La OTAN se debilita y Europa no está preparada para sostenerla. En el mejor de los casos le faltan diez años para sustituir las capacidades militares de Estados Unidos, aunque nadie sabe a ciencia cierta si podrá hacerlo en algún momento. Es cuestión de dinero, un mínimo de 500.000 millones de euros, aunque lo razonable sería el doble. Faltan armas estratégicas, las que sirven para disuadir al adversario. Hay que fabricarlas, pero como tampoco hay capacidad industrial, de entrada, hay que comprarlas a Estados Unidos. Se trata de misiles de largo alcance, defensas antiaéreas y satélites, pero también es necesario un paraguas nuclear y una inteligencia compartida, además de reforzar las fuerzas convencionales.
Derrotar al covid costó 800.000 millones, así que no debería ser tan difícil reunir un billón para la seguridad de Europa. Arancha González Laya, ex ministra de Asuntos Exteriores y decana de la Escuela de Relaciones Internacionales de París, en Sciences Po, no cree que el dinero sea el problema, aunque los europeos han retrasado al 2035 el objetivo de gastar un 5% del PIB en armas y todo lo necesario para la guerra.
“El verdadero talón de Aquiles de la defensa europea -afirma González Laya en Solos en el mundo (Arpa), su último ensayo sobre el futuro de Europa- no es la falta de capacidades ni la escasez de recursos, sino la dificultad psicológica para asumir que la fuerza sigue siendo condición de la paz”. Y cita a Zelenski para que no quede duda sobre el sacrificio que se pide a la ciudadanía: “La paz, la libertad y la democracia hoy tienen un precio, y a veces ese precio es la vida”.
Rhio Terras, vicepresidente de la Comisión de Seguridad y Defensa en el Parlamento Europeo, no puede estar más de acuerdo. Sabe de lo que habla. Es general en la reserva y fue ministro de Defensa de Estonia. Cree que el servicio militar debería ser obligatorio en toda Europa y no solo por las necesidades militares, sino porque “el ejército integra a la sociedad y transmite valores”. ¿Mejor que la cultura?, le pregunté hace unos días durante un almuerzo. “Mucho mejor”, respondió.
González Laya habla de una “renovada épica de la defensa de la paz”, basada sobre el convencimiento mayoritario de que “no hay verdadera paz sin la capacidad de protegerla”.
La pregunta, entonces, es si esta defensa debe pasar por la OTAN o sería mejor crear una alianza puramente europea. A González Laya le gustaría. Recuerda las misiones de los ejércitos europeos en Irak y Afganistán, y remarca que Europa, ahora mismo, está en guerra, luchando por su futuro.
Esta es una guerra, sin embargo, que libra desde la OTAN, como las de Irak y Afganistán. Es una guerra de la OTAN contra Rusia, donde Ucrania no solo es el campo de batalla, sino el primero de los aliados. No es miembro de la OTAN, pero nadie ha hecho más por contener a Rusia.
Los europeos quieren vivir en paz pero, como sospecha González Laya, no están dispuestos a asumir el sacrificio. Quizás es que cuesta identificarse con la OTAN. Es fácil para Terras y los ciudadanos de los países que fueron satélites de la URSS, pero no tanto para el resto, para el 98% de la población europea que ha nacido después de la Segunda Guerra Mundial y para el 44% que lo ha hecho después de la caída del muro de Berlín.
La OTAN, para empezar, no es una organización democrática. No fue a Irak y Afganistán a ampliar las fronteras de la democracia, sino para proteger a EE.UU. del terrorismo islamista. Turquía, uno de sus miembros más destacados, tiene un régimen autocrático. La salud democrática de EE.UU. tampoco es buena.
EE.UU. manda en la OTAN. Las decisiones políticas las toma la Casa Blanca y las militares, el Pentágono. Al frente siempre ha habido un general estadounidense. El secretario general, cargo que se reserva a un europeo, es un mero coordinador.
Europa no puede asumir el mando de la OTAN, y no porque se pensó para que EE.UU. la dirigiera, sino porque no podría aunque quisiera. “¿Quién mandaría?”, se pregunta Terras. “¿Un alemán, un francés?”
Euopa no tiene un Pentágono. Ni siquiera tiene un mando integrado. Los generales europeos de la OTAN responden a sus propios gobiernos. Los intereses políticos de las capitales europeas se imponen al interés militar general.
Francia, por ejemplo, dice que pone su arsenal nuclear al servicio de Europa, pero es una oferta que no ha concretado. La disuasión nuclear, por lo tanto, seguirá siendo estadounidense, pero ésta también se debilitará si prosigue la retirada de las tropas convencionales. Cuantos menos soldados norteamericanos haya en Europa menos creíble será la amenaza de la bomba atómica para defenderla.
Terras, en este sentido, afirma que Estados Unidos será siempre imprescindible porque nunca habrá un ejército europeo.
A Europa, vasalla con gusto de Estados Unidos, no le salen las cuentas ni del dinero ni del sacrificio que supone la paz. Ningún líder europeo está dispuesto a librar, de verdad, el combate por la soberanía estratégica.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.