1770. El capitán Cook arriba a la costa oriental de la inmensa e ignota -para los europeos- isla continente que ahora atiende por Australia, a la altura de Sydney. Anteriormente, había estado en Taití y Nueva Zelanda, en un viaje que se anunciaba “científico”, pero que derivó en una conquista en toda regla de nuevas y vastas territorios para la Corona. Los ingleses, a diferencia de los españoles y pese a las atrocidades cometidas, siempre supieron esquivar el sambenito de una leyenda negra en su contra.
Al acercarse a la costa su nave con todo el velamen desplegado, los pocos aborígenes ahí presentes en la bahía, escuálidos y desnudos, cuyos antepasados habían llegado hacía muchos miles de años -tal vez más de 60.000- y haberse quedados aislado durante todo ese tiempo del resto de la humanidad, ni se inmutaron al ver semejante aparición marciana sobrevenida. Es más: mostraron indiferencia supina ante la presencia en la orilla de un hombre -Cook- con peluca blanca, traje ceñido, medias de seda y calzado adornado con hebillas de plata, acompañado de marinos harapientos y malolientes. Eso sí, en un momento dado de este extraño encuentro, un aborigen, muerto de curiosidad, palpa sin previo aviso los genitales de uno de esos acojonados marineros. No hubo mujeres en la tripulación.
Esa indiferencia la pagarían muy cara los aborígenes. No sólo proclamó Cook esa tierra posesión de la Corona británica, sino que la declaró terra nullius, es decir, tierra de nadie, así negando de un plumazo la existencia o el derecho de propiedad de los indígenas sobre esas tierras que eran suyas.
1778. La llegada de la primera flota a ese mismo lugar comandada por el veterano navegante Arthur Phillip, cuya misión consiste en la creación de una colonia penal que se iría construyendo con la labor forzada de reos sobrantes de las atiborradas cárceles británicas, en su mayoría irlandeses, condenados por minucias delictivas cual el robo de una hogaza de pan para dar de comer a sus familias.
Los incontables e inhumanos horrores experimentos a lo largo de un siglo por reos a manos de sus despiadados guardianes carceleros, bien lejos del escrutinio del resto del mundo, no tienen nombre. La lectura de La costa fatídica (Edhasa, 1989), de Robert Hughes, probablemente el mejor libro sobre la colonia pone los pelos de punta.
Mientras seguía a buen ritmo el exterminio de los aborígenes, el primer enemigo externo de la colonia no fue otro que Napoléon, puesto que las guerras europeas también se libraban hasta en los últimos confines de la Tierra. Cosas de la globalización.
1899. Llega a Sudáfrica el primer contingente de soldados australianos para luchar con los británicos contra los bóeres. En la Gran Guerra, más de 20.000 soldados australianos embarcaron para luchar con los británicos contra los alemanes, tanto en suelo europeo como en Turquía. La mortífera debacle de Galípoli es harto conocida.
1940. Otros 20.000 soldados australianos embarcan rumbo a Europa, esta vez para luchar contra los nazis. Fueron muchas las bajas sufridas en Tobruk (Libia) o Creta. Mas en 1942 cae Singapur y los japoneses bombardean la ciudad norteña australiana de Darwin y dos pequeños submarinos nipones desatan el pánico en la bahía de Sydney.
Y es que los japoneses, aprovechando que los europeos se entretenían matándose entre sí, pensaron que, una vez tomada Nueva Guinea, tarea imposible, como se vería, podían tomar sin oposición toda la infra poblada continente austral. Incluso ya contaban con papel moneda impreso para ser distribuido entre sus nuevos súbitos.
El primer ministro laborista, John Curtin, exige a Churchill que devuelva sus soldados para defender la patria, pero éste se niega. Es aquí donde se abre una brecha con la metrópoli y se inicia una cada vez mayor estrechamiento de relaciones con Washington, máxime a partir de la victoria de los americanos contra los japoneses en la batalla del mar de Coral, que significó su salvación. Soldados australianos también participarían con las fuerzas de las Naciones Unidas en la guerra de Corea, como asimismo con los americanos en la de Vietnam.
Sucesivas oleadas de inmigrantes llegan a Australia después de la II Guerra Mundial, en su mayoría europeos huyendo de la miseria: ingleses e irlandeses, desde luego, pero cada vez más italianos, griegos, malteses, españoles… Más tarde llegarían libaneses y hasta turcos y, a partir del fiasco de Vietnam, asiáticos de toda ralea, afganos, pakistaníes, indios, sudaneses…, sin olvidar mexicanos, chilenos, argentinos, salvadoreños… huyendo de sucesivos golpes de estado en sus países… hasta convertir la sociedad australiana en una curiosa amalgama multicultural. Hay barrios de Sydney o Melbourne que no desentonarían en Karachi o Bagdad.
1973. El Reino Unido se adhiere a la CEE, extremo que distancia aún más los lazos con Australia, que cada vez es más consciente de su proximidad a Asia y de ahí el estrechamiento de lazos comerciales, políticos, defensivos y culturales con sus vecinos.
Aun así, ya se han celebrado dos referéndums sobre la idoneidad o no de seguir teniendo como jefe de Estado al monarca británico de turno, ahora Carlos III. En ambos, la mayoría votó en contra de la proclamación de una república australiana, si nada más poque nadie nunca les explicó en qué consistiría la división de poderes o sus límites en el caso de que se proclamara, y eso que la corriente republicana corría y corre muy fuerte.
El Brexit les dio a los australianos otro motivo de sentir desosiego político, máxime ante el auge de la economía china y el declive de la metrópoli. De hecho, hace ya mucho que Pekín invierte sigilosamente enormes sumas en infraestructuras en Australia, sobre todo en puertos, aerolíneas y minería. Las universidades están atestadas de asiáticos.
Ante el caos desatado por Trump y el casi inevitable enfrentamiento con China, los australianos ya pueden sentirse más que justificados en sentirse vulnerables, tanto si, de producirse el conflicto, ganan los americanos o los chinos.
Oceanía nunca ha estado tan lejos de Europa, ni siquiera en tiempos de las guerras napoleónicas.
PD. Para quien quiera saber más sobre la relación de Estados Unidos con Australia, empezando por Trump, Vance y Rubio, se recomiendo la audición de Political science, una mordaz canción de Randy Newman de 1972.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.