Defínase.
Niño preguntón.
¿Con respuestas?
Lo que nos rodea, todo, es la respuesta.
¿Cuál ha sido la pregunta?
¿Cómo hemos llegado aquí, y así?
Así arranca la ciencia, ¿no?
La ciencia es el camino de búsqueda.
El humano, ¿es accidental o necesario?
Accidental.
¿Ah, sí?
Una cadena de maravillosos accidentes nos hizo. Una cadena aún no bien conocida de causas con sus efectos.
¿No soy necesario? Vaya.
El universo es indiferente, aprendí de Jacques Monod. “El universo es mudo”, decía Albert Camus. No le importas nada.
Pero el ser humano es singular.
Una criatura de gran cerebro y elevada longevidad. Una cosa va con la otra.
Nos ha esculpido la selección natural.
Más bien contra la selección natural.
Explique esto.
Lo específicamente humano es la solidaridad entre miembros de tu clan, la fraternidad grupal.
¿Somos hijos de la solidaridad?
¡Sí! En el género Homo hay traza fósil de que la ayuda mutua posibilitó sobrevivir a individuos enfermos o accidentados: ¡la selección natural los habría eliminado!
Me hace usted sentir bien.
Debemos sentirnos legítimamente orgullosos de este logro.
Pero... ¡seguimos matándonos!
Sin ser ese “mono asesino” que alguien sentenció que éramos. Matas por tu grupo, clan, tu identidad, tu bandera...
Tu club.
De fútbol. O tu nación. Porque sapiens es un animal simbólico: te identificas con unos colores, unas señales... y matas por defenderlos: este atavismo que fue una ventaja adaptativa en el pasado prehistórico... hoy puede perjudicarnos mucho.
De nosotros depende, pues.
Condenados a la libertad. ¡Somos libres por naturaleza!
Alegrémonos, ¿no?
Alegrémonos de que existimos en vez de no existir. Alégrate de que hay algo en vez de no haber nada. Pero si no hubiese nada, ¡también habría quejas, seguro!
“El mundo es maravilloso porque hay de todo”, dijo Cesare Pavese.
La Tierra tiene 4.000 millones de años y está en la mitad de su vida: las plantas surgieron hace 500 millones de años, los homínidos hace seis millones...
¿Conocemos ya el origen de la vida?
No, pero vamos a saberlo.
Me alegro.
Ya sabemos que hay moléculas prebióticas, precursoras de la vida, que viajan por el universo en cometas (como Bennu): ¡la vida no es una rareza cósmica! Los aminoácidos están por todos lados.
¿Y qué primer salto nos llevó del simio al humano?
La postura erguida. Y enseguida la mano.
Para lanzar piedras.
También. Porque no evolucionamos integralmente, sino por partes. Pero... sí hemos protagonizado una revolución: la del cerebro simbólico y del lenguaje.
¿Y así dejamos atrás al neandertal?
Sí, porque tenemos una capacidad única: intercomunicarnos. Con toda nuestra especie. Por eso nuestras tecnologías: Facebook, WhatsApp, Instagram, redes...
Es verdad, necesitamos interconectarnos... e inventamos esas tecnologías.
Las redes no te las impone nadie: las eliges tú. Y si lo haces es porque... ¡son tecnologías hijas de tu naturaleza!
Y las usamos con ganas.
Usamos las máquinas en nuestro beneficio, “salvo la bicicleta”, decía mi suegro, “que es un engaño, porque la máquina se aprovecha de ti”. Él jamás pedaleó.
Hasta que hemos completado el invento con la bicicleta eléctrica.
Pasa con las series de televisión o cualquier historia: ¡el cerebro humano está ávido de historias!, desde un cotilleo.
¿Por qué?
¡Te va la vida! Distinguir a los buenos delos malos es imprescindible para sobrevivir en la vida grupal, siendo el grupo tan complejo y volátil.
¿Dejaremos un día de matarnos?
Sí, lo digo porque he visto lo de Sudáfrica. Del odio y el apartheid a la fraternidad. ¡Vea un partido de rugby sudafricano! Todos juntos, etnias, religiones, colores... ¡El año que viene en Jerusalén!
Ojalá.
Rehúyo todo nacionalismo, empezando por el enológico o el gastronómico.
Para acabar, ¿qué nos salva?
El humor.
¿Qué nos guía?
La belleza.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.