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Opinión
Salvador Enguix
Periodista

Una ducha inesperada

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Actualizado hace 27 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Supo que era su hermana antes de fijarse en la pantalla.
  • 02Llamaban a la misma hora, sí, pero no todos los días.
  • 03Quizá dos veces por semana, a veces tres, cuando alguna de las dos necesitaba escuchar una voz cómplice.
  • 04La rutina se había establecido tres años atrás, cuando Rosa se separó de su marido y Carmen empezó a llamarla para saber cómo sostenía el peso de los días.

Supo que era su hermana antes de fijarse en la pantalla. Llamaban a la misma hora, sí, pero no todos los días. Quizá dos veces por semana, a veces tres, cuando alguna de las dos necesitaba escuchar una voz cómplice. La rutina se había establecido tres años atrás, cuando Rosa se separó de su marido y Carmen empezó a llamarla para saber cómo sostenía el peso de los días. Había sido un divorcio complicado, de esos que rompen más que un papel, que deshacen una familia de tres hijos adolescentes. Pero incluso ahora, cuando Rosa había encontrado a otro hombre que la quería y al que quería, y cuando su vida navegaba con una calma inesperada, Carmen seguía llamando. Y Rosa aceptaba esas llamadas porque se habían convertido en un cordón umbilical que las mantenía unidas, con una confianza a prueba de silencios.

Pareja abrazada frente al mar 
Pareja abrazada frente al mar Getty Images

—Me dicen tus hijos que te has ido a pasear tres días seguidos con un hombre por la playa.

—Son unos cotillas —Rosario, apoyando el teléfono entre el hombro y la oreja mientras pelaba una manzana—. Es un vecino. Hace unos días me crucé con él y su perra, y me dijo que si me apetecía caminar por las mañanas. Tiene un apartamento cerca del mío, en la misma urbanización.

—Uy, uy. Te veo muy abierta.

—No digas tonterías. Es escritor, y además muy majo. Se lo he contado a mi chico y no pasa nada. Aquí, en Port Saplaya, no conozco a nadie, y así me distraigo un poco.

—¿Está casado?

—Sí, pero su mujer está unos días fuera con la familia.

—Pues vaya, un Rodríguez. Oye, ¿es guapo?

—Carmen, eres una idiota. Es mayor que yo, tiene casi sesenta años.

—Pero si has quedado tres veces con él, algo te gustará, ¿no?

—Sabe mucho de literatura. Tiene una conversación agradable.

—¿Dónde vais?

—Paseamos por la playa. Salimos pronto, caminamos una hora o algo más, y después cada uno a su casa. Eso es todo.

—¿Has estado en su casa?

—No. Ya te he dicho que cada uno a su casa. Bueno... hoy sí he ido un momento, porque nos metimos por un camino de tierra y nos pusimos muy sucios. No quería llegar así a casa, ya sabes, mis hijos luego me torturan a preguntas.

—¿Y qué has hecho allí?

—Nada. Me dejó pasar al baño para limpiarme las piernas y los pies. Llevaba unas zapatillas blancas que se han puesto perdidas.

—¿Has entrado en su cuarto de baño? ¿No te parece un poco fuerte, Rosa? No lo conoces de nada. Igual es un psicópata.

—Qué idiota eres. Es un buen tipo, muy amable.

—¿No ha intentado nada?

—Que no, mujer. Es un caballero.

—O sea, que te has lavado en su cuarto de baño. ¿Y él qué hacía?

—Pues... estaba por el apartamento, haciendo cosas.

—Rosa, me estás mintiendo. Te noto la voz nerviosa. ¿Ha pasado algo?

—Carmen, de verdad, no ha pasado nada.

—Te has enrollado. Lo sé.

—De verdad, hermana, cómo eres. Te digo que no ha pasado nada.

—Rosa, déjate de hostias. Cuéntame.

—Bueno... sí, ha pasado algo, pero no tiene importancia.

—¿Que no tiene importancia?

—Joder, Carmen. Estaba en el baño y no me aclaraba con los mandos de la ducha. Quería limpiarme las piernas con agua caliente y no sabía cómo funcionaba. Le llamé.

—¿Le llamaste? ¿Estabas desnuda?

—No, no, llevaba pantalón corto. Pero bueno, entró, abrió el agua y... me ayudó a lavarme las piernas.

—¿Cómo que te ayudó?

Rosa hizo una pausa. La voz se le volvió más baja, como si las palabras necesitaran pasar por un filtro antes de salir.

—No sé... fue todo muy natural. Empezó a frotarme las piernas con jabón, despacio. Y una cosa llevó a la otra.

—¿Qué otra? Hermana, me estás dejando flipada. Cuéntame todo.

—Carmen, no sé. Me estaba frotando y me gustaba. Lo hacía con una lentitud que parecía deliberada, con las manos firmes pero suaves, como si supiera exactamente dónde detenerse y dónde insistir. Y luego... bueno, se metió en la ducha y me pidió que le ayudara a lavarse.

—¿Las piernas?

—Las piernas sí... y al final, no sé cómo pasó, nos duchamos juntos.

—¿Desnudos?

—Sí, Carmen. Desnudos. No me voy a duchar con la ropa puesta.

—Joder, Rosa. Joder.

—Ya sé lo que piensas, pero todo fue natural. Fue bonito. No hubo prisa, no hubo palabras de más. Solo el agua y el tacto.

—O sea, que os habéis lavado mutuamente.

—Algo así.

—Desnudos.

—Sí.

—Y claro, una vez así, entiendo que una cosa llevó a la otra.

—Bueno, pues sí. Una cosa llevó a la otra.

—Hermana, no te conozco. Madre mía. ¿Habéis hecho el amor?

Rosa guardó silencio. No era un silencio de negativa, sino de quien elige no delinear lo que prefiere que se quede en la penumbra.

—No te voy a dar más detalles, Carmen.

—Vale, vale. ¡Qué fuerte! ¿Y ahora qué?

—Ahora nada. Solo somos amigos. Y además, creo que después de lo de hoy no volveré a quedar con él. Es mejor así. Pasó, y ya está. No hay que darle más importancia.

—¿Se lo vas a contar a tu chico?

—No.

—Haces bien. No se lo digas a nadie. Joder, joder. Oye, pero al menos habrás disfrutado, ¿no?

Rosa se mordió el labio inferior antes de responder. Podía sentir aún, como una brasa bajo la piel, el recuerdo de esas manos deslizándose por sus muslos.

—Sí —admitió en un susurro—. Me ha gustado. Pero no volverá a pasar.

—Esto es lo que tenías que haber hecho cuando estabas casada, buscarte un amante.

—Yo no creo en esas cosas.

—Pues bien que te lo has montado ahora.

—No es un amante. Fue un momento, joder. Surgió y ya está. Yo tengo mi pareja, y él está felizmente casado. Ya te he dicho que no volveremos a quedar. Lo hablamos después, y los dos pensamos que era mejor así.

—¡Qué maduros los dos!

—Déjate de coñas. Tú también has tenido alguna aventurilla.

—Pero yo soy yo, y tú eres tú. En eso siempre he sido más promiscua.

—Y que lo digas.

—Pero ahora mi hermanita mayor también es capaz de echar una cana al aire.

—Carmen, vale ya. Ha surgido y no me arrepiento. Además, solo ha sido sexo. Si me lo encuentro otra vez, lo saludaré y ya está.

—Bueno, entiendo que si te pide quedar a pasear, ya no lo harás.

—No. No quedaré más.

—Te llevas un buen recuerdo de verano, jajaja.

—Eres muy cabrona, hermana.

—Venga, pues nada. Un día me cuentas detalles de cama.

—Ni lo sueñes. Ya te he contado bastante.

—¿Es bueno en la cama?

—Carmen, te dejo. Voy a preparar la cena a los chicos. De esto, ni una palabra.

—Tranquila. Sabes que, además de hermana, soy tu mejor amiga. Me alegro de que estés bien.

Rosa se puso a preparar la cena. Sus hijos iban a volver pronto de la piscina y llegarían con hambre. Mientras trabajaba en la cocina volvió a pensar en lo que había contado a su hermana. Tenía sentimientos cruzados. Tal vez no hubiera sido una buena decisión contárselo a Carmen, pero también se sentía relajada de haber podido verbalizar la experiencia con ese hombre con el que había compartido un momento de pasión momentos antes. Estaba convencida de que con cincuenta años y una vida marcada por un divorcio traumático no necesitaba perdonarse la aventura vivida. Quería a su pareja y lo que más deseaba es seguir con ella y ser feliz. Había pasado y ya está, se repetía. Y no iba a volver a quedar con él; no porque le reprochara algo, simplemente deseaba alejar la posibilidad de volver a ser víctima de sus propias tentaciones. De hecho, pensó, se sintió sorprendida por la facilidad con la que se dejó llevar, era como si su cuerpo hubiera estado buscando una ocasión como esa para sentir algo nuevo. Sea lo que fuera en pocos días iba a dejar el apartamento que había alquilado y volvería a su trabajo. Todo lo sucedido sería pasado, un pequeño momento, casi un instante, en medio siglo de vida no debía generar ninguna inquietud. Eso sí, no sabía por qué, pero en su cabeza se repetía cada momento vivido pocas horas antes, es como si hubiera sido grabado por su cerebro y pudiera poder volver a verlo al detalle, y aquello le generaba no poco nerviosismo.

De hecho, pensó, se sintió sorprendida por la facilidad con la que se dejó llevar, era como si su cuerpo hubiera estado buscando una ocasión como esa para sentir algo nuevo.

Cuando sus hijos habían acabado de cenar, Rosa se quedó sola en el sofá del comedor frente al televisor. Había días en los que aprovechaba ese momento para escribir en su teléfono móvil ideas, sensaciones, experiencias, que gustaba tiempo después leer. Era una especie de dietario digital, que llevaba tiempo escribiendo. Pensó, por un momento, narrar algo de lo sucedido, pero quitó la idea de su cabeza cuando comprendió que alguien podía leerlo, porque sus hijos eran capaces de todo. Prefirió relajarse viendo una película antigua, en blanco y negro. Fue en ese momento cuando escuchó el sonido que advertía de un nuevo mensaje de Whatsaap.

-¿Te apetece mañana venir a pasear conmigo?

Era él. Un tremendo escalofrío recorrió su cuerpo. No era lo acordado, aunque recordaba que él no dijo realmente nada de no volver a quedar, que había sido ella. Respiró hondo y volvió a leer el mensaje, varias veces. En su cabeza se proyectaban muchas reflexiones y no pocas preguntas. Estuvo así durante un largo tiempo, sujetando el teléfono y sin saber qué responder. De repente, entró otro mensaje.

-Rosa, solo sería una vez más. Un paseo frente al mar de despedida, solo eso, un paseo.

Una despedida. ¿A qué se refería? ¿Iba a ser realmente solo un paseo? ¿Deseaba verlo? ¿Y si volvía a tener sexo con él? ¿Tan vulnerable era? Conforme pasaban los minutos se sentía más y más agobiada, pero la idea de no acudir a la despedida la deprimía. Solo una vez, se dijo, será solo un paseo para una despedida. Miró el móvil y puso su mensaje.

- Mañana a las 7.30 paseamos.

Salvador Enguix
Salvador Enguix
Periodista

Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.