¿Cómo se le ocurrió encaramarse a la copa de los árboles?
Todos los que estudiaban los bosques eran hombres y solo veían las copas cuando los árboles se talaban. Miraban a la altura de sus ojos.
Usted miró hacia arriba.
Decidí subir. Diseñé un arnés y pedí prestadas unas cuerdas de escalada para no dañar el árbol. Tenía mucho miedo.
Pero subió.
Y quedé maravillada. Estaba lleno de criaturas masticando, polinizando, volando...
Llévenos con usted.
Allí conviven pájaros con sus nidos, millones de insectos de todos los colores imaginables, murciélagos, koalas, monos, leopardos, osos perezosos... Cada árbol alberga una comunidad distinta.
Usted lo llama el octavo continente.
Sí, es otro mundo. El 50% de la vida en la Tierra vive en la copa de los árboles.
Y quiso que ese mundo fuera accesible.
Trabajaba en un proyecto de ecoturismo en Australia y tenía dos hijos pequeños que no podían subir con cuerdas, así que construí una pasarela suspendida entre las copas.
¿Un éxito?
Sí. Aquella pasarela fue el principio. Ahora, a través de Mission Green, ayudamos a construir pasarelas por todo el mundo que protegen los bosques y permiten estudiarlos.
Pues se van a llenar de turistas.
Sí, pero eso da trabajo y dinero a la gente local. Ya no tienen que talar sus bosques y los científicos podemos conocer y proteger un mundo que antes era inaccesible.
Usted es una científica de campo.
Me casé en Australia con un agricultor y su familia veía con malos ojos que yo trabajara. Fue muy duro convertirme en ama de casa: me divorcié y regresé a Estados Unidos.
¿Cómo combinó maternidad y trabajo?
Fui una madre soltera feliz. De pequeños mis hijos me acompañaban a menudo en mis expediciones. Era la única mujer y al principio algunos científicos me miraban mal. Luego me confesaban que tenían envidia de no poder llevar a los suyos.
No se lo pusieron fácil.
Me pagaban menos, me daban la peor hamaca y tenía que trabajar más que los hombres para demostrar que merecía estar allí. Siempre me ponían a prueba.
¿Qué tal se portaban sus hijos?
Eran quienes descubrían más bichos distintos. En Belice vivíamos en una choza, y sobre las camas de mis hijos había doce tarántulas. ¡Estaban encantados!
¿Y usted?
En otras ocasiones, los otros científicos ya me hicieron dormir en la hamaca sobre la que había un nido de arañas venenosas.
Encantadores.
Lo que no sabían es que mis hijos y yo teníamos de mascota una tarántula: Harryet.
¿Y era cariñosa?
Interactuábamos con ella. Son venenosas, pero no se sentía amenazada por nosotros. Vivió ocho años.
Le costó que la aceptaran.
Cuando una mujer hace algo mejor que un hombre, algunos se sienten amenazados. Por eso escribí mis memorias, sobre todo para que las mujeres pudieran aprender de mi experiencia.
No todo ha sido hermoso.
En mi vida, la mitad de los bosques del mundo han sido talados.
Hay quien dice: planten otros.
No es lo mismo. Los árboles más antiguos sostienen mundos enteros por descubrir.
Los bosques primarios.
Sí, y lo más exitoso que hago es con niños. Los subo a un árbol y luego les cuentan a sus padres esa maravilla y los educan en el respeto. Hablo con un millón de niños al año, hago programas de televisión y libros para llegar a ellos. Esa es mi arma secreta.
¿Qué la emociona a cien metros de altura?
Ver qué insecto se come las hojas, qué pájaro se come qué insecto..., ver tanta vida.
Es como ser detective.
Sí, soy la detective de las hojas. Ahí arriba está todo conectado. En India trabajo con los tigres porque están conectados con las copas de los árboles. Todo es un ecosistema. Los tigres suben a las copas y se tumban en las ramas a comer su venado que se come los árboles, manteniendo el ecosistema equilibrado.
¿Dormía usted en la copa de los árboles?
Sí, pero durante años busqué insectos durante el día y no los encontraba. Una noche que no podía dormir escuché el sonido de los insectos masticando y entendí que comen de noche para protegerse de los pájaros.
¿Qué la ha hecho llorar?
Pensar que ese mundo desaparece demasiado rápido sin que lo hayamos conocido.
¿Qué idea la sostiene?
Quiero que cada día cuente. Mi herramienta fundamental es la alegría y la tenacidad.
¿No hay tristezas allá arriba?
Allí ves claramente que la muerte forma parte de la vida, que somos parte de un ciclo.

Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.