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Opinión
Salvador Enguix
Periodista

El último Quiosco

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Actualizado hace 6 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01El calor de julio en Valencia no es un calor cualquiera desde hace unos años.
  • 02Es un calor que se pega a la piel como una segunda camisa, que hace que el asfalto brille como espejo distorsionado y que las persianas metálicas de los comercios permanezcan bajadas hasta bien entrada la tarde.
  • 03Llevaba cuarenta y cinco años viendo cómo el verano devoraba las calles de Patraix, convirtiendo el barrio en un desierto de hormigón donde solo los más audaces o los más desesperados se atrevían a transitar a media mañana, al mediodía o a primera hora de la tarde.
  • 04Algunos días, ni siquiera la noche daba tregua.

El calor de julio en Valencia no es un calor cualquiera desde hace unos años. Es un calor que se pega a la piel como una segunda camisa, que hace que el asfalto brille como espejo distorsionado y que las persianas metálicas de los comercios permanezcan bajadas hasta bien entrada la tarde. Pedro lo sabía bien. Llevaba cuarenta y cinco años viendo cómo el verano devoraba las calles de Patraix, convirtiendo el barrio en un desierto de hormigón donde solo los más audaces o los más desesperados se atrevían a transitar a media mañana, al mediodía o a primera hora de la tarde. Algunos días, ni siquiera la noche daba tregua.

Interior de un quosco
Interior de un quoscoPropia

El quiosco había sido su vida. Lo había heredado de su padre, igual que su padre lo había heredado del suyo, en una época en la que los periódicos se vendían como pan caliente y los domingos había que hacer doble turno para atender a la clientela. Pedro recordaba aquellas mañanas de domingo con una mezcla de nostalgia y asombro: las colas de gente esperando su ejemplar del Las Provincias o del Levante, los niños con sus pesetas apretadas en el puño ansiosos por comprar el último tebeo de Mortadelo y Filemón, los jubilados discutiendo sobre fútbol mientras hojeaban las crónicas deportivas.

Ahora todo eso era polvo y recuerdo.

El quiosco estaba prácticamente vacío. Las estanterías de metal, antes rebosantes de revistas y periódicos, mostraban sus entrañas oxidadas. Algunos ejemplares atrasados se amontonaban en el suelo, esperando su destino final en el contenedor de reciclaje. Las bolsas de patatas y las chuches, los pocos productos que aún tenían salida, ocupaban un espacio ridículo en comparación con lo que había sido el negocio en sus años dorados.

Pedro se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Tenía sesenta y siete años, el pelo canoso y escaso, y unas manos que habían manipulado miles de periódicos a lo largo de su vida. Manos que ahora temblaban ligeramente cuando levantaba una caja llena de viejos calendarios sin vender.

—Menuda mierda de negocio —murmuró para sí mismo, aunque en el fondo sabía que no era culpa del negocio, sino de los tiempos.

Había colgado ya el cartel de “Se traspasa” hacía tres meses, pero solo había recibido dos llamadas. La primera era de un joven emprendedor que quería montar una tienda de productos ecológicos y que, al escuchar el precio del alquiler, colgó sin decir ni adiós. La segunda había sido de una inmobiliaria que representaba los intereses de unos inversores extranjeros. Esos sí estaban interesados. Muy interesados. Hablaban de reformas, de pisos turísticos, de rentabilidad. Pedro no entendía mucho de esas cosas, pero suficiente como para saber que el quiosco de su padre, el quiosco que había sido el centro de su universo durante casi medio siglo, pronto dejaría de existir.

El aire acondicionado del quiosco era antiguo y ruidoso, pero al menos funcionaba. Pedro lo había instalado hacía quince años, cuando las cosas aún iban bien, y era uno de los pocos lujos que se permitía. En casa, en el piso de la calle de Carcagente donde había vivido toda su vida con su mujer, no había aire acondicionado. No lo necesitaban, decía ella. Y ahora que ella no estaba, él no veía razón para instalarlo.

Se quedó viudo hacía cinco años. El cáncer había sido rápido, pero cruel. Como un ladrón que entra en tu casa y se lleva lo más valioso sin que puedas hacer nada para impedirlo. Su hijo, Javier, se había ido a vivir a Alemania mucho antes, empujado por una beca que luego se convirtió en un trabajo, y luego en una novia, y luego en una vida que no incluía a su padre. Apenas hablaban dos veces al año: en Navidad, una llamada breve y forzada, y en el cumpleaños de Pedro, que Javier siempre recordaba gracias a las alarmas del móvil.

Pedro no podía culparle. La vida era así. La gente se iba, las cosas cambiaban, y uno se quedaba solo con sus recuerdos. Lo supo desde pequeño cuando murió su madre y la melancolía se instaló con fuerza en su padre. 

Esa tarde, mientras vaciaba una de las últimas cajas del trastero, Pedro sintió que el calor empezaba a hacer mella incluso con el aire acondicionado. Se sentó en el taburete de madera que llevaba usando desde los tiempos de su padre y cerró los ojos un momento. El zumbido del viejo aparato de climatización era casi hipnótico.

Fue entonces cuando oyó el tintineo.

Era un sonido que conocía bien: el de la puerta del quiosco al abrirse. La pequeña campanilla que su padre había colgado décadas atrás y que él nunca había tenido el corazón de quitar. Pedro abrió los ojos y se levantó con un esfuerzo que sus rodillas le reclamaron.

—¡Buenas tardes! —dijo, poniéndose la sonrisa profesional que había ensayado durante cuarenta y cinco años.

Pero la sonrisa se congeló en su rostro cuando vio al visitante.

Era un niño. No tendría más de diez años, tal vez nueve. Llevaba pantalón de tergal corto con tirantes, una camisa de manga corta a rayas azules y blancas, y unos mocasines que le recordaban a los que él llevaba de pequeño. Su pelo castaño estaba cortado al estilo casco, como el de los Beatles, con un flequillo que le caía sobre la frente. Tenía los ojos muy vivos, de un color avellana que brillaba con una luz propia.

—Hola —dijo el niño, mirando a su alrededor con curiosidad—. ¿Tienes del Capitán Trueno?

Pedro parpadeó.

—¿Cómo has dicho?

—El Capitán Trueno —repitió el niño, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Mi padre me ha dicho que aquí solían venderlos.

—Pero eso... —Pedro se pasó la mano por la cabeza—. Esos cómics no se hacen ya. Hace décadas que no se publican.

El niño asintió con seriedad, como si hubiera esperado esa respuesta.

—¿Y tienes de Pulgarcito? —preguntó entonces, con la misma naturalidad.

Pedro sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.

—Mira, chaval, no sé qué broma es esta, pero lo de Pulgarcito también desapareció hace mucho. ¿Quién te ha mandado? ¿Es algún tipo de...?

Se detuvo. El niño estaba recorriendo el quiosco con la mirada, y había algo en su forma de moverse, en la manera en que sus dedos rozaban las revistas y los periódicos apilados, que le resultaba vagamente familiar. Demasiado familiar.

El niño se acercó a una pila de periódicos atrasados y empezó a hojearlos con una delicadeza impropia de su edad.

—Oye —dijo Pedro, y notó que su voz sonaba más aguda de lo habitual—, ¿dónde está tu madre? ¿Has venido con alguien?

El niño levantó la vista de los periódicos y lo miró con esos ojos avellana que parecían verlo todo.

—No tengo madre —dijo simplemente.

—¿Cómo que no tienes madre? —Pedro se acercó al niño, sintiendo que el corazón le latía con más fuerza de la cuenta—. Todos tenemos madre.

—Yo no —insistió el niño, y volvió a concentrarse en los periódicos.

Pedro salió del quiosco y miró a ambos lados de la calle. Era un desierto. El asfalto vibraba con el calor, y no se veía ni un alma en ninguna dirección. Los comercios estaban cerrados, las persianas bajadas, y hasta los gatos se habían escondido en algún lugar fresco. No había ningún adulto buscando a un niño. No había ningún coche sospechoso. No había nada.

Regresó al interior y encontró al niño de pie junto al mostrador, hojeando un ejemplar atrasado de El País.

—Escúchame —dijo Pedro, tratando de mantener la calma—. Tienes que irte. Tengo mucho trabajo y no puedo...

—Pedro —dijo el niño, y la forma en que pronunció su nombre hizo que Pedro se quedara paralizado—. ¿Me acompañas a leer tebeos?

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, y sintió que la voz le temblaba—. ¿Nunca te he visto antes en mi vida, cómo es que sabes cómo me llamo?

El niño sonrió. Era una sonrisa cálida, sincera, que iluminaba todo su rostro.

—Ven conmigo —dijo, y empezó a caminar hacia la parte trasera del quiosco, hacia el trastero donde Pedro había estado trabajando—. Vamos a buscar periódicos antiguos y cómics.

—¡Oye! —Pedro dio unos pasos detrás de él—. ¡Para! ¡No puedes entrar ahí! ¡Ahí no hay nada que te interese!

Pero el niño ya había cruzado la puerta del trastero. Pedro lo siguió, sintiendo una mezcla de ira y miedo que no lograba controlar.

—Mira, tengo que pedirte que salgas —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Esto es una propiedad privada y yo...

El niño se había detenido en medio del trastero, junto a una pila de cajas que Pedro había apilado esa misma mañana. Lo miró con fijeza.

—En el fondo —dijo, señalando con el brazo hacia la pared del fondo, donde se acumulaban cajas y trastos de décadas—, ahí hay una maleta. Es la maleta de tu padre. La que usaba cuando se iba de vacaciones con tu madre.

Pedro sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—No hay ninguna maleta ahí —dijo, pero su voz sonó insegura, como si él mismo no se creyera lo que decía.

—Sí que la hay —insistió el niño—. Siempre ha estado ahí. Tu padre la dejó allí cuando tú tenías mi edad. Se le olvidó, luego se fue de vacaciones, y nunca volvió a buscarla. Siempre ha estado ahí, esperando.

—¿Cómo sabes tú eso? —preguntó Pedro, y sintió que las rodillas le flaqueaban—. Yo he estado aquí toda la vida, he vaciado este trastero docenas de veces, y nunca he visto ninguna maleta.

—Porque no has mirado bien —dijo el niño con una paciencia infinita—. Ven. Ven y la verás.

Y sin esperar respuesta, se adentró en el caos del trastero, moviéndose entre las cajas con una destreza que no parecía posible en un niño de su edad.

Pedro se quedó un momento inmóvil, respirando con dificultad. La escena era absurda. Este niño aparecido de la nada, esos ojos que parecían conocerlo desde siempre, esa maleta que según él estaba allí esperando. Tenía que ser una broma. Tenía que ser algún tipo de... ¿de qué? ¿Un sueño? ¿Una alucinación provocada por el calor?

Pero el niño estaba allí, vivo, moviéndose entre sus cosas, tocando las cajas con sus manos pequeñas, y Pedro sintió que algo en su interior, algo que llevaba dormido mucho tiempo, empezaba a despertar.

Se acercó al niño con pasos lentos, casi temerosos.

—Mira —dijo el niño, señalando un rincón oscuro detrás de una estantería que Pedro no había movido en años—. Ahí está.

Pedro se arrodilló, sintiendo un crujido en las rodillas, y apartó las cajas con manos temblorosas. Y entonces la vio.

Era una maleta de cuero marrón, vieja y polvorienta, con dos cinturones de piel que la cerraban. Pedro la reconoció al instante. Era la maleta de su padre. La misma que había visto en fotografías antiguas, la que su padre llevaba cuando se iban de vacaciones a la playa en los años sesenta. La misma que había desaparecido sin explicación un verano, y que su madre siempre dijo que se había perdido en el tren.

—No puede ser —susurró Pedro, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas—. ¿Cómo...?

El niño se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y lo miró con una sonrisa serena.

—Te lo dije —dijo simplemente.

Pedro sacó un pañuelo del bolsillo y limpió el polvo de la maleta con una ternura que no sabía que aún conservaba. Los cinturones estaban gastados, casi rotos, pero aún se mantenían firmes. Los desabrochó con cuidado, como si estuviera manipulando un objeto sagrado, y levantó la tapa.

El interior estaba lleno de tesoros.

Decenas de cómics antiguos se apilaban ordenadamente: El Capitán Trueno, Pulgarcito, Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz. Todos ellos en perfecto estado, como si hubieran sido guardados con esmero hacía apenas unos días y no décadas. Junto a ellos, varias carpetas de cartón contenían recortes de periódicos recortados con precisión quirúrgica. Pedro los hojeó con dedos temblorosos y descubrió que eran las crónicas deportivas del Levante UD, el equipo de su padre, con los goles y las jugadas de los partidos más importantes de los años sesenta y setenta.

—Esto... —Pedro no podía articular palabra—. Esto era de mi padre. Él coleccionaba esto. Siempre decía que lo guardaría para cuando tuviera un hijo que compartiera su pasión por el fútbol. Pero yo nunca me interesé, yo prefería...

—Los tebeos —dijo el niño, y su voz era un eco de la de Pedro.

Pedro levantó la mirada y vio al niño sentado en una de las dos sillas antiguas que había junto a la mesa del trastero. Sillas que llevaban décadas allí, y que Pedro apenas recordaba haber usado. El niño tenía en las manos un ejemplar de Roberto Alcázar y Pedrín, y lo hojeaba con una mezcla de concentración y alegría que le resultó profundamente familiar.

—Siéntate —dijo el niño, señalando la silla vacía—. Ven, leamos juntos.

Pedro obedeció como un autómata. Se sentó en la silla, sintiendo la madera vieja y desgastada bajo su peso, y cogió el primer cómic que encontró en la maleta. Era un número de El Capitán Trueno, el mismo que había leído decenas de veces en su infancia, el que su padre le compraba cada domingo antes de ir a misa.

—Este era mi favorito —dijo Pedro, y su voz sonaba extraña, como si perteneciera a otro tiempo—. Me encantaban las aventuras del Capitán y sus amigos. Quería ser como ellos, viajar por el mundo, vivir emociones...

—Lo sé —dijo el niño, sin levantar la vista del cómic.

Pedro lo miró. En la penumbra del trastero, iluminado solo por la luz tenue que entraba por los ventanales que daban al patio de luces, el niño parecía casi irreal. Como una fotografía antigua que hubiera cobrado vida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Pedro, y la pregunta le salió en un susurro.

El niño levantó la mirada. Sus ojos avellana brillaban con una luz antigua, milenaria, y al mismo tiempo increíblemente joven.

—Pedro —dijo, y su sonrisa era la de un niño que comparte un secreto maravilloso—. ¿De verdad aún no me has conocido?

Fue entonces cuando el hombre lo intuyó, y acercó su mano al flequillo del niño y lo apartó sobre la ceja derecha. Una cicatriz, en el mismo sitio y con la misma forma que se hizo él cuando cayó de la bicicleta. Una cicatriz que el tiempo y las arrugas habían borrado de su rostro.

El tiempo se detuvo.

Pedro sintió que el aire se condensaba a su alrededor, que las paredes del trastero se desvanecían, que el calor del verano y el zumbido del aire acondicionado y el olor a polvo y a papel viejo se fundían en una sola sensación que le atravesaba el pecho como una flecha.

Y entonces lo entendió.

Recordó la primera vez que su padre le había comprado un tebeo. Tenía cinco años, quizá seis. Había entrado en el quiosco y se había quedado embobado ante la cantidad de colores, de historias, de mundos enteros que esperaban ser descubiertos. Su padre le había sonreído y le había dicho: “Elige uno, hijo. El que quieras”. Y él había elegido El Capitán Trueno, y se había sentado en el suelo, y había leído la historia entera sin levantarse ni una sola vez.

Recordó los domingos de fútbol con su padre, viendo el partido en el bar de la esquina, compartiendo una naranjada y discutiendo las jugadas. Recordó las tardes de verano en la playa, las vacaciones en familia, los cumpleaños, las risas.

Recordó a su mujer, a la que había amado con toda su alma, y el día que la conoció en la plaza del barrio, y las noches de cine al aire libre en verano, y las mañanas de domingo con el periódico y el café.

Recordó a su hijo, tan pequeño, tan suyo, que se había ido tan lejos, pero que seguía siendo su hijo, su sangre, su vida.

Recordó que había sido feliz. Que había sido mucho más que un quiosquero jubilado que esperaba la muerte en un piso vacío.

Y así pasaron la tarde. El hombre de sesenta y siete años y el niño de diez, sentados en dos sillas viejas en el trastero de un quiosco de Patraix, leyendo tebeos de los años sesenta y compartiendo historias que ningún otro en el mundo conocía.

Y así pasaron la tarde. El hombre de sesenta y siete años y el niño de diez, sentados en dos sillas viejas en el trastero de un quiosco de Patraix, leyendo tebeos de los años sesenta

Cuando el sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y rosa, el pequeño Pedro cerró el último cómic y se levantó.

—Tengo que irme —dijo.

El hombre mayor sintió un nudo en la garganta.

—¿Volverás?

Pedro quiso detenerlo, quiso gritarle que no se fuera, que necesitaba más tiempo, que no podía despedirse así. Pero cuando abrió la boca, no salió ningún sonido.

Y cuando parpadeó, el niño ya no estaba.

Pedro salió del trastero y miró el cartel de “Se traspasa” que seguía colgado en la puerta. Cerro con llave y comenzó a caminar por la calle Gaspar Aguilar hacia su casa. Justo en ese momento comenzó a llover. 

Salvador Enguix
Salvador Enguix
Periodista

Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.