Lo único que mantiene a EE.UU. y China sentados a la mesa es el miedo a los daños económicos que pueden causarse mutuamente
El presidente estadounidense, Donald Trump, estrecha la mano del presidente chino, Xi Jinping, durante una reunión bilateral en Busan, Corea del Sur, el 30 de octubre de 2025 Evelyn Hockstein / Reuters
01A veces se dice, y no solo lo afirma Donald Trump, que Estados Unidos y China forman actualmente el G2, un dúo de superpotencias que lideran el mundo.
02Es una perspectiva inquietante.
03Uno de ellos tiene un dirigente que trata a sus aliados como si fueran unos ingenuos y está desmantelando las instituciones que sostuvieron la estabilidad global durante décadas.
04El otro está gobernado por un régimen autoritario que intimida a sus vecinos y, de forma discreta, alimenta conflictos en el extranjero que bien podría contribuir a resolver.
A veces se dice, y no solo lo afirma Donald Trump, que Estados Unidos y China forman actualmente el G2, un dúo de superpotencias que lideran el mundo. Es una perspectiva inquietante. Uno de ellos tiene un dirigente que trata a sus aliados como si fueran unos ingenuos y está desmantelando las instituciones que sostuvieron la estabilidad global durante décadas. El otro está gobernado por un régimen autoritario que intimida a sus vecinos y, de forma discreta, alimenta conflictos en el extranjero que bien podría contribuir a resolver.
Peor aún, ambos países consideran que sus mutuas interdependencias en tecnología y comercio suponen riesgos para la seguridad. Por eso, la visita de Trump a Xi Jinping, el máximo dirigente chino, en Pekín los días 14 y 15 de mayo será de gran importancia, la primera de las cuatro reuniones previstas antes de que termine 2026. Los próximos seis meses podrían marcar la relación bilateral durante años, con consecuencias que van desde la inteligencia artificial (IA) hasta las cadenas de suministro, y desde Taiwán hasta Irán.
Las tensiones entre ambos gobiernos son tan profundas que sería ingenuo esperar un avance significativo. Si Trump y Xi tuvieran más habilidad y humildad, podrían evitar los conflictos más perjudiciales y encontrar ámbitos en los que colaborar en beneficio de todos. Resulta inquietante que tanto dependa de Trump, que ha oscilado entre llamar amigo querido a Xi y considerarlo un adversario. Por su parte, las opiniones de Xi son más firmes, lo cual también supone un problema: está convencido de que Estados Unidos está en declive y que el mundo debería someterse a una China en ascenso.
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EE.UU. y China han reducido los aranceles en lo que califican de tregua, pero que en realidad es un estancamiento
Las conversaciones en Pekín se centrarán en el comercio. Durante casi una década, los dos países han estado inmersos en una guerra comercial intermitente. A principios de 2025 parecía inevitable una ruptura total, ya que ambos aumentaron los aranceles por encima del 100%. Desde entonces, han reducido los aranceles en lo que algunos califican de tregua, pero que en realidad es un estancamiento marcado por la vulnerabilidad mutua. China puede paralizar la industria global restringiendo el acceso a las tierras raras; Estados Unidos puede imponer sanciones devastadoras sobre productos tecnológicos y flujos financieros.
Este estancamiento es insostenible. Mientras Estados Unidos trata de romper la dependencia de China en tierras raras, China apuesta por la producción de semiconductores e intenta liberarse del dólar. Por ahora, un buen resultado de la cumbre sería que ambos se comprometieran a ser previsibles. La fe equivocada de Trump en los aranceles hace que una reducción sea poco realista, pero mantenerlos en los niveles actuales al menos permitiría a las empresas seguir con su actividad. Los estadounidenses quieren crear una Junta de Comercio para gestionar el comercio entre los dos países. Sería un organismo torpe y haría poco por reindustrializar Estados Unidos. Sería preferible un mecanismo de diálogo regular.
Un riesgo evidente es el error de cálculo. Las autoridades comerciales estadounidenses están investigando la sobrecapacidad industrial y el trabajo forzoso en China, lo que podría servir de excusa para imponer aranceles más elevados en cuestión de meses. El 2 de mayo, China desplegó una “medida de bloqueo” que amenaza con sanciones económicas a las empresas que acaten ciertas sanciones estadounidenses. Además, China ha advertido que actuará contra las compañías que trasladen sus cadenas de suministro a otros países, exactamente lo que Estados Unidos está promoviendo. Pekín plantea así una prueba de lealtad basada no en la ley, sino en el poder. Los directivos internacionales deben decidir a qué gobierno temen más.
Miembros de la guardia de honor del Ejército Popular de Liberación de China (EPL) durante una ceremonia oficial en 2025 MAXIM SHEMETOV / AFP
Los negociadores estadounidenses han mantenido la preparación de la cumbre centrada en el comercio, no en la seguridad. Pero los chinos ven una oportunidad en la imprevisibilidad del presidente estadounidense. Puede que tengan razón. Del mismo modo que los asesores chinos temen llevar la contraria a Xi, en la Casa Blanca los funcionarios dejan en manos de Trump todas las cuestiones relacionadas con China, incluida Taiwán.
Y es ahí donde Trump puede pensar que puede calmar las cosas mostrándose más flexible. Funcionarios chinos insinúan que cuanto más ceda en la cuestión de Taiwán, más concesiones hará China en materia comercial. Esperan que reduzca la venta de armas a la isla o declare que está en contra de la independencia taiwanesa. No debe caer en esa trampa. Sería un error traicionar a un socio democrático y una temeridad poner en peligro al principal fabricante mundial de microchips. Además, la situación actual funciona, aunque Xi nunca lo reconozca: Taiwán es próspero, China está en auge y Asia se mantiene en su mayor parte en paz.
Además, el mundo se enfrenta a otras preocupaciones de seguridad urgentes. Que Estados Unidos atacase a Irán fue un error estratégico, y China se ha limitado a dejar que pague las consecuencias de sus actos. Ahora, China ha empezado a tantear la vía diplomática y esta semana pasada se ha reunido con el ministro de Asuntos Exteriores iraní. Debería presionar al régimen iraní para que se avenga a negociar o intentar que renuncie a su programa nuclear ofreciéndole garantías de seguridad, pero su aversión a los líos extranjeros frena cualquier avance. Por otra parte, cualquier superioridad moral que China crea tener respecto a Irán queda en entredicho por su respaldo a Vladímir Putin en la guerra de Ucrania, comprando gas ruso y vendiendo tecnología de doble uso. Trump debería presionar a Xi para que utilice su influencia en Moscú y ayude a poner fin a la guerra en Ucrania. Sin embargo, este tema apenas tendrá relevancia en sus conversaciones.
Los verdaderos estadistas también tendrían mucho más de lo que ocuparse. Las empresas estadounidenses y chinas están a la vanguardia de la inteligencia artificial. Por ello, sus gobiernos deberían liderar la gestión de sus riesgos, como la bioseguridad. El cambio climático, que antes era un ámbito poco habitual de cooperación, será ahora un punto ciego porque la administración Trump rechaza cualquier política sobre el calentamiento global. Además, la colaboración en la prevención de pandemias, antes habitual, se ha vuelto problemática porque a China no le gustan las preguntas sobre si el virus de la covid-19 se filtró de un laboratorio en Wuhan.
Las superpotencias no tienen por qué ser amigas para hablar de todo esto. En el apogeo de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética alcanzaron acuerdos sobre armas nucleares, ciencia espacial, fronteras en Europa e investigación contra el cáncer. Los lazos comerciales de Estados Unidos con China son mucho más estrechos de lo que nunca lo fueron con los soviéticos. Por desgracia, ambos líderes creen que la cooperación es una trampa en la que la otra parte podría imponerles sus propias reglas. Esa lógica convierte la hegemonía en la prioridad y no el bien público global.
Así que probablemente la cumbre no ofrecerá mucho más que sonrisas forzadas. Esa falta de ambición resulta preocupante. Los asesores de ambos bandos argumentan que, al menos, siguen dialogando, pero para mantener la cooperación más allá del mandato de Trump necesitan resultados. Sin embargo, lo único que mantiene a Estados Unidos y China sentados a la mesa es el miedo a los daños económicos que pueden causarse mutuamente. El G2 no lidera el mundo, sino que, más bien, lo mantiene como rehén.
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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.