Explora La Vanguardia
Apariencia
A
Contraste
Al MinutoInternacionalPolíticaOpiniónSociedadDeportesEconomíaCiudadesPopCulturaSucesosLa Contra
Suscríbete
Opinión
Salvador Enguix
Periodista

Los vinilos de Jimmy

Escucha este artículo
0:00 7:42
Actualizado hace 13 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

Sugerir una corrección Política de correcciones de La Vanguardia
4 puntos clave Ver
  • 01Su nombre real no era Jimmy, pero siempre me dirigí a él con ese sobrenombre; y eso que nos conocimos siendo casi unos niños.
  • 02En realidad se llamaba José Miguel, pero en aquella época solíamos usar motes o sobrenombres y a él ese le gustaba.
  • 03Me enteré de su muerte esta semana, aunque lo grave es que hacía ya tres años de su fallecimiento, por cáncer.
  • 04La noticia me llegó a partir de una conversación con José Manuel que nada tenía que ver con un amigo al que hacía más de veinticinco años que no veía; fue pura casualidad, de esas que la vida coloca en tu camino para recordarte que el tiempo pasa y que las deudas pendientes no se cobran solas.

Su nombre real no era Jimmy, pero siempre me dirigí a él con ese sobrenombre; y eso que nos conocimos siendo casi unos niños. En realidad se llamaba José Miguel, pero en aquella época solíamos usar motes o sobrenombres y a él ese le gustaba. Me enteré de su muerte esta semana, aunque lo grave es que hacía ya tres años de su fallecimiento, por cáncer. La noticia me llegó a partir de una conversación con José Manuel que nada tenía que ver con un amigo al que hacía más de veinticinco años que no veía; fue pura casualidad, de esas que la vida coloca en tu camino para recordarte que el tiempo pasa y que las deudas pendientes no se cobran solas. Igual hubiera tardado otros tres años en saberlo. Pero cuando mi interlocutor me lo dijo, percibí que dentro de mí emergían abundantes sensaciones muy negativas. Desde arrepentimiento por no haber intentado contactar con Jimmy en tantos años, pesar por todas las conversaciones que podríamos haber tenido y que no se produjeron, dolor por, una vez más, haber estado tan lejos de una persona a la que tenía un sincero afecto y, también, tristeza por su familia, por esa mujer y esos hijos que José Manuel mencionó de pasada, como quien habla del tiempo que hace. Tras la conversación con quien me relató algunos detalles del fallecimiento, pasé muchas horas recordando a mi amigo, que fue parte fundamental de mi adolescencia. De ese tiempo en el que uno vive cada día galopando sobre múltiples sensaciones, en el que crees que, sin saber cómo, vas a poder lograrlo todo mientras a cada minuto las dudas te hacían sentir muy inseguro.

Portada del doble disco de Genesis “The lamb lies down on Broadway”
Portada del doble disco de Genesis “The lamb lies down on Broadway”LVE

Y en ese torrente de recuerdos, uno se impuso sobre todos los demás con la claridad de una fotografía revelada en un cuarto oscuro. El verano de 1981. Agosto. La hepatitis.

Había comenzado con un cansancio extraño, de esos que no sabes muy bien si son pereza o anuncio de algo peor. Luego vino el color amarillento en los ojos, que mi madre detectó antes de que yo mismo me diera cuenta en el espejo del cuarto de baño. El médico fue tajante: reposo absoluto. Nada de salir a la calle. Nada de esfuerzos. Y sobre todo, nada de contacto con otros chicos porque, como me explicaron con esa mezcla de compasión y pragmatismo que tienen los adultos, la hepatitis era contagiosa y mis amigos podían pillarla.

Así que me quedé encerrado en mi habitación. Aquella habitación que durante el resto del año era mi refugio, mi santuario particular, se convirtió en una celda. Era agosto en Valencia, y el calor se pegaba a la piel como una segunda epidermis húmeda y pegajosa. No había aire acondicionado, solo un viejo ventilador de aspas metálicas que batía el aire caliente sin conseguir refrescarlo, limitándose a moverlo de un lado a otro como si eso pudiera engañar a los termómetros. Las persianas permanecían entrecerradas para evitar que el sol convirtiera la estancia en un horno, pero eso hacía que la luz fuera esa penumbra amarillenta y enfermiza que tanto combinaba con mi estado.

Los días eran eternos. Me despertaba sudando, con las sábanas pegadas al cuerpo, y lo primero que veía era el techo con sus grietas, que había terminado por conocer al detalle como quien conoce los accidentes geográficos de un mapa. Pasaba las horas mirando el reloj, viendo cómo las manecillas se arrastraban con una lentitud deliberada, como si el tiempo también hubiera contraído la enfermedad. Leía hasta que los ojos me dolían, escuchaba la radio hasta que las canciones se repetían en un bucle exasperante, y miraba por la ventana la calle vacía, porque en agosto todo el mundo se iba.

Todo el mundo excepto yo.

Mis amigos estaban en la playa, o en sus casas de campo, o en cualquier otro lugar donde el verano tuviera sentido. Algunos me habían llamado los primeros días, con esa voz que intenta sonar animada pero que delata lo incómodo que les produce hablar con el enfermo. Pronto las llamadas se espaciaron. Después cesaron. No les culpaba. Tenían dieciséis años, los mismos que yo, y el verano era demasiado corto como para pasarlo pendiente de un amigo que no podía salir. Además, estaban los padres. Esas conversaciones en susurros que yo imaginaba al otro lado del teléfono: “No vayas, hijo, que es contagioso”, “Mejor no te acerques, no vaya a ser que luego te pase a ti”. Tal vez ellos no tuvieran tanto miedo. Tal vez sí. No lo sabría nunca. Lo cierto es que las visitas no llegaban.

Yo entendía las razones. Siempre fui razonable, incluso siendo joven. Entendía que el miedo al contagio era lógico, que los padres protegían a sus hijos, que el verano era una oportunidad que no se repetiría. Entendía todo eso con la cabeza. Pero el cuerpo, el que sudaba en aquella cama, el que miraba el techo con sus grietas, el que sentía el sabor amargo de la bilis en la boca cada mañana, ese no entendía nada. Ese solo sabía que estaba solo.

Pasaron los días. Una semana, quizás dos. Había perdido la cuenta. El calendario se había vuelto irrelevante cuando todos los días eran iguales. La única variación era la comida que mi madre me traía —blanda, insípida, pensada para no forzar el hígado— y el parte médico que mi padre me leía por teléfono: “Las transaminasas siguen altas”, frase que sonaba a sentencia aunque no lo fueran.

Fue un lunes, creo. O un martes. Los días se habían vuelto intercambiables, como piezas de un puzzle que siempre encajan en el mismo sitio. Estaba tumbado, mirando el ventilador girar, cuando oí el timbre de la puerta. Pensé que sería el cartero, o algún vecino. No le di importancia. Pero luego oí pasos en la escalera, y la voz de mi madre diciendo algo que no pude distinguir, y entonces la puerta de mi habitación se abrió.

Y allí estaba Jimmy.

Llevaba una camisa de tirantes blanca, de esas de las películas de mafiosos italianos, unos vaqueros cortos y unas zapatillas Converse tan desgastadas que los dedos se le asomaban por un agujero. El pelo, escaso ya para su edad, lo llevaba plantado hacia arriba, como una especie de penacho rebelde que se negaba a aceptar que la genética no estaba de su parte. Una forma de peinado que le daba un aspecto desafiante, como si incluso su cabello se negara a seguir las normas. Bajo el brazo, un disco. Supe de un solo vistazo que Jimmy no había ido a verme por obligación, sino por decisión propia. No se lo había dicho su madre. No se lo había dicho nadie. Simplemente había cogido su moto, había cruzado el pueblo, y estaba allí, frente a mí, como si la hepatitis no fuera más que un resfriado molesto.

—Toma —dijo, y me lanzó el disco.

El vinilo cayó sobre mi regazo con el peso de una promesa. Lo giré para leer la portada: The Lamb Lies Down on Broadway, de Genesis. Una imagen extraña, surrealista, con un personaje en medio de un paisaje urbano que parecía sacado de otro mundo. Jimmy ya estaba conectando el tocadiscos que me había traído desde el salón sin pedir permiso a nadie. No dijo nada más. Solo puso el disco, ajustó el volumen, y se sentó en la silla que siempre estaba al lado de mi cama, la misma donde mi madre se sentaba a leerme el parte médico.

La música comenzó a sonar. Era extraña, diferente a todo lo que escuchábamos normalmente. Riffs de teclado que parecían sacados de una catedral futurista, voces que contaban historias de un tal Rael, de una Nueva York onírica, de cerdos alados y pantanos de lágrimas. Era rock sinfónico, y Jimmy lo adoraba. Yo no entendía mucho de eso, pero me dejé llevar. Mientras la música llenaba la habitación, casi podía olvidar el calor, el sudor, el sabor amargo de la mañana. La música era un lugar donde podía estar sin estar, donde mi cuerpo enfermo podía quedarse atrás mientras mi mente viajaba a otra parte.

Jimmy no habló. Se limitó a escuchar. Yo también. De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban, y él asentía ligeramente, como diciendo “esto es bueno, ¿verdad?”. Y yo asentía también, aunque no supiera muy bien si la música era buena o era la compañía la que lo hacía todo soportable.

Cuando el disco terminó, Jimmy se levantó. Desconectó el tocadiscos, guardó el vinilo en su funda, y se dirigió a la puerta. Ni siquiera dijo adiós. Simplemente se fue, con ese andar suyo que era a la vez pausado y decidido, como si siempre supiera exactamente a dónde iba. Mi madre entró un momento después, sorprendida.

—¿Qué quería? —preguntó.

—Nada —dije—. Solo estar aquí sentado y escuchar música.

No entendía nada. ¿Por qué había venido? ¿No tenía miedo al contagio? ¿No tenía cosas mejores que hacer en pleno agosto? ¿No estaba él también en esa edad en la que los amigos se miden por lo que puedes hacer con ellos, no por lo que puedes hacer por ellos? Jimmy no era de hablar mucho, pero cuando abría la boca era directo, como cuando íbamos por la noche con nuestras motos de 75 centímetros cúbicos por las carreteras comarcales. Si alguien se metía con nosotros, Jimmy no dudaba. No levantaba la voz ni hacía aspavientos. Se limitaba a decir lo que había que decir con una claridad que desarmaba a cualquiera. Era expeditivo, un tipo duro e inteligente. Y yo no entendía qué hacía allí, encerrado con un enfermo.

Al día siguiente, Jimmy volvió.

Esta vez trajo un disco de Yes, Tormato. Una portada extraña donde se veía un tomate aplastado, casi irreconocible, como si el artista hubiera querido representar la fruta en su momento más vulnerable. Justo en ese instante, mientras miraba aquella imagen absurda, no pude evitar pensar que aquel tomate aplastado era, de alguna manera, yo: un chico de dieciséis años, en una cama, hecho un desastre por una enfermedad que no había pedido. Jimmy lo puso en el tocadiscos, se sentó en la silla, y escuchamos. La música era más accesible que la del día anterior, más melódica. Había partes que me hacían cerrar los ojos y sentir que flotaba, olvidando el peso de mi cuerpo enfermo. Jimmy sonrió en algún momento, la primera sonrisa que le veía desde que llegó. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba allí.

—Es mejor que el de ayer —dijo, y fue la única frase que pronunció en toda la visita.

Cuando se fue, sin despedirse de nuevo, me quedé mirando el techo con sus grietas, pero esta vez no las vi. Vi la portada de Tormato, el tomate aplastado, la música que sonaba en mi cabeza. Y por primera vez en muchos días, no estaba contando las horas.

Jimmy volvió al día siguiente, con un disco de Peter Gabriel en solitario. Y al siguiente, con otro de Led Zeppellin. Y al siguiente con otro de Supertramp, que había acabado de publicar Breakfast in America. Cada día traía un disco distinto. Había días en los que la música era suave y envolvente, como una caricia sonora que aliviaba el calor. Otros días era más compleja, más cerebral, como un rompecabezas que había que descifrar. Jimmy se sentaba en la silla, ponía el disco, y escuchábamos en silencio. A veces yo cerraba los ojos y me dejaba llevar. Otras veces miraba a Jimmy, intentando entender qué pensaba, qué sentía, por qué estaba allí. Pero su rostro era un libro cerrado, o quizás un libro escrito en un idioma que yo no hablaba.

Me extrañaba que Jimmy no quisiera estar disfrutando del verano, en la playa con los demás, en su casa de campo, haciendo todas esas cosas que los chicos de dieciséis años hacen en agosto. En cambio, estaba allí, en mi habitación, con ese calor insufrible que hacía que el sudor le corriera por la frente, escuchando discos que yo apenas entendía y que él ya conocía de memoria. A veces pensaba que debía estar aburrido, que debía estar deseando irse. Pero siempre volvía al día siguiente.

Pasaron los días. Las visitas de Jimmy se convirtieron en la única marca en el calendario, la única manera de saber que el tiempo seguía pasando. Cuando llegaba, el día se volvía soportable. Cuando se iba, volvía la soledad, pero ya no era la misma. Ahora había una música en mi cabeza, recuerdos de discos compartidos, la certeza de que al día siguiente Jimmy volvería.

Mi madre, al principio, había estado nerviosa. “¿Y si se contagia?”, preguntaba. “¿Y si su madre se entera y se enfada?”. Pero Jimmy no parecía tener ningún síntoma, y después de unos días mi madre dejó de preguntar. Supongo que entendió que aquellos discos y aquellas visitas eran la mejor medicina que podía tener.

Una tarde, ya entrado septiembre, Jimmy llegó con una bolsa de plástico, y cuando la abrió vi que estaba llena de vinilos. Los puso sobre mi cama, uno a uno, con esa parsimonia suya que lo mismo servía para colocar discos que para plantar cara a un matón.

—Ya no me gustan —dijo cuando terminó de colocarlos todos. Ahora son para ti.

Eran todos los discos que me había traído durante aquel agosto, más algunos otros que no conocía, en total cuarenta y dos, porque los conté. Una colección completa de rock sinfónico, de esos discos que Jimmy adoraba, que había compartido conmigo en las tardes más calurosas de mi vida.

—¿Cómo que ya no te gustan? —pregunté, sin entender.

—Ahora me gusta otra cosa —dijo, y no añadió más.

Yo sabía que no era verdad. Sabía que aquellos discos eran su tesoro, que los había coleccionado durante años, que los conocía al dedillo. Pero no discutí. Jimmy era así: cuando decidía hacer algo, lo hacía. Y si decidía que ya no le gustaban, pues ya no le gustaban, aunque los dos supiéramos que era mentira.

Se fue sin despedirse, como siempre. Y esa fue la última vez que nos vimos en aquella habitación.

Poco después, el médico dijo que ya podía salir. Mis niveles habían vuelto a la normalidad, el amarillo había desaparecido de mis ojos, y el cansancio se había convertido en una energía contenida que pedía a gritos ser liberada. La primera vez que pisé la calle fue a mediados de septiembre, y el aire me supo a vida, a libertad, a todo lo que había estado esperando durante aquellas semanas interminables.

Pero Jimmy, en ese momento, ya no estaba. No porque se hubiera ido, sino porque el verano había terminado, y con él la burbuja en la que habíamos vivido. Volví a la vida normal, a los amigos de siempre, a las conversaciones sin importancia, a los planes de fin de semana. Jimmy estaba allí, en el grupo, pero ya no éramos los mismos. Aquel agosto había creado entre nosotros un vínculo que, paradójicamente, nos separaba del resto. O quizás solo era mi percepción. El caso es que nunca hablamos de ello. Nunca me preguntó cómo me sentía, nunca yo le dije lo que significaron sus visitas. Era como si aquellas tardes en mi habitación no hubieran existido.

Y entonces llegó la vida. Llegó la universidad, y me fui a Barcelona. Llegó el trabajo, primero en Alicante, luego en Bruselas, donde pasé varios años, y después en otras ciudades que ya no recuerdo con precisión. Jimmy se quedó en el pueblo, o eso supe después, viviendo su vida, haciendo sus cosas. Los contactos se fueron diluyendo como la tinta en el agua. Al principio, algunas cartas. Cartas breves, como él. No contaban su vida, no preguntaban por la mía. Eran narraciones extrañas, casi esotéricas, historias de cosas que le habían pasado o que le había contado alguien, anécdotas que parecían sacadas de otro mundo. Tengo una, la más extraña de todas, que escribió en un trozo de papel higiénico y me llegó por correo. No sé por qué la guardé. Quizás porque era tan Jimmy, tan absurda, tan inexplicable.

Pasaron los años. Perdí la pista de Jimmy. Nunca más volvimos a vernos en el pueblo, ni yo lo busqué ni tampoco él. Tal vez hubiera pensado que la vida nos había separado y que así debía ser. Tal vez yo también lo pensaba.

Y entonces, esta semana, José Manuel, que es abogado y escritor, me dijo que Jimmy había muerto tres años atrás.

Y las sensaciones negativas emergieron, todas juntas, como un ejército que había estado esperando este momento para atacar. El arrepentimiento, el pesar, el dolor, la tristeza por su familia. Pero también algo más: el peso de una deuda que nunca saldé. Todas aquellas tardes en mi habitación, todos aquellos discos, todo el tiempo que Jimmy me regaló cuando no tenía nada que dar. Y yo, en cambio, no había estado allí para él. No había sabido de su enfermedad, de su muerte, de nada. La vida nos había separado, pero la culpa era mía, solo mía.

Jimmy nunca me dijo por qué vino. Nunca hablamos de ello. Pero ahora sé que no necesitaba decírmelo. Estaba allí, eso era suficiente

Ahora, mientras escribo esto, miro la colección de vinilos que Jimmy me regaló aquel septiembre, y que amplié con los años y aún conservo: debo tener más de quinientos. The Lamb Lies Down on Broadway sigue allí, con su portada extraña. Tormato, con su tomate aplastado. Todos los discos que compartimos en aquel agosto. Están gastados, las fundas están desgastadas, los vinilos tienen algún arañazo. Pero siguen sonando. Y cuando los pongo, soy de nuevo aquel chico de dieciséis años, tumbado en una cama, sudando, viendo el techo con sus grietas, esperando a que Jimmy llegue con un disco bajo el brazo.

Jimmy nunca me dijo por qué vino. Nunca hablamos de ello. Pero ahora sé que no necesitaba decírmelo. Estaba allí, eso era suficiente. Era su manera de decirme que no estaba solo, que incluso en el peor de los agostos, incluso con la enfermedad y el miedo y el calor insoportable, había alguien dispuesto a sentarse a mi lado y escuchar. Descanse en paz. 

Salvador Enguix
Salvador Enguix
Periodista

Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.