Carlos lleva tres horas en el sofá de orejas. No se ha movido, salvo para alcanzar el mando a distancia, cambiar de canal, volver a dejarlo en la mesa auxiliar, coger el libro, leer tres páginas, cerrarlo, dejarlo sobre el pecho y observar el techo durante un largo rato. Luego, el libro otra vez. Las mismas tres páginas. No consigue avanzar. Las letras se le enredan, las frases no entran, los personajes le parecen irreales y estúpidamente felices. Ha llegado a la conclusión de que todas las novelas mienten, o quizá solo mienten los que las escriben, o quizá el mentiroso es él, que ya no cree en nada de lo que alguien pueda contar.
La televisión parpadea en algún rincón de su conciencia, pero él ha apagado el sonido. Las imágenes se suceden, publicidad de yogures, un concurso de cocina, las noticias con sus mismos titulares de siempre: el calor, la sequía, la gente que se ahoga en las playas de la Comunidad. No hay nada nuevo bajo el sol, y ese sol, precisamente, es el problema. Valencia arde. Agosto aprieta con sus dedos de fuego contra los cristales de la ventana, y hasta el aire acondicionado, que Carlos instaló el año pasado después de la separación, parece rendirse, emitir un suspiro cansado, un zumbido intermitente que no enfría, que solo recuerda que dentro también hace calor, aunque sea un par de grados menos que en la calle.
La calle está vacía. Es un domingo de agosto, la peor hora, las tres y media de la tarde, ese momento del día en el que hasta los pájaros se esconden y los perros duermen bajo los coches, en la sombra alargada de los bajos. Desde su ventana, Carlos tiene una vista privilegiada. Vive en el tercero de un edificio antiguo del centro, frente a una calle estrecha que apenas deja pasar el aire, flanqueada por dos hileras de fachadas de ladrillo visto y persianas de lamas verdes, casi todas bajadas. La suya no, la suya está subida. Él quiere ver, necesita ver, aunque no haya nada que ver. El divorcio le ha dejado eso, una necesidad estúpida de comprobar que el mundo sigue ahí, que la gente sigue viva, que él sigue vivo.
Pero el mundo, hoy, se ha declarado en huelga. No hay transeúntes, no hay turistas, no hay parejas cogidas de la mano buscando sombra. Solo el asfalto que se riza en el horizonte, las ondas de calor que suben desde el suelo, los toldos recogidos de las tiendas, las persianas metálicas de los bares. Todo cerrado. Todo muerto. Todo esperando que pase la tarde, que llegue la noche, que baje el termómetro de los cuarenta grados a los treinta y dos, que se pueda respirar sin que el aire queme la garganta.
Carlos está en camiseta, una vieja camiseta blanca que ya ha perdido el color en las axilas y en el cuello, y unos pantalones cortos de algodón que le quedan anchos. Lleva tres días sin afeitarse, porque no hay nadie que lo mire, y la barba le pica, pero tampoco tiene fuerzas para levantarse, coger la maquinilla, ponerse frente al espejo y hacer ese gesto de hombre civilizado que ya le parece un disfraz. La separación de María le dejó el piso, los muebles, el sofá de orejas que a ella siempre le pareció horrible pero que a él le gustaba porque era enorme y mullido, y una soledad que no sabe muy bien cómo gestionar. Los primeros meses fueron un alivio. Los siguientes, una rutina. Ahora, un año después, ha dejado de ser una cosa y otra para convertirse en una costumbre incómoda, como una piedra en el zapato que ya no duele pero que sabes que está ahí.
Se levanta. No sabe por qué. Camina hasta la ventana, apoya las manos en el marco, saca medio cuerpo fuera para recibir el mazazo de calor que sube desde la calle y que le golpea en la cara. Cierra los ojos. Siente cómo la piel se le calienta, cómo el sudor comienza a aflorar en la frente. Es una sensación extraña, casi dolorosa, pero agradable en su contundencia. Le recuerda que está vivo.
Abre los ojos.
Y la ve.
En el cuarto piso del edificio de enfrente, una terraza que Carlos ha visto miles de veces pero que nunca había mirado con atención, una mujer acaba de salir. Lleva un bikini, oscuro, quizá negro o azul marino, no puede distinguirlo bien, y un pareo blanco que se quita en cuanto llega a la hamaca. La hamaca es de esas de lona, de rayas azules y blancas, y está colocada justo en el centro de la terraza, de manera que quien se sienta en ella recibe el sol de lleno, sin obstáculos, sin sombra, sin piedad.
La mujer se sienta. Se estira. Levanta los brazos por encima de la cabeza, arquea la espalda, y Carlos ve su torso, la curva de su cintura, el movimiento lento y sensual de alguien que sabe que está sola y que no necesita guardar las formas. Se coloca las gafas de sol, unas gafas enormes, de pasta negra, que le cubren medio rostro, y luego recoge el pelo, se lo sujeta en un moño alto, dejando al descubierto un cuello largo, blanco, que el sol empezará a dorar en pocos minutos.
Carlos no puede dejar de mirarla.
Sabe que está mal. Sabe que es un cotilla, un viejo verde, un solitario con demasiado tiempo libre. Pero no puede apartar la mirada. Hay algo en la forma en que ella se acomoda en la hamaca, en cómo estira las piernas, en cómo gira la cabeza hacia el lado para que el sol le dé en la mejilla, que le resulta hipnótico. La mujer es joven, más joven que él, bastante más. Él tiene cuarenta y siete, está cerca de los cincuenta, y ella no pasa de los treinta, a lo sumo treinta y dos. No puede ver sus facciones con claridad, la distancia es demasiado grande y las gafas de sol le ocultan los ojos, pero intuye que es guapa. Hay algo en la línea de su mandíbula, en la forma de su boca, en la elegancia de sus muñecas, que le dice que debe ser guapa. Y puede ver, eso sí, que tiene un cuerpo agradable. No es un cuerpo espectacular, de esos que salen en las revistas, sino un cuerpo normal, de mujer real, con las caderas justas, los pechos naturales, las piernas firmes, pero no excesivas. Un cuerpo que invita a mirar, a imaginar, a desear.
Carlos se siente avergonzado. Retrocede un paso, se esconde tras la cortina, pero su ojo sigue allí, asomando por la rendija, como un niño que mira por el ojo de la cerradura. Ella no se ha dado cuenta, sigue tumbada, quieta, dejando que el sol la acaricie. De vez en cuando mueve un pie, sube y baja la pierna, se ajusta el bikini en el hombro, y esos pequeños movimientos, tan cotidianos, tan íntimos, hacen que Carlos se sienta aún más intruso.
Pero no puede parar.
Han pasado diez minutos, quizá quince. Él ha perdido la noción del tiempo. Está pegado a la ventana, con la frente apoyada en el cristal, el aliento empañando el vidrio, y ella sigue allí, tendida, inmóvil, como una diosa pagana ofreciéndose al sol. Carlos se pregunta quién será. Si vivirá sola. Si tendrá pareja, hijos, un perro. Si trabajará. Si habrá elegido ese domingo de agosto para tumbarse en su terraza porque no tiene nada mejor que hacer, igual que él. La idea de que ella también esté sola, de que la soledad sea un vínculo invisible entre los dos, le hace sentir una extraña conexión. Una tontería, claro, una estupidez de hombre desesperado.
Y entonces ella se mueve.
No es un movimiento casual, de los que ha estado haciendo antes. Es un giro seco, rápido, casi brusco. Gira la cabeza hacia él, hacia la ventana de Carlos, y se queda mirando fijamente. Las gafas de sol le cubren los ojos, pero Carlos sabe que lo está mirando. No hay duda. Su cuerpo está orientado hacia su ventana, la cabeza levantada, la mano levantándose en un saludo.
Carlos se queda helado.
Su primer impulso es esconderse, correr, desaparecer detrás de la cortina y hacerse el invisible. Pero es demasiado tarde. Ella ya lo ha visto, ya lo ha saludado, y no salir sería más ridículo que salir. Así que levanta el brazo, con torpeza, con la mano temblorosa, y hace un gesto que pretende ser natural, un saludo de vecino, de alguien que miraba por la ventana por casualidad y justo ha coincidido con ella. Un saludo que dice: no te estaba mirando, esto es una coincidencia.
Pero ella lo sabe. Carlos lo ve en su sonrisa, en la forma en que inclina la cabeza, en la manera en que se incorpora un poco más en la hamaca. Esa sonrisa no es de enfado, no es de reproche, es una sonrisa divertida, cómplice, la sonrisa de alguien que acaba de pescar a un mirón y que, lejos de ofenderse, se divierte con la situación.
—¡¿También solo?! —grita ella.
Su voz llega cruzando la calle, atravesando el calor, el asfalto, los cristales de la ventana de Carlos. Es una voz clara, joven, con un deje de humor en las palabras. Carlos la oye perfectamente, porque la calle está vacía y el silencio amplifica el sonido.
Él abre la boca, pero no sale nada. Su garganta está seca, sus labios pegados. Tiene que carraspear, respirar hondo, antes de poder contestar.
—¡Sí! —grita con todas sus fuerzas.
La palabra sale más alta de lo que pretendía, casi un grito de desesperado, y se arrepiente en el mismo instante en que la pronuncia. ¿Por qué ha dicho sí? Podría haber dicho no, podría haber dicho que estaba viendo la tele, que se había asomado a la ventana a coger aire, cualquier cosa. Pero ha dicho sí, y el sí flota en el aire como una confesión.
Ella se ríe. Carlos la ve reírse, con la cabeza echada hacia atrás, el pelo suelto, y esa risa llega hasta él como un regalo inesperado.
—¿Quieres subir? —grita ella—. Tengo cerveza fresca, y sombra. Hace menos calor aquí arriba, te lo prometo.
Carlos no puede creer lo que está oyendo. Es una broma, seguro. Una manera de tomarle el pelo, de hacerle sentir el ridículo. Pero su tono no parece de burla, es un tono amable, sincero. Y además, ¿por qué iba a ofrecerse a invitar a un desconocido? ¿Qué clase de mujer hace eso?
Y sin embargo, ella está esperando su respuesta. Carlos la ve, sentada en la hamaca, con la cabeza inclinada, la mano sobre las gafas de sol, esperando.
—¡Ahora voy! —grita él.
Y cierra la ventana.
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El edificio de enfrente no tiene portero automático. Carlos llega al portal, empuja la puerta de hierro que cede con un chirrido, sube las escaleras de mármol desgastado, pasa por el segundo, el tercero, y se detiene en el rellano del cuarto. El corazón le late con fuerza, como si hubiera subido todas las escaleras de la ciudad a la carrera. Se pasa la mano por la camiseta, intenta alisarla, se frota la barba, se arrepiente de no haberse afeitado, se arrepiente de no haberse cambiado de ropa, se arrepiente de todo.
Llama al timbre.
La puerta se abre.
Ella está allí, con el bikini y el pareo blanco, las gafas de sol en la cabeza, la sonrisa en los labios.
—Hola —dice—. Soy Verónica.
—Carlos —dice él.
Se dan la mano. La mano de ella es cálida, pequeña, y Carlos siente que la suya suda, que está demasiado húmeda, que es demasiado grande y torpe. Pero ella no parece notarlo, o no le da importancia.
La terraza es más pequeña de lo que parecía desde fuera, pero está bien cuidada. Hay una mesa de mimbre con dos sillas, una sombrilla de lona blanca que proyecta una sombra acogedora, y una nevera portátil en un rincón. Verónica abre la nevera, saca dos latas de cerveza, se las ofrece.
—Toma —dice—. Te he dicho que estaba fresca.
Carlos abre la lata, bebe un sorbo, siente el frío en la garganta, el amargor que le recuerda que está vivo.
—Gracias —dice—. No sabes cuánto agradezco esto.
—¿El qué? —pregunta ella, sentándose en una de las sillas, estirando las piernas.
—No estar solo.
Ella asiente, como si entendiera perfectamente.
Carlos se sienta frente a ella, y durante unos minutos no saben qué decirse. El silencio es incómodo, pero no tanto como el que hay en su casa. Aquí, al menos, hay alguien al otro lado de la mesa, alguien con quien compartir el calor, la tarde, la cerveza.
—Vivo aquí desde hace tres años —dice ella, rompiendo el silencio—. Me separé hace dos. Mi ex se llevó el piso, el coche y el perro. Yo me quedé con este alquiler, las deudas de la tarjeta y la bicicleta.
Carlos sonríe. Es casi la misma historia que la suya, solo que con distintos objetos y distintas deudas.
—Yo me quedé con el sofá —dice—. Y con el divorcio.
Ella se ríe.
—El sofá es un buen comienzo. Se puede dormir en un sofá, se puede leer, se puede ver la tele.
—Pero no se puede vivir —dice Carlos, y la frase suena más amarga de lo que pretendía.
Verónica lo mira con atención, y Carlos nota que no está juzgándolo, solo observando, como si quisiera entender quién es el hombre que tiene enfrente.
—Trabajo en un supermercado —dice ella—. Mercadona, en la calle San Vicente. Estoy en la caja, la mayoría de los días. La gente no es amable, pero al menos habla conmigo. Eso es más de lo que puedo decir de las tardes en casa.
Carlos la escucha. Hay una tristeza en sus palabras que él reconoce, que lleva meses arrastrando y que ahora, al oírla en otra persona, le parece más ligera.
—Yo soy profesor de Primaria —dice—. En un colegio público de la Malva-rosa. Los niños son ruidosos y no se callan nunca, pero son sinceros. No saben mentir. Eso es un consuelo.
—¿Estás de vacaciones?
—Sí, pero las vacaciones son peores que el trabajo. En el trabajo tengo que estar ocupado, tengo que hacer cosas, tengo que hablar. Aquí, en casa, solo estoy yo, y yo soy un mal compañero de conversación.
Verónica vuelve a reírse. Su risa es contagiosa, y Carlos se encuentra sonriendo, una sonrisa auténtica, de las que no sabía que le quedaban.
—Yo tampoco soy buena compañera —dice ella—. Últimamente solo hablo con el gato, pero el gato no me contesta. Y lo peor es que a veces creo que me entiende más que las personas.
El gato aparece en ese momento, un bulto anaranjado que salta de una ventana y se acerca a Carlos, lo huele, y luego se frota contra su pierna.
—Se llama Cenizo —dice Verónica.
Carlos acaricia al animal. El gato ronronea.
—Cenizo se parece a mi exmujer —dice Carlos—. Aparece cuando menos lo esperas, y luego se va sin avisar.
Verónica se ríe tan fuerte que casi se atraganta con la cerveza.
Pasan la tarde hablando. Del calor, de la ciudad vacía, del agosto que no termina nunca, de la gente que se va a la playa mientras ellos se quedan aquí, en el centro, sudando en sus casas, mirando por la ventana. Verónica le cuenta que su familia vive en Alicante, que va a verlos tres veces al año, pero que siempre vuelve a Valencia porque no se imagina viviendo en otra parte. Carlos le cuenta que sus padres murieron hace años, que no tiene hermanos, que el divorcio le ha dejado sin la única persona con la que compartía las noches, las comidas, los fines de semana.
—Es duro —dice ella—. Estar solo.
—Es duro —asiente él—. Pero no sé si podría estar con alguien otra vez.
—¿Por el miedo?
—Por la costumbre. Ya sé estar solo. He aprendido. Pero no sé si sé estar acompañado.
Verónica lo mira largo rato. Luego se levanta, va a la nevera, saca dos latas más.
—Toma —dice—. Esta va por los que hemos aprendido a estar solos, pero a veces necesitamos un descanso.
Beben en silencio. La tarde avanza, el sol comienza a declinar, la sombra de la sombrilla se alarga. Carlos siente que ha bebido lo suficiente para estar relajado, pero no borracho, lo suficiente para sentirse bien, para olvidar la vergüenza, para atreverse a cosas que de sobrio no se atrevería.
—Verónica —dice.
—Dime.
—Me has invitado a tu casa. Me has dado cerveza. Me has escuchado. Y no sé cómo agradecerte.
—No tienes que agradecer nada.
—Pero quiero hacer algo —dice él—. Quiero…
No termina la frase. Se inclina sobre la mesa, se acerca a ella, lentamente, dándole tiempo para apartarse. Ella no se aparta. La mira a los ojos, ve sus ojos claros, sus labios entreabiertos, la curva de su sonrisa.
Y cierra los ojos.
Y se acerca a su boca.
Y siente el roce, el contacto, el calor de su piel, el olor de su protector solar, su aliento, su...
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Carlos abre los ojos.
El techo. Blanco. Las manchas de humedad.
El sofá de orejas. La televisión apagada. El libro en el suelo, caído, con las páginas dobladas.
No hay terraza, no hay Verónica, no hay cerveza, no hay beso.
Todo ha sido un sueño.
Un sueño tan vívido, tan real, que Carlos tiene que parpadear varias veces para convencerse de que está despierto. Siente la humedad en la frente, el latido del corazón, la boca seca. Huele a sudor, a encierro, a soledad.
Ha sido un sueño.
Se incorpora lentamente, con la sensación de que todo el cuerpo le pesa, de que la realidad es un lastre que le cuesta arrastrar. Mira la ventana. El edificio de enfrente. El cuarto piso.
La terraza está vacía. La hamaca recogida. No hay nadie.
Claro. Era un sueño. Las mujeres guapas no invitan a los divorciados mayores a su terraza. Las cosas no pasan así, no en su vida, nunca.
Se levanta, va a la nevera, saca una cerveza. La abre. Bebe un largo trago. El frío le recorre la garganta, le quema el estómago. Pero no le calma.
Vuelve al sofá, se sienta, apoya la cabeza en el respaldo. Cierra los ojos. Quiere volver al sueño, quiere recuperar la sensación de sus labios, el calor de su piel, la promesa de aquel beso que no llegó a consumarse.
Pero el sueño no vuelve. Solo el zumbido del aire acondicionado, solo el silencio de la calle, solo la luz de la tarde que se cuela por la ventana.
Y entonces, cuando ya ha perdido toda esperanza, cuando ya ha aceptado que la realidad es esto y nada más, la ve.
Allí, en el cuarto piso del edificio de enfrente.
Verónica.
Con el bikini negro, el pareo blanco, las gafas de sol enormes.
Se sienta en la hamaca. Se estira. Levanta los brazos. Recoge el pelo.
Y gira la cabeza.
Lo mira.
Y levanta la mano.
Y lo saluda.
Carlos no puede moverse.
La lata de cerveza gotea sobre su mano. El frío le resbala entre los dedos. El corazón le golpea el pecho con fuerza, con la misma fuerza con la que le golpeaba en el sueño.
Ella sonríe, y levanta el brazo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.