Antes de que Donald Trump sorprendiera al mundo al anunciar su intención de anexionarse Groenlandia, poco o nada sabía el occidental medio de la isla más grande del mundo. Y sin embargo allí estaba, una inmensidad blanca por descubrir y conquistar, tal como había figurado en el mapamundi hasta finales del siglo XIX el vasto interior inexplorado del continente africano, también conocido como el corazón de las tinieblas, que es como lo bautizó el novelista Joseph Conrad.
La amenaza de Trump ha servido para despertar un repentino interés en esa isla helada pegada a la costa oriental de Canadá y que linda en el norte con el Ártico. Quizás algo de eso ya habíamos aprendido en las clases de geografía cuando ésta aún era una asignatura que se tomaba en serio, por muy trucados que fuesen los mapas que nos ofrecían en los eurocéntricos libros de texto.
En los últimos meses, poco a poco hemos ido sabiendo que Groenlandia es un territorio autónomo danés, y puesto que Dinamarca es un Estado miembro de la UE y de la OTAN, pues que, por muy lejos que nos pille, nos concierne a todos, como, por cierto, Ceuta a los escandinavos. Esto es Europa, amigos.
También hemos sabido que su economía depende de la industria pesquera y de los generosos subsidios llegados de Copenhague, amén de que hay debajo de la capa de hielo que cubre la isla apetitosos depósitos de muy codiciadas tierras raras, petróleo y otros bomboncitos minerales muy del agrado de los golosos mandatarios, que no son pocos, que salivan con tan solo pensar en ellos.
Su economía depende de la industria pesquera y de los subsidios de Copenhague
Además, ocurre que los efectos del calentamiento global han hecho que sea cada vez más navegable y durante más meses del año el mítico Paso del Noroeste, que une el Atlántico con el Pacífico, una ruta marítima que ya tiene y que irá adquiriendo cada vez mayor importancia en vista del bloqueo en el estrecho de Ormuz o el del mar Rojo.
Una vez estimulada la curiosidad, uno quiere saber más sobre Groenlandia, empezando por su pasado, y lo encontrará, si pasa olímpicamente de las fuentes generadas por la IA, en las páginas de Colapso (Debate, 2006), un fascinante libro del geólogo estadounidense Jared Diamond, que versa sobre por qué unas sociedades perduran y otros desaparecen.
Habla Diamond de sociedades desaparecidas y no de civilizaciones, como las que amenaza con ligereza aniquilar Trump, presidente de una sociedad aún en pañales, y no precisamente muy limpios.
Las ruinas medievales mejor conservadas del Europa son las de Groenlandia -una catedral, varias iglesias…- precisamente porque fueron abandonadas intactas al llegar a su fin los 500 años de ocupación de la isla de los vikingos noruegos, que comenzó con el primer asentamiento fundado por Enrik el Rojo, allá por el año 984, que bautizó la isla con el nombre de Groenlandia (tierra verde) a modo de bulo disfrazado de reclamo para atraer a nuevos colonos.
Durante ese medio milenio era la avanzadilla más remota de la civilización (ahora, sí) europea, a 2.400 kilómetros de Noruega. Aunque, a diferencia de Islandia, no estaban solos, ya que compartían la isla con los inuit, un pueblo que sabía sobrevivir en condiciones climáticas tan adversas.
Mas en vez de aprender de ellos, se empeñaron, incluso ante la abundancia que les rodeaba y que despreciaron, en recrear contra natura una cultura basada en la cría de animales de granja, sobre todo los bovinos, que les convirtió en verdaderos esclavos de una política equivocada y por tanto condenados a desaparecer, como así ocurrió.
Los fanáticos jefes de los últimos moradores descubrieron, nos cuenta Diamond, que el último derecho que habían conservado para sí era el privilegio de ser los últimos en morir de hambre.
Trescientos años más tarde, en 1721, sin que los inuit se inmutasen, otros escandinavos regresaron a Groenlandia, los daneses. En 1979, los indígenas consiguieron la autonomía. Y ahora Trump quiere la isla para sí.
Con todo, añade Diamond a favor de la fracasada sociedad noruega en Groenlandia, que al menos sobrevivió más tiempo que hasta el momento la anglohablante América del Norte. Y cuando ahora uno se entera del inminente fin de la humanidad inducido y proclamado por la IA, en vez de hacerles caso a Trump y a los Silicon Valley Boys, le entran a uno ganas de abrazar las enseñanzas de supervivencia de los inuit, que aún siguen allí y muy probablemente seguirán allí cuando el imperio americano sea reducido a cenizas.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.