El eterno debate de cualquier bañista se cierne sobre nosotros. La cuestión, eso sí, es bañarse, remojarse, refrescarse y zambullirse. No siempre en aguas frías, con estas temperaturas el agua de la playa de Pinedo –me dicen mis corresponsales- es casi una “basseta d’oli” y a la piscina del pueblo, doy fe de ello, de helada ya no le queda ni el chorrito.
Yo lo tengo claro: me van a perdonar, pero hay pocos placeres como ese de meterse en el mar, mirar a lo lejos y ver la nada, ese azul horizontal tan difícil de descifrar. La sal, la arena cosquilleándote los pies, esa ola que te acompaña a la orilla, las piedras que saltas porque te pinchan la planta de los pies cuando solo quieres caminar por la ribera... la brisa, el sol cayendo, la tarde larga, la marea subiendo, la gente yéndose, la playa...
La piscina no tiene ese encanto, y la trasteo bastante para capear el invierno (y el otoño, y los reveses, los estreses... ya saben), pero ahí no hay magia. Hay cloro, a veces silencio, otras el “musicote” del acuagim, los lloros de los niños pequeños que entran como quien va al matadero... Aunque una vez sumergida, el agua te sume en el mismo silencio, diría que casi, casi en idéntica paz. En cada largo, anhelo pasar más horas nadando y se me hacen cortos los ratos, porque entro pensando que no podré y siempre puedo un poquito más. Y cuando salgo les admiro a ellos, los mayores del barrio que madrugan para nadar porque, dicen luego en el vestuario, así ya tienen “el día hecho”. Pero sobre todo las admiro a ellas, que no maduraron con ese mensaje constante en la pantalla del móvil - ¿qué móvil? - de que “cuidarse mola” y han aprendido a ejercitarse porque se saben mejor si practican. Luego corren a cuidar a los nietos, a hacer la comida, a darle la pastilla al enfermo, pero primero nadan. Gorro, gafas y bañador cada día por secar. Ojalá ese ejemplo siempre.
Elijo la playa, tal vez, porque en la arena de la Malva-rosa pasé muchos ratos de mi infancia. Recuerdo a mi padre decirme que la parte de arriba “para qué” cuando aún no había nada que tapar y la tontería se asomaba y ahora en cambio llego a la playa y añoro esa libertad de bañarse como mi madre me trajo al mundo que aún pueden hacer los bebés... La inocencia, ¡ay!
Una vez sumergida, el agua te sume en el mismo silencio, diría que casi, casi en idéntica paz”
Cada día de este verano nuestro, de lunes a viernes, cinco trabajadores de la Generalitat Valenciana recorren los 465 kilómetros del litoral valenciano para recoger muestras y certificar la calidad de sus aguas. Qué bonito sería acompañarlos para ver, como ellos ven de lunes a viernes, la magia de asomarse al mar y adentrarse en él para disfrutarlo y no para querer saltar de orilla a orilla, desesperados por la vida que no queremos sufrir.
No sabemos lo que tenemos. Playa o piscina, nuestra suerte es poder elegir.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.