Hubo un tiempo en el que se creía que todo problema tiene solución. Ya no. Y no sólo porque se van acumulando problemas a todos los niveles, en todas partes y a toda velocidad, sino porque nadie, empezando por los desbordados y a menudo ineptos dirigentes, sabe hacerles frente de manera equitativa, eficaz y duradera.
Es más, mediante las redes sociales por las que circula un sinfín de maliciosos bulos amén de verdaderos tsunamis de desinformación, tarda bien poco un problema en convertirse en una amenaza seguida de una paralizante sensación de incertidumbre, que conduce al miedo, que, a su vez, se transforma en odio, que está en boga, como bien saben los populistas que nos incitan a abrazarlo con fervor, por muy infundado que sea.
Una vez alegremente exteriorizado un abultado segmento de la industria europea para mayor gloria, sobre todo, de los más baratos, rápidos, listos y productivos asiáticos, ahora toca hacerlo con la inmigración masiva, refugiados e inconvenientes solicitantes de asilo, amén de presos y personas indeseadas que ya no caben en nuestras prisiones. Y por qué no, piensan algunos, puesto que esta “solución” cuenta con demanda, mercado y no pocos votos; aunque, eso sí, muy escasa altura moral. Los problemas, hay que exteriorizarlos: ojos que no ven, corazón que no siente.
Ya ha habido varios intentos. Hace tiempo que el término “invasión” se emplea con inquietante ligereza. Porque funciona. Pese a que Hungría cuenta con una bajísima tasa de inmigración, durante años Victor Orban clamaba y obraba en contra de este supuesto fenómeno. Matteo Salvini pretendía establecer “centros” en el sur de Libia, Chad o Mali. Y ahora Giorgia Meloni apuesta por Albania.
Hace tiempo que el término “invasión” se emplea con inquietante ligereza, porque funciona
En toda Europa estas medidas cuentan con una aprobación al alza, lo que sin duda acabará eliminando o apartando los contratiempos judiciales que hasta la fecha han impedido su completa implementación. Claro que en la era Trump todo vale, ¿no? Hay cada vez más mandatarios europeos dispuestos a seguir su ejemplo.
Tras difundir y establecer la existencia de una “invasión”, son varios los países de la UE que optan por endurecer su política migratoria. Ya se habla sin tapujos de muros, vallas y campos de deportación de migrantes, preferiblemente fuera de sus fronteras. Con este propósito, ya se ha formado una alianza entre Países Bajos, Austria, Alemania, Dinamarca y Grecia. La reciente crisis de Ceuta ha servido para echar más leña al fuego. El siempre precario espacio Schengen hace agua al tiempo que provoca tiranteces entre Estados, notablemente entre España e Italia.
Incluso la ponderada Suecia ha decidido pagar 30 millones de euros anuales a Estonia a cambio de que aloje a centenares de reclusos, medida que aliviará la saturación que viene padeciendo su sistema penitenciario. Dinamarca ha llegado a un acuerdo similar con Kosovo. En fin, todo indica que cada vez más Estados de la UE anhelan instaurar su propia versión del ICE trumpiano.
Y continuará así, con altibajos y reveses, hasta que una mayoría de la UE vote a favor de estas u otras aún más severas medidas, extremo nada descartable, máxime si gana el próximo año Marine le Pen las elecciones en Francia. Otro presidenciable, el ex primer ministro Edouard Philippe, ha propuesto internar migrantes en alguna de sus posesiones de ultramar en el Indico. “Centros de retorno” los llama.
De seguir por esta senda, corremos el riesgo de anteponer el problema migratorio a otros tan acuciantes como son vivienda, sanidad, educación, pensiones… Por no hablar de la tentación de achacar a los migrantes todos nuestros males. Ha pasado antes y podría volver a pasar. Todos sabemos con qué consecuencias.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.