Un paseo de quince minutos separa la puerta de Bab Tuma de las ruinas de Jobar. Empiezas a caminar en la ciudad que se ha preservado y un kilómetro después cruzas un abismo y llegas a la que ha desaparecido.
Bab Tuma es el ajetreo de la vida urbana, y Jobar la quietud de los campos de batalla después de una guerra perdida.
Claro que los guerrilleros islamistas que perdieron Jobar y los otros arrabales acabaron conquistando Damasco y ganando la guerra, mientras que los defensores de la capital y la dictadura huyeron o se escondieron.
Es confuso, pero es así. La vida vuelve a expandirse en la ciudad que se ha salvado, el viejo Damasco, que sobrevivió porque tenía de su parte la historia y la geografía del poder político y religioso.
El Damasco nuevo y periférico, sin embargo, no pudo mantener sus edificios en pie y la vida se extinguió. La ciudad que se expandía por el oasis y los campos de cultivo de Guta, solo tenía de su parte a los nuevos damascenos, familias de rentas bajas llegadas de todas partes que se acomodaban en viviendas precarias, construidas al tuntún. La desigualdad y la falta de oportunidades alimentaban el resentimiento. Allí surgió la revolución en el 2012 y allí fue aplastada en el 2018.
Jobar acogía a 300.000 personas. Entre el 2013 y el 2018 las perdió a todas. Las bombas destruyeron el 95% de los edificios.
Entrar hoy en el espacio deshabitado de Jobar es pisar el fin del mundo, la tierra sin hombres. Si continúas caminando hacia el este y cruzas la autopista que lleva a Homs y Alepo, llegas a Ein Tarma, otro barrio rebelde. Aquí muchos edificios han resistido. Perdieron paredes y ventanas, pero el esqueleto de hormigón aún los sostiene, y es entre los huesos de estos armazones gigantes que los más intrépidos y desesperados intentan construir un nuevo hogar. Cubren los espacios abiertos con tochos, plásticos y telas. Plantan legumbres en la tierra reventada y levantan la mirada cuando pasa el intruso. Estos hombres y mujeres habitan un limbo minúsculo entre la victoria y la supervivencia. Podemos describirlo, pero es un lugar insondable.
El Gobierno mantiene los planes urbanísticos que la dictadura diseñó para una elite fiel
En un segundo piso sin paredes, alguien ha tendido la colada entre dos columnas. La ropa limpia y varios tiestos con flores transforman el espacio abierto en un hogar. El váter son bolsas de plástico negro que se bajan a la calle y se amontonan allí donde los perros husmean y todo se descompone.
Vivir así, en la normalidad de lo incomprensible, obliga a hacernos una pregunta difícil de responder. ¿Cómo la destrucción transforma el carácter de las personas y las naciones?
El politólogo Gabriel Garroum Pla tiene varias respuestas: “Cuando la destrucción ocupa el centro de la relación entre el Estado y la sociedad, aumentan las diferencias sectarias.”
El superviviente, desposeído de todo lo que la guerra se ha llevado, necesita pertenecer. Familia, clan, etnia, religión y clase social son los espacios que habita para reafirmar la identidad.
En Ein Tarma, el único espacio público que funciona es la mezquita. Está llena. El almuédano recita la llamada a la oración y su canto se propaga desde altavoces instalados en las azoteas. “Venid a la oración, venid a la salvación. Alá es grande”. La invocación es un bálsamo, y este consuelo explica muy bien por qué la reconstrucción de cualquier población empieza por la mezquita. “Necesitas una mezquita y una escuela para que la gente vuelva”, me había dicho el analista Amar Kahf. Es el primer paso para revertir el urbicidio.
El urbicidio es la destrucción deliberada de una ciudad rebelde para hacerla inhabitable y forzar el desplazamiento de la población. La periferia de Damasco, Homs, Alepo y Gaza son buenos ejemplos. Gabriel Garroum Pla los ha estudiado a fondo. Van de la mano de los genocidios.
“Asad –explica Garroum Pla–respondió a la revuelta con el asedio de las poblaciones de Guta oriental, como Jobar y Ein Tarma. El hambre es una poderosa arma de guerra. El dictador también utilizó armas químicas, y en el 2018 la aviación rusa acabó con siete años de dominio islamista en esta cuna de la rebelión. Asad permitió entonces la salida hacia el bastión rebelde de Idlib de los últimos supervivientes.”
Las nuevas autoridades, las que partieron de Idlib a finales del 2024 para ocupar Damasco y derrocar al dictador, no permiten que la gente de Jobar regrese. Dicen que es peligroso, que hay minas y bombas por detonar y que, en todo caso, la tierra está contaminada por los explosivos.
Al igual que en otros barrios de la periferia de Damasco, Jobar tiene un plan urbanístico. Está valorado en 21.000 millones de dólares. Ocupará 1.100 hectáreas. Torres de oficinas y de viviendas, zonas verdes y comerciales a un kilómetro de Bab Tuma. A las personas que acrediten la propiedad de una vivienda destruida, se les ofrece el 50% de su valor, pero no en dinero sino en acciones de la promotora inmobiliaria. Es muy difícil que puedan comprarse un piso en el nuevo Jobar. El metro cuadrado rondará los 2.000 dólares y ellos son muy pobres.
El precio del metro cuadrado es la línea que separa la vida de la mera supervivencia, y la gran mayoría de los sirios están por debajo. “El Estado no tiene dinero. La guerra se llevó por delante el 80% del PIB”, afirma Farah al Shami, investigadora en la Iniciativa de Reforma Árabe. El 90% de la población sufre pobreza extrema y solo cuatro de cada cien personas reciben 20 dólares al mes de ayuda social. “El estigma de la pobreza es muy acusado y creará tensiones políticas”, vaticina.
El Gobierno mantiene los planes urbanísticos que la dictadura diseñó para modernizar la periferia de Damasco a costa de sus habitantes. La iniciativa privada se alía con el poder político para crear una nueva elite afín al régimen.
El proyecto más avanzado se llama Marota, que significa patria en siriaco. La dictadura recuperaba las raíces preislámicas para combatir el auge del islamismo político. El nuevo régimen ha mantenido el plan de negocio, que también es un plan político.
Marota es un ejemplo de dubaificación , torres altas, como en Dubái, sin contexto social. La arquitectura de la globalización ofrece confort en un vacío cultural.
Garroum Pla sostiene que, sin políticas sociales, las torres de cristal acentuarán la desigualdad. El agravio impulsará la disidencia y ni el sistema más autoritario podrá acabar con ella. “La disidencia suele esconderse a ras de suelo –explica–, entre la gente que debe retar al orden para sobrevivir”.
La resistencia violenta, con una fuerte identidad social y religiosa, llevó a los islamistas al poder. Qué harán ahora los desheredados, todos los que están por debajo del precio de un metro cuadrado en la periferia de Damasco.
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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.