Frente a nuestra civilización greco-hebrea, de una u otra manera siempre han estado los persas, bien como imperio o bien como la República Islámica actual. Nosotros no hemos podido con ellos ni ellos con nosotros. Compartimos una especie de jaque -vocablo que proviene del persa- o malentendido que ya dura milenios. Por ello, es harto improbable que la ofensiva lanzada por Trump y Netanyahu contra Irán logre el jaque mate definitivo, como bien saben los ayatolás y su sufrido pueblo subyugado.
Nos complace situar la cuna de la civilización en Grecia, obviando que antes ya estaban los persas y los egipcios, entre otros. En un espacio de tan solo diez años, los persas intentaron invadir y conquistar la Hélade mediante las guerras médicas, saliendo derrotados de ambas contiendas: de la de Maratón bajo Darío (490) y la de Salamina con Jerjes (480).
Las batallas del dramaturgo griego
Participó en ambas batallas el dramaturgo griego Esquilo; en la primera como combatiente y en la segunda en calidad de observador. Y sólo ocho años luego de la aplastante victoria lograda en Salamina, presentó ante el atónito público ateniense una tragedia realmente revolucionaria, que es la más antigua que nos ha llegado escrita.
Se calcula que se atesoraban en la antigua biblioteca de Alexandría 123 obras de Sofocles, 90 de Eurípides y 70 de Esquilo. De todas ellas, se salvaron de la quema tan solo siete tragedias completas del primero, siete del segundo y 18 del tercero, entre ellas Los persas, que se estrenó el año 472 y cuya vigencia no ha disminuido ni un ápice desde entones, máxime ahora con Oriente Medio de nuevo en llamas.
Lo realmente atrevido y revolucionario de esta obra reside en que, lejos de echar mano a los ya muy manidos mitos homéricos, Esquilo no sólo no elogia las recientes victorias helenas, sino que traslada la acción al campo de los vencidos persas. Agustín García Calvo, que en el 2010 publicó su traducción al castellano de Los persas (Lucina), resalta la extrañeza y enormidad que produjo la obra entre sus conciudadanos.
Esquilo da estas líneas a la reina persa, viuda de Darío y madre de Jerjes: “Pues mi hijo bien sabéis que, si triunfa, un hombre prodigioso habrá de ser, y, si falla, no debe cuentas a la nación: que, él a salvo, el amo de esta tierra igual será”. Y ahí siguen los persas
Implantación de las religiones monoteístas
Desde aquellas aplastantes victorias de los helenos sobre los persas, el griego se convirtió durante siglos en la lengua franca de las élites en las tierras que se extienden desde el Mediterráneo hasta al menos Afganistán y que ni siquiera pudo ser apartado por el auge del latín de los poderosos romanos. La enorme diversidad y tolerancia religiosa reinante perduró hasta la implantación de las religiones monoteístas, siempre enfrentadas entre sí.
Lo que ahora está ocurriendo en Irán nos remite al Jerjes de Esquilo que, golpeado y astroso, regresa a su propia capital, donde es recibido por los lamentos de quienes antaño lo aclamaban y con la siguiente advertencia del fantasma de su padre, Darío: “Cuando se es mortal no hay que abrigar pensamientos más allá de la propia medida”.
Sería bueno que ese endosado Donald Trump que se autoproclama destructor de civilizaciones inaugurara el espantoso salón de baile que ha infligido a la Casa Blanca con una producción por todo lo alto de Los persas de Esquilo. Porque resultaría tan revolucionario y atrevido como en el día del estreno ante los atenienses en el año 472. O sea, sensacional. Es más: se lo merece el pueblo iraní que a duras penas mal vive bajo el yugo de los ayatolás y las bombas lanzadas por Trump y Netanyahu.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.