Darren Stuart abrió la puerta sin camiseta. Al otro lado esperaban dos hombres a los que conocía. Uno era Oliver, un alemán de 33 años. El otro hombre, Carmelo, un siciliano de 47.
“Pensaba que teníamos buena relación”, recordaría después Carmelo ante la Guardia Civil.
Eran las cuatro y media de la tarde del 27 de octubre del 2008. Darren los hizo pasar al interior del chalet donde vivía con su familia, en la urbanización Sant Jordi d’Alfama, en l’Ametlla de Mar. Caminó delante de ellos hasta el garaje. Bajó las persianas. La estancia quedó casi a oscuras. Solo una rendija dejaba penetrar la luz de la habitación contigua.
–Ahora vuelvo. Quiero enseñaros una cosa– se excusó.
Regresó con una bolsa de lona. La dejó caer sobre el suelo. Cuando Oliver se inclinó para ver qué había dentro, Darren levantó una barra de hierro.
–Pero, ¿qué haces, Darren? ¿Qué haces?
Oliver no tuvo tiempo de acabar la frase. El primer golpe le alcanzó en la cabeza. La sangre salpicó el suelo. Darren sacó una metralleta y apretó el gatillo. La ráfaga duró apenas unos segundos. Trece disparos. Cinco alcanzaron a Oliver. Cuatro, a Carmelo.
En el garaje aparecieron trece casquillos percutidos y numerosos impactos de bala en las paredes
Los dos visitantes consiguieron escapar. Saltaron la valla de la finca y huyeron por las calles de la urbanización. Oliver apenas recorrió tres manzanas antes de desplomarse frente a una vivienda de la calle dels Bolets, en la urbanización vecina de Les Tres Cales, donde murió desangrado.
Carmelo tuvo más suerte. Llevaba un fragmento de bala incrustado en el cuello, pero todavía pudo pedir ayuda. Dos albañiles que trabajaban en las inmediaciones avisaron a emergencias. Un helicóptero lo trasladó al hospital Joan XXIII de Tarragona.
Mientras Oliver agonizaba a escasos metros de allí, Darren conducía hasta el centro comercial donde su mujer regentaba una inmobiliaria. Llegó sin camiseta. Le contó que dos hombres habían irrumpido en su casa para atacarlo. La mujer llamó a la policía y le compró una camiseta. Poco después sería detenido.
Hasta aquella tarde, Darren Stuart parecía un vecino tranquilo. Presumía de estar integrado en l’Ametlla de Mar y de conocer al alcalde. Británico, de 41 años, llevaba ocho viviendo en el municipio junto a su mujer y sus hijos. Tenía un taller en el garaje de la vivienda. A quien preguntara le respondía siempre lo mismo: reparaba coches de segunda mano y luego los revendía.
La Guardia Civil sospecha –aunque nunca se acabó de demostrar– que en aquel garaje se dedicaba también a reparar armas antiguas que después acababan en manos de organizaciones criminales. Durante el registro encontraron un torno fresador. Para Darren era una herramienta de su oficio de mecánico. Para los investigadores, la máquina con la que modificaba pistolas y revólveres para hacerlos disparar de nuevo.
La visita de Oliver y Carmelo no fue de cortesía. Días antes, Darren había recibido un mensaje, en un español precario. “Hi Darren, soy Oliver. Mira qué haces con la pasta nuestros. Quiero mi pasta rápido. Llama a mi amigo rápido. Si no problemas para ti”.
Oliver era un viejo conocido de la policía por sus actividades relacionadas con el tráfico de drogas. Carmelo acumulaba antecedentes por tráfico de estupefacientes y de armas, y varios testigos le identificaron como miembro de la mafia italiana.
Buscaban a Glenn, un británico para quien Darren hacía ocasionalmente de traductor en negocios turbios. Según la investigación, Glenn les había comprado una partida de droga por valor de 10.000 euros. El pago se produjo días antes en Salou, pero los vendedores descubrieron después que los billetes eran falsos. Incapaces de localizar al comprador, fueron a buscar a la única persona de su entorno: Darren.
En el registro del garaje aparecieron trece casquillos percutidos y numerosos impactos de bala en las paredes. En el jardín encontraron una pistola Walther PPK del calibre 7,65 milímetros que, sin embargo, los especialistas descartaron como arma homicida porque ni siquiera estaba en condiciones de disparar. Sobre la cama del matrimonio había además dos escopetas, una Beretta y una Olympia. Los armarios estaban llenos de munición. Sin embargo, la metralleta nunca apareció.
Durante todo el procedimiento, Darren negó haber disparado. Afirmó que el tiroteo lo habían iniciado Oliver, Carmelo y un tercer hombre que jamás pudo ser identificado. Solo admitió haber golpeado a Oliver con la barra de hierro. También rechazó dedicarse a modificar armas. Insistió en que era mecánico de coches y aseguró que las armas encontradas en su casa eran piezas de colección inutilizadas que había heredado de su abuelo tras la Segunda Guerra Mundial.
El jurado no creyó su versión. Los análisis detectaron en sus manos partículas de plomo, antimonio y bario compatibles con un disparo reciente. La Audiencia lo condenó a 23 años de prisión: 13 años y medio por el homicidio de Oliver y otros 7,5 años por el intento de homicidio de Carmelo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.