Un exbecario de ‘La Vanguardia’ ha tenido que escribir un libro sobre el perdón en grandes conflictos para darme cuenta de que nunca he preguntado a ninguna víctima si perdonaría a su verdugo. ¿Debería haberlo preguntado?
No es cómodo conversar con una chica que vio a un misil arrancar la cabeza de su tía.
Ni con un chico al que le rompieron toda la dentadura y obligaron a identificar los cadáveres de sus vecinos asesinados por las personas que le acababan de romper la boca.
Pero el reporterismo tiene estas cosas, porque el mundo es a veces como la última estrofa de aquel poema escrito por Matthew Arnold en los estertores del Romanticismo: un embrutecido planeta donde “ejércitos ignorantes chocan por la noche”.
Al chico –Azem Hasani– me costó encontrarlo, y di con él en un pueblo de Kosovo: era el principal testigo de la primera de las matanzas de albaneses que provocaron en 1999 la mayor campaña militar lanzada por la OTAN hasta entonces.
A la chica –Diana Miladinovic– la localicé en el sur de Serbia: las matanzas en Kosovo no cesaron y la Alianza Atlántica decidió bombardear a los serbios. El primer misil que acabó con la vida de civiles cayó sobre la casa de Diana. Mató a sus abuelos y a su tía Snezana. Estaban todos en el salón antes de acostarse. El impacto arrancó la cabeza de Snezana y la separó brutalmente de su cuerpo. La OTAN lamentó el “posible fallo técnico”.
Entre cabezas arrancadas y dentaduras rotas, uno nunca deja de sentirse algo estúpido, preguntes lo que preguntes. Pero te pagan para preguntar. Para sentirte, a veces, estúpido.
Diana, que tenía quince años, me contó que su primera reacción fue coger desesperadamente la cabeza de su tía y juntarla de nuevo al cuerpo, como si eso le fuera a devolver la vida.
No recuerdo porqué Diana me confesó ese intento de resurrección , si yo le pregunté por su primera reacción o si le salió de ella contármelo.
A Azem, en el otra trinchera, sí recuerdo que le pregunté cómo lo gestionaba, y me dijo que sufría un insoportable miedo a la noche.
Lo que no se me ocurrió preguntar, ni a Azem ni a Diana, fue si con el tiempo serían capaces de perdonar a sus verdugos. Y un exbecario de la sección Internacional de La Vanguardia ha tenido que escribir un libro sobre el perdón para percatarme, sorprendido, de que nunca, en ningún conflicto, he preguntado a ninguna víctima si se imaginaba perdonando a su verdugo.
¿Debería haberlo preguntado? Me temo que incluso hice lo contrario, incitar al antiperdón cuando pregunté a Diana qué haría si se encontrara por la calle con Javier Solana, entonces secretario general de la OTAN. “Le diría muchas cosas”, respondió después de un silencio.
El libro – Rostros de perdón , publicado por Albada en catalán y en castellano– está escrito por P.J. Armengou, que ha tejido desde el periodismo y un trasfondo geopolítico cinco historias viajando a cuatro países de tres continentes, conversando con personas que han tenido que perdonar, pedir perdón o perdonarse a sí mismas.
En el libro hay una escena tremenda. Ocurre en una iglesia de Ruanda donde Armengou conversa con Emmanuel y Alice: en el genocidio de 1994, él amputó a ella la mano derecha con un machete y, ahí mismo, los que iban con él mataron a la hija y a una sobrina.
Dentro de la iglesia, el verdugo explica con detalle cómo la mutiló, y lo hace resiguiendo con sus manos las cicatrices de su víctima. “Ella intentó protegerse. Alzó el brazo... Y le corté la mano”, relata.
Armengou describe los movimientos explicativos del verdugo: “Le toma el muñón con una mano mientras con la otra hace un gesto seco, como si fuera un hacha. Calla un segundo y luego baja el cuello del vestido de Alice para mostrar las cicatrices del hombro”.
Emmanuel sigue relatando su crimen junto a la víctima: “Y un compañero mío le clavó una lanza aquí. Y yo volví a golpearla con el machete en la cabeza”.
Armengou no deja de analizar cómo el verdugo resigue con sus manos las cicatrices de la mujer que mutiló: “Acompaña esta última explicación con otro contacto. En el cráneo. Hundiendo los dedos entre el cabello de Alice. Señala, con las yemas de los dedos, otra cicatriz más, oculta a la vista”.
“Ella se deja hacer con la mirada baja. Dócil. Impasible. Se me revuelve el estómago”, confiesa Armengou.
Él, arrepentido, ya cumplió su condena y ella lo ha perdonado: “Si no lo haces, siempre te sientes enferma”.
Pocas cosas tocan tantas fibras del alma como el acto de perdonar. Pocas cosas nos definen más, y es lo más fértil de este libro: nos interpela.
Escuchas al sudafricano que perdona a los policías del apartheid que asesinaron a su madre; al palestino que no olvida el mal que los israelíes le han hecho y que pide perdón por el mal que él ha hecho a los israelíes; a la madre estadounidense que perdona al miliciano del Estado Islámico que degolló a su hijo o a la madre que perdona al pandillero que mató a su hijo... y, entre ejércitos ignorantes que chocan en la oscuridad, no puedes dejar de preguntarte qué harías tú en su lugar.
“El perdón –escribe Armengou– es la victoria definitiva”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.