Al segundo día cundió el pánico de marcharse sin ver a sus hijos. En el desayuno del hotel, John tomó la palabra delante de las otras familias: “El solo hecho de estar en la misma ciudad que mi hijo, de saber que está a pocos kilómetros, ya es mucho para mí. Es lo más cerca que he estado de él en mucho tiempo. Y si no lo logramos esta vez, volveremos”.
Sally y John llevaban sin ver a Jack desde otoño de 2014, cuando les anunció que se iba de vacaciones a Jordania. Tenía 18 años y hacía dos que se había convertido al islam. Dijo que se iría a Kuwait, a estudiar árabe y estudios islámicos. No sospecharon y siguen convencidos de que no les mintió.
“Nosotros creemos que fue a estudiar árabe”, dice John. “Que algo pasó allí y cambió de idea”. Lo que sí saben es que acabó en territorio del EI y que en el 2017 lo detuvieron los kurdos.
Desde entonces se han enfrentado con casi todo el mundo: con la policía británica, que los tiene vigilados; con los jueces, que los condenaron por enviar dinero a su hijo; con la prensa, que lo bautizó “Jihadi Jack”, Jack el Yihadista, antes de que ningún tribunal lo juzgara; con el Gobierno británico, que le retiró la nacionalidad; con el canadiense, que no pide su repatriación.
El matrimonio no ha sobrevivido: hoy están divorciados.
La tarde del segundo día en Bagdad, John y Sally recibieron un correo de la embajada canadiense: podrían ver a Jack al día siguiente. El rostro de Sally se iluminó. Otra madre, que había visitado a su hijo aquella mañana, le contó cómo había sido. Sally solo preguntó una cosa: si su chico le había parecido él mismo.
Cuando por fin entró en la prisión y lo tuvo delante, madre e hijo se miraron a la cara. Jack le dijo que tenía buen aspecto. Esperaba encontrar una señora mayor.
Y su madre lo reconoció. “Me ha sorprendido lo mucho que seguía siendo él -dijo Sally al salir-. De algún modo ha conseguido conservar su espíritu y su sentido del humor”.
John caminaba más ligero. “Me siento como si me hubieran quitado un peso de encima. Incluso respiro diferente”, dijo. “Es que él sepa que durante todos estos años no hemos dejado de luchar para liberarle”.
“Me siento más ligero –dice John–. Es que Jack sepa que todos estos años no hemos dejado de luchar por él”
John, de 66 años, nació en Canadá y emigró al Reino Unido a los 25; investiga variedades antiguas de trigo resistentes al cambio climático. Sally, de 64, trabajó en el mundo editorial y en organizaciones humanitarias. Vivían en Oxford: clase media, no religiosos, progresistas. “Educamos a nuestros hijos para que fueran políticamente conscientes, para que supieran lo que estaba pasando en el mundo”, dice John.
Jack, el mayor, era un chico curioso y despierto. De adolescente empezó con ansiedad y tics; le diagnosticaron un trastorno obsesivo-compulsivo. Al convertirse al islam, a los 16, la religión se mezcló con sus obsesiones. Se levantaba de madrugada a rezar y a lavarse, apenas descansaba y se quedaba dormido en clase. “Todos sus amigos ingleses pensaron que estaba loco y le dejaron”, recuerda John. “Solo sus amigos musulmanes no le abandonaron”.
De aquella época John cuenta historias de gran ternura. Una mujer paró a Sally por la calle para contarle que Jack se había bajado de un autobús para ayudar a una desconocida con la compra. “Me dirán que intento hacerle pasar por el niño inocente”, admite. “Pero yo sé a quién crié”.
Hay otra versión de Jack, la que llegó a los tribunales y a los tabloides. En julio del 2015, ya en el califato, una cuenta a su nombre comentó en Facebook la foto de un excompañero de escuela alistado en el ejército británico: le encantaría, decía el mensaje, llevar a cabo una “operación de martirio”. Cuando John se lo recriminó, respondió que atacar al ejército británico era loable y que le cortaría la cabeza si se lo cruzaba.
Los Letts mantienen que aquellos mensajes no los escribía él, que el grupo yihadista se apropiaba de las cuentas de los extranjeros que llegaban a su territorio. “Yo le enseñé a hablar y ese no es su inglés”, insiste John. Encargaron un peritaje lingüístico que, según ellos, les dio la razón.
Son muchos años defendiendo a su hijo, midiendo cada palabra. ¿Se radicalizó? ¿Por qué fue al califato? “Puede que creyera que aquel lugar iba a ser una utopía islámica. ¿Es Jack culpable de haber sido ingenuo? Absolutamente”, concede John. “Pero no es un chico violento. Sé por qué fue: porque pensaba que estaba ayudando. No fue a combatir”. Asegura que el propio EI lo encarceló tres veces y que intentó escapar.
“Si es culpable, debe ser castigado. No podría soportar saber que hizo daño a alguien. Pero no creo que lo hiciera. Y ya ha cumplido una larga condena de aislamiento y torturas a manos de los kurdos, sin juicio, sin pruebas y sin ninguna garantía”, asegura John.
Llevan doce años dando explicaciones. Sally está agotada.
-¿Les ha pedido Jack perdón por todo lo que han pasado?
-No necesito que mi hijo me pida perdón.
-Pero cabría esperar que lo hiciera, ¿no?
-Nuestro sufrimiento no es nada comparado con el suyo. La verdad, estoy harta de responder a preguntas como estas, de fiscal. Llevo años respondiéndolas.
En el 2015, desde Siria, Jack les pidió dinero para unas gafas. Le enviaron 223 libras por un intermediario en Líbano, pese a que la policía les había advertido de que mandar dinero al EI podía ser financiación del terrorismo. Meses después, cuando su hijo intentaba huir del califato y necesitaba mil libras para un pasador, preguntaron antes. Según los Letts y su abogado, la policía dio el visto bueno y luego los políticos lo vetaron; presentaron esa autorización como prueba en el juicio.
Fueron detenidos en el 2016. Pasaron una semana en prisión preventiva, sin saber cuándo saldrían, hasta que el juez les dejó volver a casa. A John aquella semana le dejó una huella que todavía arrastra. Cuando él lo cuenta, Sally casi se enfada: ¿qué es una semana al lado de lo que lleva pasando su hijo?.
Fueron condenados por financiación del terrorismo al tratar de enviar dinero a su hijo, que quería huir del EI
El juicio no empezó hasta mayo del 2019. La acusación se construyó sobre sus mensajes privados: los correos de John suplicándole que volviera, las conversaciones en las que Sally le preguntaba si seguía vivo.
Sally tiene una imagen grabada de aquellos días. Saliendo del tribunal, chocó con una miembro del jurado que estaba embarazada. “Recuerdo su cara. Su espanto al darse cuenta de que era yo. Como si fuera un monstruo”.
Les condenaron por el único dinero que llegó a su hijo, las 223 libras de las gafas: quince meses de cárcel, suspendidos.
Lo que siguió no parece una pena suspendida. Perdieron la casa de alquiler. La policía les requisa teléfonos y ordenadores cada dos por tres; una vez se llevaron el del hijo pequeño justo antes de un examen. El Ayuntamiento les reclamó ayudas cobradas años antes, por si habían financiado el terrorismo, y las han tenido que devolver. John dejó la terapia: su terapeuta le advirtió de que debería comunicar a la policía lo dicho en la consulta. Sally ha ido de empleo en empleo perseguida por la sombra del terrorismo. Hoy vive en un barco porque no puede pagar otra cosa.
El viaje a Bagdad lo han financiado con donaciones de más de 400 conocidos. “Lo hemos tenido que hacer muchas veces durante estos años. Cada vez es más difícil. La gente se cansa”, explica John.
Poco después de la sentencia, el Gobierno británico retiró la nacionalidad a Jack, nacido y criado en Inglaterra. Le quedó sólo la canadiense, que tanto su padre como su madre tienen. Sally se mudó cinco años a Canadá y llevó a Ottawa ante los tribunales. El Gobierno canadiense aceptó repatriar a mujeres y niños, pero no a los hombres.
En el 2019 el Gobierno británico retiró la nacionalidad a Jack, nacido y criado en Inglaterra.; le quedó solo la canadiense
Desde la cárcel kurda, Jack concedió entrevistas. A la BBC le dijo que había sido “un enemigo del Reino Unido” y que marcharse fue un error. Pero también dijo que, en un momento determinado, estuvo dispuesto a cometer un atentado suicida, aunque añadió que ahora los considera haram, prohibidos por su religión.
Sus padres sostienen que la entrevista se grabó después de que Jack fuera torturado y que las preguntas del periodista coincidían con las de sus interrogadores; él mismo se lo contó a su abogado, Stafford Smith, cuando le visitó en la cárcel kurda poco después. Para ellos, es una confesión forzada. Aquella grabación llegó a la acusación antes del juicio de sus padres, y John sostiene que por eso no subió al estrado: le dijeron que, si declaraba, la fiscalía la mostraría al jurado.
En el 2024, entrevistado en prisión por la canadiense CTV, Jack contó algo distinto: que nada más llegar se dio cuenta de que el EI no era lo que le habían contado y se negó a jurarle lealtad. “Por eso me metieron en prisión tres veces y estuvieron a punto de matarme”.
Durante años sus padres no supieron si su hijo seguía vivo. Aquellas grabaciones que tanto les perjudicaron eran también la única señal de que lo estaba.
El dolor. “No puedo pensar en otra cosa”, dice Sally. “Está en mi cabeza cuando me despierto y cuando me acuesto. ¿Estará bien Jack? ¿Estará a salvo?”.
“No puedes irte de vacaciones. No puedes darte una ducha caliente o una buena comida, porque te sientes culpable”, dice John.
“Está en mi cabeza cuando me despierto y cuando me acuesto -dice su madre-. ¿Estará bien Jack? ¿Estará a salvo?”
En la prisión de Al Karj, doce años después de verlo por última vez, sus padres encontraron a un hombre con canas. Se abrazaron durante diez minutos. Jack había aprendido cinco idiomas en prisión. Les habló de otros detenidos y de la necesidad de que sus familias recibieran noticias.
Y después llegó lo que llevaban años temiendo escuchar. Jack les habló del hambre atroz en las cárceles kurdas: a veces daban de comer a unos presos y a los demás nada, como esperando que se pelearan. De presos apaleados que eran devueltos medio moribundos a la celda. De las descargas eléctricas. Del periodo aislado en un cubículo de cemento. Y del frío: desnudos en una sala con el aire acondicionado a tope y un colchón empapado. Algunos, dijo, murieron de neumonía.
Para no olvidar la cara de sus padres, intentó reproducirla con piedras en el suelo de la celda.
“El mundo tiene que saber lo crueles que ha sido la administración kurda, tan idolatrada por la prensa occidental”, dice Sally. “Durante años no pudimos decir nada porque poníamos en peligro a Jack”.
La víspera del regreso a Londres escribieron una carta a su hijo y se la dejaron a otra familia, que aún tenía una visita pendiente. Le prometieron que harían lo que les pidió por los otros presos, sobre todo por los británicos sin nacionalidad, que no tienen embajada. Le dijeron que creen que saldrá pronto. Y lo orgullosos que están de él. “De su extraordinaria resistencia y su valor”, cuenta Sally. “Y lo asombrados y felices que estamos de que esa personalidad suya tan aguda siga intacta”.
Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.