Barcelona debate sobre la saturación turística desde hace unos años. Las voces turismofóbicas impulsadas desde determinados partidos políticos alentaron manifestaciones y gestos callejeros de animadversión a los turistas que dieron la vuelta al mundo como los asaltos violentos a buses turísticos, las pintadas de rechazo a los visitantes o los disparos con pistolas de agua a los extranjeros.
El gobierno municipal ha recogido este sentimiento y ha tomado decisiones para disminuir la presión del turismo. Tres ejemplos de esto son: el notable aumento del impuesto turístico (dejemos de llamarle tasa porque no lo es), la clausura de los 10.000 pisos turísticos prevista para el 2028 y las medidas contra los cruceros que van desde eliminar terminales hasta el último anuncio de prohibir las escalas o la amenaza de triplicar el recargo por recalar en el puerto.
La capital catalana quiere ser la mejor anfitriona pero no soporta a los invitados
El mensaje es claro: la ciudad no puede soportar tanto turismo. Por eso, lo que va a pasar en Barcelona el mes que viene dará un enorme disgusto a los defensores del antiturismo porque la capital catalana se va a llenar de visitantes hasta la bandera. Apenas quedan habitaciones y pisos turísticos libres. La llegada del Papa será el pistoletazo de salida a un junio frenético. El Pontífice bendecirá la Torre de Jesús de la Sagrada Família. Esa imagen tendrá un impacto enorme meses y años después porque todo el mundo querrá viajar a Barcelona para ver la emblemática obra de Antoni Gaudí.
Por si esto fuera poco, la oferta cultural y musical que impulsa el Ayuntamiento atraerá a decenas de miles de personas para asistir a los festivales del Primavera Sound o del Sónar que ya se han convertido en referentes mundiales. Tampoco hay que olvidar la cita internacional con la Fórmula 1 en el circuito Barcelona-Catalunya.
El colofón al junio más turístico lo pondrán los 33 congresos firales que habrá ese mes y las verbenas de Sant Joan que son las fiestas más populares del año. Pero julio no será menos porque arrancará con otra gran cita mundial en la que el Ayuntamiento ha puesto tantas esperanzas que ha organizado una fiesta mayor con más de 60 actividades durante cinco días. Se trata de la salida del Tour de Francia desde Barcelona, la prueba ciclista más importante del mundo que atrae miles de aficionados. Todo ello, sin olvidar que Barcelona es este año la Capital Mundial de la Arquitectura coincidiendo con la conmemoración del centenario de la muerte de Gaudí y los 150 años del fallecimiento de Ildefons Cerdà.
Nos encontramos ante una contradicción entre lo que se dice y lo que se hace. Por eso decimos que los defensores de rebajar la presión turística se van a disgustar mucho porque los hechos van en dirección contraria a los discursos. La explicación está en que ningún político responsable puede plantearse, ni en broma, perjudicar al turismo sin tener antes una alternativa económica que sustituya a un sector que supone el 13% del PIB y que ocupa directamente a medio millón de personas vinculadas a 126.000 empresas, según datos de Pimec.
El catedrático en Economía Joan Tugores lo resumió así la semana pasada: “El turismo es el pulmón de nuestra economía y prescindir de él significaría revivir la crisis que causó la pandemia de la covid. En aquel momento, hasta los más contrarios rogaban por el retorno de los turistas para recuperar sus puestos de trabajo”. Así que Barcelona tiene el corazón partido porque no puede renunciar a su pulmón económico. Por un lado, se siente orgullosa de ser una ciudad adorada que disputa la liga de las mejores anfitrionas del mundo y, por otro lado, no soporta a los invitados. Y es que corazón y pulmón son indisociables.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.