¿Poeta?
Sí, y de un país, Nicaragua, cuyo héroe nacional es un poeta: ¡Rubén Darío!
“Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda...”
Con once años me reuní aquí con mi madre. Ella se había venido a España a mis cinco años: ¡fueron seis años sin vernos!
¿Y por qué se vino aquí su madre?
Para que yo no acabase siendo un sicario.
¿Un asesino a sueldo?
Asesino, pandillero y narco.
Pero... era usted un niño.
Mis padres sabían lo que me esperaba. Mi padre ya quiso que mi madre abortase. Mi madre se negó y se separaron.
¿Qué temía su padre?
Que yo creciese como un criminal más de la banda de los Sumi.
¿Los Sumi?
Mis primos González. Vivían en la casa frente a la de mi madre y mi abuela, los Guevara, en la que me crié.
¿Y su madre le dejó ahí?
Se vino a limpiar escaleras aquí para pagarme una educación y un futuro dignos.
¿Mientras, usted con su abuela?
Con mi abuela campesina... y con tío Salvador, casi un padre: fue un héroe de la revolución sandinista de 1979.
¿Ah, sí?
Estuvo en el monte, contra la “contra”. Cuando llegó la paz, tuvo que ver consternado a los Ortega apropiarse de todo.
¿Nicaragua es una dictadura?
Una dictadura que odia los libros. Si un policía ve por ahí a cualquier joven leyendo mi poemario, ¡es arrestado!
¿Y si usted volase allí?
Sería detenido y encarcelado. No puedo volver, como tampoco Sergio Ramírez y Gioconda Belli, escritores nicaragüenses exiliados en España: yo les venero.
Me hablaba usted de su tío Salvador...
Salvador Corrales: lideró el grupo los Cachorros en el monte. ¡Cada noche les leía poesía! Una mina le dejó sin pierna. Le debo mi amor a la poesía, él me la leía.
¿Qué enseñanza de tío Salvador pervivirá en usted para siempre?
“Nada más importante que anteponer el verso a la barbarie”.
¿Le marcó?
¡Es mi fe! Con veinte años me embarqué a escribir Cara de crimen, mi poemario último... ¡en el que me he jugado la vida!
¿La vida? ¿Por escribir poemas?
Antes de escribir mis versos quise ver cara a cara a sicarios, pandilleros, asesinos, narcos. Y así lo hice.
¿Dónde lo hizo?
En barrios y aldeas y selvas de Centroamérica. Conversé con un sicario con su pistola encañonada en mi corazón. Y sé bien cuándo una pistola está cargada...
¿Lo estaba?
¡Sí! Le bastaba con apretar el gatillo. Me confesó haber matado a un vecino por 45 dólares, y por 10.000 dólares a un alcalde importante...
¿No pasó usted miedo?
Conozco esas miradas, por mi trato con los Sumi. Sé cómo no mostrarme vulnerable para no invitar al disparo.
¿Qué esconden esas miradas?
Una infancia rota. Desolación. No ven nada digno a lo que acogerse. Por eso la vida no les resulta nada valiosa.
¿Y qué les decía usted?
“Soy poeta. Yo no escribiré un reportaje sino poemas”. Y me soltaban: “Aquí no hay ninguna literatura”. Yo sí la veía. El gen de la poesía y la cultura se cuela siempre y nos salva de la violencia y del salvajismo.
Al menos ha sido así en su caso.
Recuerdo redadas policiales rodeando la casa de mis primos: entre tiros, a veces se ocultaban en mi casa. No acabé igual que ellos gracias a la poesía.
¿En Nicaragua se censura la poesía, me decía?
Mi poemario ha entrado allá en mochila, a hombros de un amigo, por amor al arte: de contrabando desde la frontera con Costa Rica. Yo he comprobado que un verso bien encajado siempre duele.
¿Qué distingue a los nicaragüenses?
¡El gen poético! Pese a la represión, allí la gente se saluda con un “¿qué tal, poeta?”. La poesía revolucionaria de Ernesto Cardenal es hoy censurada para no ser leída contra los Ortega.
Aquí no nos enteramos de nada de eso.
Ya. Porque nuestro único petróleo es Rubén Darío, y a Trump no le interesa.
¿Bendijo tío Salvador sus poemas?
Fue enterrado en el 2023 con mi primer poemario, Los nadies, entre sus brazos. No pude llorarle allí en su funeral...
Dígale desde aquí algo a los Ortega.
Vendisteis a universidades americanas escritos ¡falsificados! de Rubén Darío. Lo denuncié y matasteis a siete estudiantes amigos míos. La sangre de Ortega correrá.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.