Sólo el 7% de la humanidad, apenas 600 millones de personas, viven hoy en una democracia liberal. Estados Unidos, por primera vez en 50 años, no entra en esta categoría, según el último estudio del instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo. Esto significa que el 74% de la población mundial –seis mil millones de individuos– vive en autocracias. Está claro, por lo tanto, que las democracias liberales no están en condiciones de escribir las reglas del mundo, es decir, del orden internacional que debería sustituir al que surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Si no son las democracias, entonces, ¿a quién corresponde esta tarea?
Con esta pregunta en el bolsillo nos fuimos la semana pasada a ver al politólogo Zaki Laïdi, profesor de relaciones internacionales en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po). Estaba de paso por Barcelona, invitado por el CIDOB, y nos tomamos un café en la antigua sede de La Vanguardia en la calle Pelai, hoy reconvertida en un hotel.
Laïdi acaba de publicar un libro sobre los países de la tierra media, que ha titulado The Hedgers (Los nuevos no alineados), en Cambridge University Press, y prepara otro sobre el orden mundial postliberal. También fue asesor de Josep Borrell cuando estuvo al frente de la diplomacia europea. Así que tiene herramientas de sobra para saber quién marcará el rumbo, ¿China, EE.UU., Europa o los estados intermedios y del sur global?
“Estados Unidos y China lideran el mudo, pero no pueden decidirlo todo”, afirma Laïdi
“China y Estados Unidos lideran el mundo, pero no pueden decidirlo todo. Es obvio que son las grandes potencias y tienen una gran capacidad de influencia. El mundo, además, cuenta hoy con un sistema bipolar mucho más fuerte que durante la guerra fría. Entonces, EE.UU. y la URSS competían en el campo militar, tecnológico y político, pero no en el económico. Ahora China y EE.UU. también compiten en este terreno, así que el bipolarismo es más sólido. Sin embargo, por debajo de estas grandes potencias se mueven los países intermedios y del sur global. Ellos han creado un espacio multipolar y también tienen su propia capacidad de influencia. La tienen gracias a su riqueza, su fuerza militar, su anclaje en las cadenas de suministro y su liderazgo regional. No se puede construir un nuevo orden sin ellos.”
Estos países a los que se refiere el profesor Laïdi son Brasil, Sudáfrica, Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, India, Indonesia y Vietnam. “Ellos son capaces –precisa– de influir en el sistema internacional y no solo con la palabra y las ideas, como era el caso de los países del movimiento de los no alineados, sino con sus fondos soberanos, sus recursos naturales, su mano de obra y su liderazgo”.
Estos países, además, no se casan con nadie y su promiscuidad diplomática responde a la necesidad de protegerse de los grandes. Es muy claro con los países del golfo Pérsico. Arabia Saudí y Qatar se alejan de Israel y Estados Unidos porque entienden que necesitan pactar con Irán un nuevo marco de seguridad, y China los apoya. Socios indiscutibles de EE.UU. se han de buscar la vida ahora que Trump ha dejado la guerra de Irán a medias y parece claro que no podrá forzar un cambio de régimen en Teherán.
Irán y también Ucrania demuestran que China y Estados Unidos no pueden gestionar por sí solos los grandes desafíos geopolíticos. Pueden liderar, pero no imponerse. Han de contar con los de abajo.
Europa tendrá el apoyo de China para ser una gran potencia porque así se distanciará de EE.UU.
Entre los de abajo también está Europa. A Laïdi le entristece su debilidad, pero cree que aún tiene una oportunidad. “Es difícil, pero hay partido”, asegura. Si la UE consigue el liderazgo suficiente para avanzar hacia una mayor integración, podrá defender sus principios en el nuevo orden, aunque sea postliberal.
“A China –explica el profesor– le interesa una Europa fuerte y unida porque podrá ser un contrapunto a Estados Unidos. Cuanto más autónoma sea de Washington, mucho mejor para Pekín”.
La Comisión Europea ha diseñado varios planes para alcanzar esta autonomía estratégica. Sin embargo, el camino es complejo. Laïdi cree que “estamos atrapados en una paradoja”. Parece claro que Europa debe valerse por sí misma porque EE.UU. ha dejado de ser un aliado fiable. Sin embargo, “muchos europeos temen avanzar hacia esta autonomía porque si lo hacen acelerarán la salida de EE.UU.” Frente a esta paradoja, la solución es muy europea: “No hacer nada. Esperar a ver y confiar en que nada cambie demasiado”.
En todo caso, Europa necesita ganar tiempo. Laïdi cree que, por lo menos, será necesaria una década para disponer de una defensa y de una tecnología propias. Para entonces, sin embargo, es posible que el mundo, dominado por las autocracias, ya no cuente con Europa.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.