La experiencia demuestra que, lamentablemente, la pedagogía nunca hasta ahora ha resultado demasiado efectiva a la hora de propagar las actitudes cívicas entre los barceloneses y los millones de personas que visitan cada año la ciudad. Las campañas de concienciación raramente llegan a impactar en los menos avezados en el ejercicio del respeto a la ciudad y a quienes conviven en ella. Y aunque la administración insiste, más por obligación moral que por convicción de éxito en la empresa, todos los intentos en este sentido acaban estrellándose en un indestructible muro de indiferencia levantado precisamente por aquellos a quienes va dirigido el mensaje.
Viene a cuento esta reflexión tras la publicación por parte del Ayuntamiento de un folleto titulado Consejos para disfrutar de Barcelona editado en diversos idiomas (los he visto en castellano, catalán, inglés, francés, italiano, chino, coreano y japonés) que incluye hasta 33 recomendaciones con “información práctica sobre civismo, seguridad, emergencias y respeto por el entorno”. Un compendio de “pequeños gestos que mejoran tu experiencia y la de la ciudad”.
Qué vana insistencia en pedir respeto a la ciudad a quienes llegan a Barcelona creyéndose que esto es Can Pixa
El documento incluye algunos consejos realmente útiles: la información sobre los puntos lilas, la utilización del teléfono de emergencias 112 o incluso la revelación al visitante extranjero o al expat desubicado de que Barcelona “tiene un ritmo propio” y que aquí, a menudo, “se almuerza hacia las 14.00 horas y se suele cenar a partir de las 21.00”. Pero lo que más llama la atención es la insistencia en recordar una vez más unas normas mínimas de comportamiento que uno tenía por universales y no por específicas de una ciudad tan admirada en el mundo como poco respetada por quienes llegan a ella con la creencia de que esto es Can Pixa.
Es el último manual de civismo para no iniciados: “evita gritos, música alta o fiestas improvisadas” porque “tu descanso es importante, pero también lo es el de los vecinos que viven aquí todo el año”. La basura “ha de ir al contenedor correspondiente”. En las duchas de la playa “utiliza solo agua; los jabones y geles contaminan el mar”. Las calles y plazas son de todos, mantenlas limpias y evita actitudes incívicas. No está permitido escupir, orinar o defecar en el espacio público. Por “razones de seguridad no está permitido hacer volar drones en la ciudad”. En las playas y espacios naturales “no está permitido instalar tiendas de campaña, encender hogueras ni pasar la noche”. Vender “drogas y sustancias” es delito. La compra y venta de productos procedentes de la venta ambulante no autorizada “es ilegal y perjudica la convivencia y al comercio local”... Y, convencidos de que todo el mundo es bueno y si no lo es en Barcelona aspiramos a que llegue a serlo, nos atrevemos a sugerir con muy buenas palabras a quienes está probado que solo aprenden a base de multas –o ni por esas– que “un gesto amable, hablar con educación y tener paciencia hacen que la convivencia sea más fácil y agradable para todos”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.