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La Contra Nº 12.488 · 8 septiembre 2026, 00:05
Patricia Pasquín
Patricia Pasquín, psicóloga, ha vivido cuatro años rodeada de lobos en el desierto de México:

“Una loba no deja de ser tierna por ser fiera”

Foto: Àlex Garcia

Tengo 37 años. Nací en Barcelona y vivo entre Barcelona y el Baix Ebre con mi perro Sake, adoptado. Tengo consulta privada, ejerzo principalmente online y creo contenido en redes. Mi política es la convivencia y veo a la sociedad cada vez más individualista. Creo en el amor, una energía, un impulso.

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Actualizado hace 28 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Al desierto de Nuevo México, a Wild Spirit Wolf Sanctuary, una reserva de lobos.
  • 02Era el paisaje de las películas de cowboys: coyotes, pumas, alces...
  • 03Vivía en una cabaña muy sencilla rodeada por tres manadas de lobos.
  • 04Me despertaba con sus aullidos.

Se fue a la otra punta.

Al desierto de Nuevo México, a Wild Spirit Wolf Sanctuary, una reserva de lobos.

¿Convivía con lo salvaje?

Era el paisaje de las películas de cowboys: coyotes, pumas, alces... Vivía en una cabaña muy sencilla rodeada por tres manadas de lobos. Me despertaba con sus aullidos. Tenía la sensación de haber salido de la sociedad y estar viviendo dentro de otra.

¿Qué fue lo primero que le sorprendió de los lobos?

Lo miedosos que son. Para ellos somos prácticamente su único depredador y desconfían de todo lo desconocido.

¿No son peligrosos?

Algunos. Y para entrar en su recinto me bastaba llevar una pala y una azada. Como eran objetos que no conocían, mantenían la distancia. El lobo feroz está bastante lejos del lobo que yo conocí.

¿Y empezó a reconocernos en ellos?

Sí. Un lobo no enmascara el miedo: enseña los dientes, gruñe o huye. Nosotros hacemos lo mismo de forma más sofisticada y a veces ni sabemos que detrás hay miedo.

¿Y qué descubrió de sí misma?

Que confundía la intuición con el miedo o la ansiedad. Allí empecé a distinguirlas, pero la lección sobre la intuición la aprendí precisamente el día que no le hice caso.

¿Qué ocurrió?

Cuidaba de dos lobos, Naz y Angel. Con Naz tenía un vínculo muy especial: incluso me permitía ponerle una cadena para pasear, algo poco habitual.

¿Y qué fue de Naz?

El cáncer se extendió. Cuando íbamos a llevarlo al veterinario, Angel, que nunca se me acercaba, vino por detrás, me tocó y me miró.

¿Entendió lo que quería?

“Que no me lo llevara, que tenía que morir allí”. Lo entendí con absoluta claridad.

¿Y aun así se lo llevó?

Sí. Me daba miedo equivocarme. Murió en el coche, en mis brazos. Le pedí perdón: sentí que, por no incomodarme, le había robado la muerte que le correspondía.

¿Y Angel?

No quiso saber nada más de mí.

¿Y qué aprendió de aquel error?

Me hizo estar mucho más atenta a lo que sentía.. Ante un lobo estar ausente puede ser peligroso. Con Luna aprendí a observar antes de intervenir.

¿Qué le pasó?

La capturaron y la tuvieron en cautividad. Escapó, la persiguieron y le dispararon perdigones. La encontramos tres días después, malherida. No dejaba que nadie la tocara.

¿Llegó a confiar en usted?

Durante un año se acercaba sin dejarse tocar. Un día, mientras acariciaba a Jagger, se colocó detrás de él. Seguí acariciándolo sin mirarla y mi mano pasó poco a poco de él a ella. Le rasqué una oreja y se relajó.

¿Qué le enseñó Luna?

Que nos hacen daño en relación, pero también nos sanamos en relación.

Y nosotros, ¿vivimos en cautividad?

Sí, pero no es evidente. La sociedad da seguridad, pero podemos obsesionarnos tanto con no perderla que acabemos traicionándonos para conservarla. Esa cautividad cuesta verla porque se disfraza de normalidad.

¿Y qué sería entonces lo salvaje?

La parte que no se deja doblegar, que sigue siendo fiel a lo que uno siente y desea. La intuición es la voz de ese espíritu salvaje. Hay que recordar quién éramos antes de que nos dijeran quién debíamos ser.

¿Qué más le enseñaron los lobos?

Que el entorno puede cambiar quiénes somos. Sabine era tímida, silenciosa, siempre la última en todo; la hostigaban.

¿Tuvieron que separarla?

La pusieron con otro lobo y se transformó: empezó a jugar, a mostrarse y hasta a plantarle cara a su antigua manada. Era la misma loba en otro entorno. Y pensé: ¿cuántos de nosotros somos quienes somos por el lugar que ocupamos?

¿Los lobos saben decir no?

Con mucha claridad. Y entendí que una loba no deja de ser tierna por ser fiera.

¿Tuvo que ponerse feroz alguna vez?

Sí. Dos lobos disfrutaban acechando. Un día tropecé y, al levantar la vista, ella estaba delante y él detrás de mí.

Qué miedo.

Me planté con la azada y les dije “¡no!”, pero siguieron avanzando. Yo decía “no” con la boca, no con el cuerpo. Hasta que sentí miedo y rabia, y me salió un “¡eh!” con toda la contundencia y ella se fue.

¿Debemos recuperar cierta ferocidad?

Sí. La ferocidad también es proteger lo que importa. A veces un límite tiene que sentirse en todo el cuerpo.

Eso también es libertad.

Sí. El lobo es muy autónomo y, sin embargo, está comprometido con su manada. Para mí, ser libre no es hacer lo que quieras, sino poder escoger por qué te sacrificas.

IS
Ima Sanchís
La Contra

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.