Tras cinco días de relativa calma, Irán y Estados Unidos han vuelto hoy a las hostilidades.
En esta ocasión –y a diferencia de lo sucedido en las últimas semanas–, ha sido Teherán quien ha iniciado el intercambio de golpes, lanzando de madrugada una oleada de misiles balísticos contra fuerzas estadounidenses desplegadas en Oriente Medio. La Guardia Revolucionaria iraní ha informado de que el ataque se dirigía contra objetivos militares en Jordania, país que últimamente se ha convertido en el blanco favorito de Teherán, pero el Comando Central de EE.UU. (Centcom) no ha dado detalles al respecto y se ha limitado a confirmar que todos los proyectiles fueron interceptados “con éxito”.
Poco después de esa ofensiva, EE.UU. y Arabia Saudí han llevado a cabo un ataque aéreo conjunto contra milicias proiraníes en Irak. De acuerdo con el Centcom, los bombardeos han hecho diana en “múltiples emplazamientos logísticos y de armas terroristas” en el este del país, y eran una respuesta “a más de 30 ataques aéreos con drones” dirigidos por Teherán en las últimas 72 horas. Según fuentes de los paramilitares proiraníes, al menos una veintena de guerrilleros han muerto bajo el fuego enemigo.
La implicación directa de Arabia Saudí en una operación de estas características supone toda una novedad, e incrementa el riesgo de una escalada en la región. Cabe recordar que Riad ya tiene un frente abierto en el mar Rojo, donde los hutíes –el grupo rebelde con base en Yemen respaldado por Irán– llevan una semana atacando con misiles los buques e instalaciones petroleras saudíes, en el marco de un bloqueo naval impuesto en la zona. Hoy, los insurgentes han insinuado que podrían implantar un peaje en el estrecho de Bab el Mandeb. Una pésima noticia para el tráfico marítimo mundial.
El momento elegido por Teherán para reactivar el conflicto con EE.UU. no parece casual. La ofensiva de esta madrugada ha coincidido con la presencia del primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, en Washington. El mandatario viajó a la capital estadounidense para asistir al funeral del senador Lindsey Graham –uno de los aliados más fieles de Tel Aviv– y, de paso, para reunirse con Donald Trump e intentar convencerlo de la necesidad de continuar con la guerra.
En los últimos meses, EE.UU. e Israel han mostrado serias discrepancias sobre cómo manejar el conflicto que ellos mismos iniciaron el pasado 28 de febrero. Consciente de que la guerra le puede pasar factura en las elecciones de medio mandato, Trump intenta buscar una salida diplomática, mientras que Netanyahu es partidario de intensificar la ofensiva. Para Israel, el régimen de los ayatolás constituye una amenaza existencial, así que dejarlo en pie, tal y como pretende ahora Washington, no es una opción.
Esa diferencia de objetivos añade complejidad a una crisis que no da signos de cerrarse pronto. Pese a que el martes Trump afirmó que EE.UU. e Irán estaban manteniendo conversaciones “muy positivas”, desde Teherán se asegura que actualmente no se busca un diálogo directo con Washington.
El principal punto de fricción es el control del estrecho de Ormuz. Irán considera que se ha ganado el derecho a decidir quién puede cruzar esta vía estratégica, pero EE.UU. se opone a ello. Ese choque de intereses fue el que hizo saltar por los aires la tregua acordada el pasado 17 de junio en el memorándum de entendimiento, y el que motivó este mes las trece rondas de ataques consecutivas lanzadas por el ejército estadounidense contra territorio iraní. Cada uno de esos ataques fue respondido de forma proporcional por Teherán, con bombardeos sobre aliados de Washington en la región, como Kuwait, Bahréin y Jordania.
Ahora se abre un nuevo capítulo en el conflicto, el cual ni mucho menos le sale gratis a EE.UU.: el Pentágono reconoce que ya ha gastado 37.500 millones de dólares en esta guerra, y que al menos 624 militares norteamericanos han resultado heridos y otros 18 han perdido la vida. Huelga decir que la factura es todavía más abultada para el régimen de los ayatolás: en los últimos cinco meses, más de 3.400 iraníes han muerto, unos 2.000 de ellos soldados, según el recuento oficial de Teherán, que también estima que ha sufrido daños materiales por valor de unos 270.000 millones de dólares.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.