De esta historia “real” y “próxima” hablé hace tiempo en redes sociales, pero es ahora cuando llega a su final. Se trata de la vivienda con la que un matrimonio de mi amplia familia, de 86 años él y 80 años ella, inició su vida hace décadas en València. Un piso de cuatro habitaciones y un baño, en un edificio con ascensor, muy cerca de la plaza de Patraix, que compraron cuando se casaron. Tiempo después, tras años de ahorro y sacrificio personal —él era comercial y ella ama de casa— adquirieron otro piso en el barrio y decidieron destinar el primero al alquiler, pensando en disponer de un complemento económico de cara al futuro, especialmente cuando él se jubilara. Tuvieron muchos inquilinos, en general cuidadosos y cumplidores a la hora de pagar. Regularmente, este matrimonio se hacía cargo de las reformas necesarias para mantener y actualizar una vivienda que necesitaba mejoras. Todo transcurrió con normalidad hasta que, hace dos años, los inquilinos que habían alquilado el piso cuatro años antes decidieron dejar de pagar. Era un matrimonio joven, ambos con trabajo reconocido.
Comenzó un periodo trágico para este matrimonio. Los inquilinos —algunos los llaman, en tono despectivo, inquiokupas, aunque prefiero la palabra “morosos”— dejaron de atender llamadas y requerimientos pacíficos. La situación generó una profunda angustia en los propietarios. La mujer llegó incluso a enfermar, pues además de no cobrar la mensualidad, que era importante para completar una escasa pensión, tenían que seguir pagando la luz y el agua consumidas por los inquilinos. Buscaron un abogado y acudieron a los tribunales, pero el procedimiento se prolongaba mes tras mes, mientras se reclamaba abundante documentación sobre la situación de los inquilinos y de la vivienda. Al final, miembros de la familia optaron por negociar con el abogado del joven matrimonio y se encontró una solución: los propietarios perdonaban un año de alquiler y renunciaban a continuar por la vía judicial. “Habéis tenido suerte de que mis clientes acepten esta solución”, dijo el letrado de los inquilinos.
Y así, después de toda una vida pensando que aquel piso era una pequeña garantía para su vejez, han decidido venderlo, con no poca tristeza. Me pregunto cuántos propietarios como ellos habrán tomado la misma decisión en València.
Cuando recuperaron el piso, la pareja lo había dejado en muy malas condiciones. Llegaron a arrancar los enchufes de las paredes y los cuartos de baño estaban en un estado lamentable. Los propietarios meditaron entonces qué hacer con él. Querían volver a alquilarlo e incluso se plantearon la posibilidad de alquilar las habitaciones a estudiantes. Una agencia les ofrecía cientos de posibles clientes, eso sí, con seguro para casos de impago. Pero finalmente se rindieron al miedo, a la idea de volver a pasar por el mismo calvario. Ya no sienten seguridad. Y así, después de toda una vida pensando que aquel piso era una pequeña garantía para su vejez, han decidido venderlo, con no poca tristeza. Me pregunto cuántos propietarios como ellos habrán tomado la misma decisión en València.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.