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Internacional Baúl de bulos

El mundo de ayer es el mundo de hoy al revés

Stefan Sweig lamentaba que su época, con sus más y sus menos, llegaba a su fin. Nosotros nos hallamos en una tesitura similar

El mundo de ayer es el mundo de hoy al revés
El mundo de ayer es el mundo de hoy al revésTOGNOLA
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Actualizado hace 65 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Somos, básicamente, una combinación de alma, mente y cuerpo.
  • 02La mezcla varía según cada individuo, pero también va por países, culturas religiones o épocas.
  • 03En la nuestra, se diría que predomina una fijación enfermiza a lo corporal.
  • 04Con las iglesias vacías y los gimnasios llenos a rebosar, se ve por dónde van los tiros.

Somos, básicamente, una combinación de alma, mente y cuerpo. La mezcla varía según cada individuo, pero también va por países, culturas religiones o épocas. En la nuestra, se diría que predomina una fijación enfermiza a lo corporal. Con las iglesias vacías y los gimnasios llenos a rebosar, se ve por dónde van los tiros. En cuanto a la mente, de eso ya se ocupan los Silicon Valley Boys, que nos la van vaciando al tiempo que la rellenan con sus bulos, desinformación y llamadas al odio.

Puesto que el verano nos brinda una oportunidad de oro -en el cada vez más improbable caso de que dispones de unas vacaciones pagadas- para entregarnos a la placentera lectura o relectura de libros capaces de iluminarnos, máxime durante estos días de extremo calor, incendios y los absurdos conflictos bélicos en curso sin visos de acabar en fecha próxima, tanto más grande es la tentación de perderse en las impagables páginas del muy a menudo hojeado y citado El mundo de ayer, de Stefan Sweig.

Se trata de un libro que llega a ser un pozo de insondable sabiduría, y por tanto de relectura obligada. Es como adentrarse en un gabinete de curiosidades que, de tan variadas y desconcertantes, resulta inabarcable. Y de ahí la necesidad de volverlo a visitar una y otra vez, ya que en cada vista sabes que te aguarda alguna que otra maravilla que antes había pasado desapercibida. Es decir, se trata de un clásico.

La bella y heterogénea Viena de la juventud de Sweig (1881-1942) era una fascinante y asombrosa mezcolanza de lengas y culturas cuyo principio se resumía en esta frase: “Vivir y dejar vivir”; y en la que reinaba una “supernacionalidad espiritual”. Y fue así hasta que intentó Hitler nacionalizar y provincializarla, así dando muerte al fabuloso mundo de ayer que tanto añoraba Sweig antes de suicidarse en el exilio, junto a su joven esposa, en Brasil, cuando aún no se sabía si el nazismo iba a dominar el mundo. Eran ambos judíos y europeos hasta el tuétano.

Ahora bien, esa Austria idealizada por Sweig no era país para jóvenes inquietos como él. Los rigores de un sistema educativo, en exceso acrónico, desconfiaba de la juventud, que se consideraba peligrosa. Imperaban en esa sociedad burguesa la seguridad, la comodidad y una aversión visceral a las prisas.

De hecho, aclara Sweig, se consideraba “que la juventud constituyese una traba para hacer carrera, y la vejez una ventaja”. De modo que los profesionales liberales de menos de cuarenta años se viesen obligados a disfrazarse de gente mayor si querían prosperar. Y es que la juventud despertaba desconfianza.

En nuestro mundo de hoy, funciona al revés: los viejos se disfrazan de jóvenes y una persona sin prisas es tachada de marginado chiflado sin gracia ni salvación. La vejez es ahora, pese a ser una inevitable condición vital, una enfermedad que se ha de esconder, y ya no digamos la muerte, nuestra única certeza, pero que se ha vuelto invisible. Las bien amuebladas y sosegadas mentes de antaño han dado paso a una especie de febril sucedáneo cerebral controlado a distancia por los dementes amos de las redes y las plataformas.

¿Y qué hay del alma, en caso de que tal cosa existiera? Así, Sweig: “Es mil veces más fácil reconstruir los hechos de una época que su vida espiritual”. Da grima pensar en qué dirán futuras generaciones del vacío espiritual de la nuestra. Y de la misma manera que Sweig lamentaba que su época, con sus más y sus menos, llegaba a su fin, nos hallamos nosotros en una tesitura similar.

En el penúltimo párrafo de su extraordinario libro, apuntó Sweig antes de quitarse la vida que “sabía que, una vez más, todo lo pasado había prescrito; que todo lo realizado era nulo y que Europa, nuestra patria, para la que habíamos vivido, quedaría destrozada hasta mucho después del fin de nuestra vida”.

Increíblemente, surgió de las cenizas de ese mundo devastado una comunidad europea, una Unión Europea, que ahora, si no quiere repetir tan trágico destino, haría bien en cuidarse en alma, cuerpo y mente, ya que, una vez más, hay quien -y no sólo desde fuera- la quiera borrar de la faz de la tierra.

John William Wilkinson
John William Wilkinson
Internacional

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.