategia que puso en marcha en 1979 para dominar Oriente Medio a partir de los vínculos con las minorías chiíes de la región. Quien quiera situarse en esta historia puede leer el recomendable “ El nuevo orden mundial ”, que acaba de publicar Jordi Torrent, donde se cuenta cómo el cinturón de la llamada resistencia chií ha sido el perdedor del seísmo que Hamas desató en la región el 7 de octubre de 2022, y que fue aprovechado por Israel para erradicar toda influencia iraní de la zona.
Pero el nuevo poder de Irán deriva, en todo caso, de su control sobre el punto estratégico más importante de la energía mundial. El Estrecho de Ormuz, un accidente geográfico que le da al país de los persas una posición de ventaja sobre las monarquía vecinas que producen gas y petróleo y sobre la economía global, que depende de las materias primas que circulan por sus aguas. Irán siempre ha sido consciente de la importancia de Ormuz, pero nunca hasta ahora lo había cerrado.
Esta semana, Teherán ha creado una agencia para gestionar el Estrecho que toma como modelo la que gestiona el Canal de Panamá. Y en esta lógica, cobrar por ello. Como declaró el viernes Mohammad Mojber, consejero del líder supremo, “durante años hemos descuidado el privilegio que es Ormuz. Ormuz representa una oportunidad tan preciosa como la bomba atómica”.
Irán ha creado una agencia para gestionar el Estrecho que toma como modelo la del Canal de Panamá
Cerrar Ormuz es coherente con el mundo en el que el comercio se ha instrumentalizado para coaccionar a los adversarios. Todo comenzó con Donald Trump el día en que apareció en la Rosaleda de la Casa Blanca, el 2 de abril de 2025, para anunciar aranceles para todos. Le siguió China, que amenazó con dejar al mundo sin tierras raras, de las que tiene el práctico monopolio. Desde entonces, cada país hace valer sus cartas y el peligro es que el ejemplo de Ormuz se extienda.
Piensen en las rutas marítimas que conectan China con Europa. Han funcionado durante cuarenta años con una precisión silenciosa. Han sido la vía a través de la cual China llenó Europa de manufactura barata y facilitó la primera desindustrialización. Hasta que en 2020 llegó la Covid y empezaron las interrupciones y los retrasos. Tres años más tarde fueron los hutíes del Yemen los que entorpecieron el acceso al Mar Rojo a través del bloqueo de otro punto estratégico, Bab el-Mandeb, en su caso por la guerra de Gaza. Hoy, cuando uno observa sobre el mapa las rutas procedentes de Asia, comprueba que están llenas de puntos críticos susceptibles de ser instrumentalizados por las potencias que bañan sus aguas.
Bill Clinton dijo en los años 90 que “la globalización no es algo que podamos detener o apagar. Es el equivalente económico de una fuerza de la naturaleza, como el viento o el agua”. Hoy nadie cree en esa clase de afirmaciones. El regreso de los aranceles fue el primer, y gran paso, para acabar con esa idea. El fin de la libertad de navegación tendría un efecto mayor, si se considera que entre el 80 y el 90% del comercio mundial en toneladas se mueve por vía marítima.
Lo que está pasando en Ormuz rompe con 400 años de esfuerzos de las potencias comerciales para liberar mares y ríos de peajes que interferían en el comercio, ya fueran en el Estrecho de los Dardanelos, que conecta el mar de Mármara con el Mar Egeo, ya fuera en el Estrecho de Oresund, que conecta el Mar del Norte con el Báltico y que durante cuatro siglos llegó a aportar una parte importante de los ingresos del estado de Dinamarca.
Un consejero del líder supremo: “Ormuz es una oportunidad tan preciosa como la bomba atómica”
El peaje del Oresund desapareció en 1857, el día en que Estados Unidos, entonces una potencia en ascenso, declaró que no pensaba pagar más peajes. Dinamarca tuvo que aceptarlo. Ahora pasa todo lo contrario. Estados Unidos tiene dificultades para abrir Ormuz. Para hacerlo, necesita la ocupación militar permanente de la zona, un riesgo muy elevado para sus tropas. Como ha dicho Emmanuel Macron, reabrir Ormuz solo es posible si se negocia con Irán. Por esa razón, lo que ocurra finalmente con el Estrecho, lo que puedan acordar EE.UU. e Irán será determinante para el comercio mundial. Y según como sea, puede significar un regreso al pasado.
La libertad de navegación es una realidad que Estados Unidos impuso en 1945, cuando era una nación movida por la ambición de expandir el comercio hasta el límite. Duró ochenta años, mientras su hegemonía fue incontestada. Construir barcos cuesta dinero. Hoy China ya es una potencia naval superior en muchos aspectos y controla puntos críticos como el Mar de China Meridional. Aun cuando Washington quiera revertir esta situación, muchos astilleros estadounidenses son viejas moles oxidadas y carecen de la mano de obra necesaria. Víctimas, también, de la desindustrialización que trajo la globalización de los años 80 y 90.

Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.