Aquel día empezaba mi segunda tanda de vacaciones. Mis hijos me esperaban y los planes con los amigos de siempre se nos acumulaban en la agenda. Hoy comida, mañana verbena, pasado cena en la calle... Ese 15 de agosto fue uno de los mejores días del verano.
El mismo día, una mujer murió en la carretera. El mensaje del Centro de Información y Coordinación de Urgencias, al que vuelvo atónita, solo explicaba que entró un aviso a las 14 horas por “accidente entre varios vehículos”. Se movilizó al SAMU y a los servicios de soporte vital básico, que asistieron a dos hombres, uno de 24 y otro de 41. “En el accidente ha fallecido una mujer de la que se desconoce la edad”, acaba el mensaje, que releo porque ayer Las Provincias avanzaba que aquella víctima, que había conducido hasta 6 km en sentido contrario por la V-21, vía de entrada a València y habitualmente saturada, dejó una carta manuscrita. Y que aquello fue un acto suicida.
Me golpea el titular. Más aún si leo que tenía 34 años, que estaba embarazada. Yo tuve 34 años estando embarazada. ¿Qué mundo tienes, qué hay en tu cabeza, qué te amenaza, te preocupa, te duele o te rasga para hacer eso?
No hablamos del suicidio, hace años nos decían aquello de “es mejor no informar de suicidios porque son un efecto llamada”, como si contar que nos desahucian, nos arruinan, nos violan o nos matan –porque las matan– fuera a provocar más desgracias. Ahora se asume que el silencio absoluto invisibiliza el problema. Un reciente estudio de la UOC, que analizó piezas publicadas en varios medios, entre ellos el nuestro, asegura que la metáfora más frecuente del análisis mediático es la del suicidio como una guerra. “Las metáforas más utilizadas en las noticias sobre suicidio sirven, precisamente, para confrontar el silencio”, decía Marta Coll-Florit, la doctora en Sociedad de la Información y el Conocimiento que lideró el estudio.
Pasa también con los tratamientos de cáncer, algo que encabrona a sus pacientes y familiares. “Perdió la batalla”, se repite. No pierden más que la vida y seguro que habrán hecho todo lo posible, pero igual, alguien, se cansa y se resigna y decide que lo que venga me arrastre. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie? Aquella mujer, chocando contra la vida... No la juzgo, tampoco la puedo comprender ni, ahora ya, ayudar. Solo la respeto.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie? Aquella mujer, chocando contra la vida... No la juzgo, tampoco la puedo comprender ni, ahora ya, ayudar. Solo la respeto”
Quien la conociera debe estar haciéndose preguntas todo el rato. Tantas como las que como sociedad no deberíamos dejar de hacernos. Que quien no puede pagar su casa se tire del quinto, que quien no puede respirar porque siente enorme el asfixio diga basta nos debería conmover, alertarnos y ponernos en guardia. La empatía nunca debiera estar mal vista y, además, nos necesita.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.