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La Contra Nº 12.488 · 16 septiembre 2026, 00:05
Meritxell Martorell
Meritxell Martorell, fundadora y directora de Yoga sin Fronteras:

“Ayudar no es decidir por otro cómo debe vivir”

Foto: Miquel Gonzalez / Shooting

Tengo 40 años. Nací en Malgrat de Mar y vivo entre Barcelona e India, donde paso cinco meses al año. Me licencié en Periodismo. Estoy casada y tengo dos hijos pequeños, escolarizados aquí y en India. Me gustaría creer que un mundo más justo es posible. Creo en algo más grande, en una inteligencia universal.

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Actualizado hace 20 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01A los 24 años gané una vuelta al mundo como bloguera de viajes.
  • 02En menos de un año visité unos 60 países.
  • 03Esa experiencia me cambió para siempre.
  • 04No quería una vida convencional.

A los 24 años gané una vuelta al mundo como bloguera de viajes. En menos de un año visité unos 60 países. Esa experiencia me cambió para siempre.

¿Qué cambió?

Seguí viajando. No quería una vida convencional. Necesitaba descubrir el mundo por mí misma. Y viajando sola encontré mucha más bondad de la que imaginaba.

21 días : un programa muy exigente.

Muchísimo. Pasé 21 días viviendo entre prostitutas, otros con judíos ultraortodoxos, con refugiados, trabajando como criada para gente muy rica… Eran mundos radicalmente distintos.

¿Cómo digería usted todo aquello?

Con dificultad. Acababa de rodar un programa y empezaba otro. El yoga se convirtió en mi refugio, en una manera de regularme y encontrar un poco de calma.

¿Qué experiencia le impactó más?

Lesbos. Cuando el sufrimiento deja de ser una cifra y te mira a los ojos, algo cambia para siempre.

¿Ya no le bastaba con contarlo?

No, quise ser útil desde otro lugar. A mí el yoga me había ayudado mucho y empecé a preguntarme si podía ser útil para personas que atravesaban situaciones extremas.

¿Alguna vez su implicación la llevó demasiado lejos?

Sí. En Lesbos conocí a Harud, un periodista iraní refugiado político. En medio de aquel caos nos escapábamos a tomar un café; era encontrar algo bonito dentro de una situación desoladora.

¿Y se enamoraron?

Eso creímos. Lo ayudé a venir a España y, cuando llegó, entendimos que no era amor. Yo quería resolverle los papeles, salvarlo.

¿Ayudar puede hacer daño?

Sí. Hay que preguntarse desde dónde ayudas: si por lo que necesita el otro o por sentirte tú mejor. Con Harud aprendí que ayudar no es decidir por alguien cómo vivir su vida.

También se lo planteó en un orfanato de Tanzania.

Allí vi esa puerta giratoria de personas que llegan, crean un vínculo con los niños y desaparecen­. Me pregunté: ¿ellos necesitan que yo venga tres semanas o soy yo quien necesita venir?

En India encontró otra contradicción.

Veía escuelas de yoga llenas de alumnas occidentales. Era todo tan pijo que quienes limpiaban allí pensaban que el yoga era de élite.

¿Organizó una clase para trabajadores?

Sí. Algunos me decían: “Es demasiado difícil”. La adapté y ahí entendí que quería llevarlo precisamente donde no llegaba.

¿Ahí nació Yoga sin Fronteras?

Ahí apareció la idea. Después volví a Lesbos, pero esta vez para ofrecer durante un mes yoga a las personas refugiadas.

¿No resultaba absurdo llegar con una esterilla donde faltaba casi todo?

Yo misma lo pensé. Pero descubrí que, en medio de tanta incertidumbre, una hora de yoga al día podía ofrecerles un espacio de calma y devolverles cierta sensación de control sobre su propio cuerpo.

Xiomara perdió sus brazos y sus piernas.

Es médica salvadoreña y una enfermedad autoinmune obligó a amputárselas. Hoy es autónoma y profesora de yoga. Demuestra que el yoga no pertenece a un cuerpo flexible, delgado y perfecto.

¿Qué aprendió usted de ella?

A adaptar el yoga al cuerpo y no pretender que el cuerpo se adapte al yoga. Me obligó a ser mejor profesora.

También llevan el yoga a cárceles.

La primera vez entré temblando. Encontré mucha tensión, desconfianza y rechazo al contacto. Pero cuando las clases se mantienen en el tiempo, disminuye la violencia y mejoran las relaciones entre ellos.

¿Y en Palestina? ¿Se puede meditar bajo una ocupación?

La realidad exterior no desaparece. Pero en el campo de Aida, en Cisjordania, ofrecer unos minutos de respiración y silencio cuando alrededor todo es tensión puede abrir un pequeño espacio interior.

¿No corre el yoga el riesgo de convertirse en una anestesia?

Sí, si se limita a mi bienestar, mi respiración, mi meditación y mi burbuja. Si una práctica me hace más consciente pero no más sensible al sufrimiento de los demás, es que algo se ha quedado por el camino. Yo apuesto por un yoga inclusivo y como herramienta de transformación social.

¿Se puede vivir del altruismo?

Hay que acabar con la idea de que hacer el bien exige precarizarse. Yoga sin Fronteras es una entidad sin ánimo de lucro, pero quienes trabajamos en ella cobramos un sueldo.

¿Qué ha aprendido acompañando a personas tan distintas?

Que nos necesitamos. Nadie sale completamente solo de un momento difícil. Pero acompañar no es salvar: es escuchar, estar y saber también cuáles son tus límites.

IS
Ima Sanchís
La Contra

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.