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La Contra Nº 12.488 · 29 septiembre 2026, 00:05
Peter Heller
Peter Heller, aventurero y novelista:

“A veces pienso que somos una aberración en el árbol de la vida”

Tengo 67 años. Nací en Nueva York y vivo entre Denver (Colorado) y una cabaña en la montaña. Mi mujer es mi primera editora. No tenemos hijos. Hemos tenido perros y gatos. Me licencié en literatura y en biología. Soy biocentrista: todas las especies deberían tener voto igualitario. Creo en el sonido de un arroyo.

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Actualizado hace 7 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01A los 30 me construí una cabaña de adobe en Paonia, en un valle de manzanos y viñedos, donde viví nueve años.
  • 02Sí, y al caer la tarde subía a un arroyo encajado en un cañón boscoso y pescaba hasta el anochecer.
  • 03A veces cruzaba una lechuza, aparecía un ciervo o un oso me observaba.

Descríbame su mundo.

A los 30 me construí una cabaña de adobe en Paonia, en un valle de manzanos y viñedos, donde viví nueve años.

Allí escribía.

Sí, y al caer la tarde subía a un arroyo encajado en un cañón boscoso y pescaba hasta el anochecer. A veces cruzaba una lechuza, aparecía un ciervo o un oso me observaba.

¿Su iglesia?

Sí. El sonido de un arroyo, el roce del viento en la mejilla, los guijarros bajo los pies, un martín pescador. Esa es mi espiritualidad.

¿Es usted un poeta aventurero?

La poesía es importante en mi mundo. En mi primer encargo, hace más de 30 años, me llevé al Himalaya un librito de poesía de la dinastía Tang. En unos versos te suben a una montaña cubierta de bruma y te rompen el corazón.

Aquella aventura acabó en tragedia.

Descendíamos en kayak un río del Himalaya. El río creció y un hombre quedó atrapado entre troncos. Intenté mantenerle la cabeza fuera mientras buscábamos cómo sacarlo. Murió en mis brazos. Estaba de luna de miel.

¿Qué es para usted volver a casa?

Gran parte de lo que escribo trata de eso. Mis personajes intentan regresar a casa. Hig, en La constelación del perro, se juega la vida por mantener el corazón abierto y encontrar amor y comunidad.

¿Y usted, dónde deja la mochila?

Viajo mucho y me encanta volver con mi mujer a ese flujo constante de amor. Volver a los libros, a la luz, a las montañas.

Pero necesita marcharse de nuevo.

Tengo un alma inquieta. Un día me compré un caballo y recorrí más de 600 kilómetros hasta Wyoming; otro aprendí a volar, me compré un avión viejo y el motor se paró.

Empieza a parecer una costumbre.

Me giré hacia mi mujer: “Nos hemos quedado sin motor. Hay un aeropuerto bastante siniestro ahí delante, creo que llegaremos”. Me contestó: “Buena idea”. Entonces supe que me había casado con la mujer adecuada.

También se embarcó con unos ecopiratas rumbo a la Antártida.

Fue uno de mis viajes preferidos. En Melbourne me esperaba un barco negro, con bandera pirata. El artista de a bordo era un Ángel del Infierno de Amsterdam. Me llevó a mi litera y dijo: “Duerme vestido”. Ahí comprendí que aquello iba en serio.

Querían salvar las ballenas.

Sí. Camino de la Antártida soldaron una enorme cuchilla de acero al barco para abrir boquetes en los balleneros japoneses. Navegábamos entre hielo y olas de más de diez metros. Era terrorífico.

¿Qué le impresionó más?

Que los 44 tripulantes estaban dispuestos a morir por salvar una ballena. Eso me conmovió profundamente.

¿Y usted por qué se jugaba la vida?

National Geographic me hizo firmar que yo era observador, no participante. A los pocos días los ecopiratas me nombraron nadador de rescate. Me asilvestré muy rápido con aquella gente porque creía en lo que hacían.

Después llegó una cala ensangrentada.

En Taiji, Japón. Habían matado a decenas de delfines y quedaban unos doce atrapados después de haber oído morir a sus familias. Entramos remando y formamos un círculo alrededor de ellos y rezamos aterrorizados.

¿Qué ocurrió?

Un delfín bebé sacó la cabeza del agua y me miró. Al principio tenían miedo, pero se tranquilizaron, como si entendieran que habíamos ido a ayudarles. Yo sabía que aquel pequeño moriría en media hora. Sentí que me pedía que le diera voz.

¿Qué entendió en aquella mirada?

Que las demás especies no tienen voz en lo que hacemos con este planeta y que darles una es una responsabilidad sagrada. Después de aquello, durante semanas mi mujer dormía a mi lado y yo me quedaba llorando.

Después de todo lo que ha visto, ¿está decepcionado del ser humano?

A veces pienso que somos una aberración en el árbol de la vida. No entiendo nuestra ceguera, nuestra voracidad, nuestra avaricia. Tenemos una mente extraordinaria y, sin embargo, destruimos especies que no pueden defenderse. Para mí eso es un pecado.

¿Cómo conserva la alegría?

Lo aprendí de los ecopiratas. Sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo en los océanos y, sin embargo, tenían una alegría de vivir extraordinaria. Atacaban a los balleneros con la Cabalgata de las valquirias por los altavoces a todo volumen y hasta organizamos un concurso de haikus.

¿La alegría también es resistencia?

Sí. Cuidarnos, contarnos historias, trabajar hombro con hombro, cantar y reír nos hace más fuertes frente a estos retos enormes. Si perdemos la alegría, nos quedamos acurrucados de desesperación y no hacemos nada. Creo que también tenemos la responsabilidad de la alegría.

IS
Ima Sanchís
La Contra

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.