Toda Europa mira con admiración el modelo nórdico.
Lo entiendo, y amo Noruega. Pero desde dentro se ven las grietas: el dinero del petróleo y un Estado de bienestar muy generoso nos han acostumbrado a que cualquier problema tenga solución.
¿Es un problema noruego o de las sociedades occidentales?
De las sociedades ricas en general, aunque en Noruega el petróleo lo acentúa. Llevamos demasiado tiempo teniendo demasiado y eso nos ha vuelto más perezosos y menos resistentes.
¿Problemas de ricos?
Sí, en nuestro caso, cuando aparece un problema recurrimos al Estado. Hemos perdido la costumbre de resolver ciertas cosas nosotros mismos. Hay un problema de infantilización de la sociedad.
¿Dónde están los adultos?
Hemos renunciado al papel de autoridad. Nadie quiere asumirlo porque ser la autoridad es desagradable.
¿Por qué esa renuncia?
Queríamos hacerlo mejor que nuestros padres. Dar a nuestros hijos todo lo que creíamos que nos había faltado. Y nos pasamos de frenada.
¿Nunca antes se había mimado tanto a los niños?
Les damos mucho amor, atención, recursos y libertad, pero no las responsabilidades que deberían acompañar esa libertad.
Vemos a nuestros hijos de 25 años como críos.
Sí, y me parece grotesco. A los 18 pueden beber, matar o morir por su país, pero después seguimos tratándolos como si no pudieran hacerse cargo de su vida.
¿Los malcriamos?
Sí, y en el sentido literal: los criamos mal. Y lo hacemos con la mejor de las intenciones.
Queremos ser sus mejores amigos.
Y eso es una traición. Ser buen padre no consiste en caerle bien a tu hijo. El problema es que queremos gustarles; hay vanidad en querer ser esa madre o ese padre enrollado.
Padres colegas, eternamente jóvenes.
Nos ponemos bótox, hablamos como adolescentes, adultos de 50 años hablan como si tuvieran 13. En esa obsesión por ser jóvenes hemos renunciado a ocupar el lugar del adulto.
¿Se ha vuelto anticuado ser adulto?
Sí. Por eso se ha prolongado tanto la adolescencia. Creo que ser útil es uno de los mayores regalos de la vida y se lo estamos escatimando a nuestros hijos.
Carácter, otra palabra anticuada.
Pero necesaria. Hay que aprender desde pequeño que para conseguir cosas buenas hay que hacer cosas difíciles.
¿Qué debemos entender sobre los hijos?
Los niños son como cachorros, y lo digo totalmente en serio: necesitan límites y reglas claras. Son pequeños monstruos maravillosos; nuestra tarea es ayudarlos a convertirse en adultos civilizados.
“Solo quiero que seas feliz”, les repetimos.
Una expectativa enorme. Convertir la felicidad en un objetivo es muy destructivo porque empiezas a preguntarte constantemente “¿qué necesito para ser feliz?”. Era más fácil cuando te decían: quiero que seas médico. Al menos tenías algo contra lo que rebelarte.
¿Nos hemos vuelto ensimismados?
El individuo se ha colocado en el centro y la familia y la sociedad han quedado en segundo plano. Madre, padre, hermanos... Todo se mira desde lo que esa relación me aporta.
Ha hablado con padres cuyos hijos adultos han roto con ellos.
Sí, y lo que me impresionó es que muchos padres no habían hecho nada terrible. No había violencia, alcoholismo ni abandono. Había desencuentros, incomodidad, la sensación de “mi madre no me ve como soy”.
¿Qué deberían entender los hijos adultos?
Que llega un momento en que hay que dejar de culpar a los padres. No podemos explicar toda nuestra vida a partir de algo que ocurrió en nuestra infancia.
¿Las sociedades avanzadas están produciendo individuos frágiles?
Vivimos extraordinariamente bien y hemos perdido resistencia. Los niños y jóvenes nunca habían recibido tanta atención y sin embargo vivimos una epidemia de depresión.
¿Por qué cree que es así?
Porque encuentran muy poca resistencia. Tienen demasiado tiempo para mirarse a sí mismos. Intentamos evitarles el dolor, les allanamos el camino constantemente y así no aprenden a soportarlo cuando llega.
¿Qué tendríamos que enseñarles?
Que el dolor existe, que se puede atravesar y que no hay que salir corriendo en cuanto algo duele. En mis libros me pregunto por qué no somos más felices si vivimos con tanta prosperidad y abundancia.
¿Tiene respuesta?
Quizá no estamos hechos para ser felices. Estamos hechos para detectar peligros, anticiparnos y preocuparnos.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.