Pyla explica muy bien Chipre, lo que fue, lo que es y, tal vez incluso, lo que podría ser mañana. Es un pueblo tranquilo, de secano y casas encaladas. El paisaje son olivos y campos de cereales. La playa está a seis minutos en coche. En el centro hay una mezquita y una iglesia ortodoxa. También hay dos cafés, uno turco y otro griego, que sirven el mismo café, pero que en un local se llama turco y en el otro, griego. Junto a ambos hay una torre medieval que se utilizaba para vigilar la costa y alertar de la llegada de los piratas sarracenos. Hace 62 años que la ONU patrulla el pueblo, el único de Chipre donde griegos y turcos aún viven juntos. “Aquí no pasa nada”, afirma el camarero del bar turco. “Esto es muy tranquilo”, corrobora el del bar griego.
El pueblo lo cruzan varias líneas divisorias. Se encuentra dentro de la zona de seguridad que parte la isla en dos y linda con Dekhelia, la base británica que, además, es territorio del Reino Unido. Hay un puesto de control para vehículos y peatones que permite cruzar la frontera entre la República de Chipre y la República Turca del Norte de Chipre. Las alambradas y los guardias son reliquias militares y burocráticas que separan pero no intimidan.
La playa es un mundo aparte, consagrado al turismo de masas, principal motor económico del país. Harry Tzimitras me espera en la terraza de uno de los grandes hoteles en primera línea de mar. Dirige PRIO, una institución consagrada al diálogo entre griegos y turcos con el objetivo de resolver “la cuestión de Chipre”, es decir, la partición de la isla.
Chipre es un conflicto no resuelto, congelado, como Corea, Yemen, Somalia y Bosnia, y Tzimitras no es optimista. “Han pasado 52 años desde que Turquía ocupó el norte de la isla y las dos comunidades quedaron separadas –explica-. Solo las personas mayores recuerdan lo que era convivir y se están muriendo. Los jóvenes viven de espaldas. No son bilingües. Si miras los libros de texto, no hay nada con lo que trabajar hacia la reunificación”.
El hotel está a medio gas. La temporada alta no acaba de arrancar por culpa de los conflictos en Oriente Próximo. Los israelíes siguen llegando en gran número, pero no tanto los europeos.
“Chipre no tiene un ejército –señala Tzimitras-, solo una guardia nacional. Tampoco tiene una armada, sólo un servicio de guardacostas.” La seguridad de la república depende de los británicos, los estadounidenses, los griegos y los franceses. Los turcos protegen a su minoría en el norte.
Tantos ejércitos extranjeros son un problema. Mantienen el statu quo pero rebajan la identidad de Chipre. “Tal vez las guerras de Oriente Próximo nos ayuden a tener una identidad”, me dijo Sotiris Christofi, funcionario del ministerio de Asuntos Exteriores. “Somos el país más oriental de Europa. La geografía nos da una responsabilidad. Ojalá sirva para que las dos comunidades pacten la reunificación”.
Tzimitras no es optimista: “La situación es difícil. Los incentivos para negociar afrontan dificultades muy serias. La división de facto conviene a algunos y la utilizan para reforzar sus identidades en la isla y presionar a Bruselas. “La UE, según sostienen las voces críticas, no debería haber aceptado el ingreso de un Chipre dividido –añade–, pero lo hizo y los críticos creen que en lugar de solucionar el problema lo cronificó”.
Cuando Chipre entró en la UE lo hizo toda la isla. Los turcochipriotas tienen todos los privilegios de la ciudadanía europea y su pequeña república, que solo reconoce Turquía, está dentro de la UE. Sin embargo, también está fuera porque allí el estado chipriota no es soberano.
Turquía ha llenado el norte de la isla de colonos, que ahora duplican a la población autóctona.
El nacionalismo griego, por su parte, avanza en el sur. ELAM, un partido de la derecha radical inspirado en el griego Amanecer Dorado, duplicó escaños en las elecciones de mayo y hoy es la tercera fuerza parlamentaria.
Nicosia es la última capital divida de Europa y cuando te acercas por la autovía de Larnaca lo primero que ves es un emblema gigantesco con el diseño de la bandera turcochipriota colocado en la falda de la montaña que la protege por el norte.
El paso fronterizo de la calle Ledra, en el centro histórico, simboliza la impotencia de la UE para resolver los conflictos étnicos. La gente va y viene, hace sus compras y se sienta en las terrazas, pero si te fijas bien son sobre todo turistas los que sienten la curiosidad de pasar al otro lado. En el norte de la ciudad parece que estés en Turquía y pagas con liras turcas. En el sur, estás como en Grecia y pagas con euros.
Los chipriotas son rehenes de estos enemigos históricos. Grecia y Chipre bloquean en la UE toda relación con Turquía, y Turquía bloquea la reunificación porque no renuncia al derecho de intervención militar que le concede la Constitución de 1960.
Harry Tzimitras opina que los incentivos para negociar un modelo federal son cada día más difíciles de sostener, pero: Chipre aspira a entrar en Schengen. Lo necesita para disparar el sector inmobiliario y quiere conseguirlo este mismo año.
El reto logístico es enorme. Chipre no tiene un ejército ni una armada. No puede proteger su territorio. Schengen, además, obligaría a blindar la frontera interior y esto sería el fin del sueño de un Chipre unido. Sin embargo, también podría eliminarla y confiar la protección de la isla a la OTAN. En este caso, el sueño de la reunificación política podría hacerse realidad. Pero Chipre no está en la Alianza porque Turquía se opone. Levantar el veto es difícil, pero si Atenas y Nicosia aceptan que Bruselas tenga una relación más estrecha con Ankara, Turquía podría aceptar un Chipre reunificado y dentro de la OTAN.
Repaso estos cálculos diplomáticos mientras camino por el norte de Nicosia hacia la catedral gótica de Santa Sofía, templo de los cruzados y de los antiguos reyes de Chipre. Los otomanos la convirtieron en mezquita a finales del siglo XVI y hoy lleva el nombre del sultán Selim II. Sobre las alfombras de la nave central me encuentro con un profesor de historia. Es turcochipriota. Ha venido a rezar y protegerse del sol. Le pregunto si la historia puede mostrar una vía a la reunificación y él niega con la cabeza. “El pasado es todo lucha –dice–, pero este edificio sí puede. Son columnas cristianas sosteniendo un templo musulmán”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.