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La Contra Nº 12.488 · 1 octubre 2026, 00:05
Raúl Incertis
Raúl Incertis, médico de emergencias y anestesista:

“Vi morir a tantos niños que dejó de hacerme daño”

Foto: Alberto Di Lolli

Tengo 43 años. Nací en Madrid y vivo en Valencia, en pareja. Tengo un gato negro, Clooney. Mi sentimiento político es de indignación ante la injusticia. Desde los 18 años he colaborado con colectivos desfavorecidos. Después de haber estado en Gaza tengo que hacer esfuerzos para creer en la humanidad.

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Actualizado hace 5 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Afganistán, Yemen, Líbano y Gaza.
  • 02Trabajé allí como miembro de Médicos Sin Fronteras.
  • 03Mundos musulmanes, una cultura que yo no conocía.
  • 04Y lo que encontré por encima de cualquier otra cosa es a personas tremendamente hospitalarias.

Afganistán, Yemen, Líbano y Gaza.

Trabajé allí como miembro de Médicos Sin Fronteras. Mundos musulmanes, una cultura que yo no conocía. Y lo que encontré por encima de cualquier otra cosa es a personas tremendamente hospitalarias.

Estaba en la franja durante los ataques de Hamas del 2023. ¿Qué vio y qué sintió?

Vi el horror y sentí por primera vez miedo a morir. El estrés era tan grande que aparecían automatismos: acurrucarte, rascarte, mecerte. El cerebro se bloquea y no puedes huir.

¿Los cooperantes tampoco?

En el 2023 caían muchísimas bombas, estábamos muy cerca de las explosiones y no podíamos salir de allí. Pero es que en Gaza no hay lugar seguro.

¿Cómo sobrevivieron?

Éramos unos 30 cooperantes extranjeros y en tres semanas cambiamos cinco veces de lugar huyendo de las bombas. No pudimos ir a los hospitales. Acabamos viviendo como desplazados entre miles de gazatíes.

¿Qué recuerda de esa huida al sur?

Acabamos en un colegio con 15.000 personas. Había familias que habían caminado veinte kilómetros con sus hijos y sus pertenencias. Recuerdo sus caras, la zozobra de no saber qué iba a pasarles.

Y pese a todo decidió volver.

Me sentía en deuda con los gazatíes: nosotros habíamos ido a ayudarlos y fueron ellos quienes nos salvaron a nosotros.

¿Cómo?

Los conductores gazatíes de Médicos Sin Fronteras salían a buscar comida y agua para nosotros mientras sus familias también la necesitaban. Perdí 10 kilos en tres semanas. Sin ellos no habríamos salido vivos.

Volvió en el 2025. ¿Qué encontró?

Estuve 4 meses viviendo y trabajando en el hospital Nasser, en Jan Yunis. Todos los días llegaban grupos de heridos, muchísimos niños y mujeres. La magnitud era tremenda.

En junio empezaron a llegar heridos de los puntos de reparto de comida.

Sí. De los puntos de la Fundación Humanitaria de Gaza, que Israel había impuesto para monopolizar el reparto de ayuda que antes hacía la ONU. La comida la repartía esta fundación estadounidense y la seguridad estaba a cargo del ejército israelí.

¿Qué ocurría allí?

La gente se amontonaba para conseguir comida y el ejército israelí les disparaba. Nos llegaban oleadas de 40, 60, 100 heridos. Una mañana fueron más de 200. Muchos con disparos en la cabeza o el tórax. Recuerdo a una niña de un año en brazos de su madre con un disparo de fusil en el pecho.

…

El hospital estaba absolutamente desbordado. Teníamos que elegir a quién salvar. Éramos cuatro médicos de urgencias por turno. Yo iba directamente a los niños.

¿Cómo afecta tener que elegir?

Llega un momento en que ves morir a tantos niños delante de ti que ya no te hace daño.

¿A qué no se acostumbró?

A los padres. Los alaridos de un padre o una madre viendo a su hijo mutilado o muerto. Todavía tengo pesadillas.

Sus compañeros vivían bajo las bombas.

En la llamada zona humanitaria de Al Mawasi. Kilómetros de tiendas y chabolas junto al mar. Pero también los bombardeaban.

Perdió a alguno.

A Ahmed, un instrumentista con quien había pasado muchísimas horas en quirófano. Era un tipo extraordinario, con una alegría muy generosa. Lo mataron en un bombardeo junto a sus hijos pequeños.

Habla de sus gazatíes compañeros con admiración.

Habían perdido casas, padres, hijos, hermanos, y aun así trataban a los pacientes con gran delicadeza. No tenían nada y te decían: “Raúl, ven a comer con nosotros, tengo medio tomate y un trozo de cebolla”.

¿No había rabia?

Claro, pero nunca los oí deshumanizar a los israelíes. Una vez fui yo quien los insultó y me corrigieron: “Doctor Raúl, si no puede bendecir, no bendiga, pero no maldiga”.

¿La última vez que lloró en Gaza?

El segundo día. Bajé de quirófano y llegaron varios niños bombardeados. Uno, de dos o tres años, tenía un agujero en la frente; otro, la cara completamente destrozada. Los familiares gritaban.

Le sobrepasó.

Seguí atendiendo. Cuando volvía a quirófano noté que iba a llorar y salí a las escaleras para que nadie me viera. Me derrumbé. Debía controlarme y congelé mis emociones. No volví a llorar.

El hospital también fue atacado.

Seis veces mientras yo estuve allí. Hasta entonces conservaba una falsa sensación de seguridad como médico extranjero.

¿Temía morir?

Llegó un momento en que empecé a preguntarme por qué ellos sí y yo no.

IS
Ima Sanchís
La Contra

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.