Las maneras de habitar este edificio son diversas. Gestionado por la Fundació Catalunya la Pedrera, el emblemático inmueble diseñado por Antoni Gaudí funciona hoy como un organismo complejo: museo, sala de exposiciones, escenario de eventos, sede de oficinas y comercios, pero también, y desde su origen, como edificio de viviendas en alquiler. Lejos de ser un decorado congelado, aquí todo sucede a la vez.
Turistas, trabajadores, artistas y residentes comparten accesos, ascensores y escaleras en una convivencia sorprendentemente fluida, casi coreografiada. Bajo el mismo techo, lo público y lo privado no se excluyen, sino que se rozan sin conflicto, sosteniendo un equilibrio poco habitual en un edificio de estas características.
Tere Yglesias y Ana Viladomiu son las dos afortunadas inquilinas que, blindadas con alquileres de renta antigua, resisten en este icónico inmueble declarado patrimonio de la humanidad, el más visitado de la ciudad. Vivir en una atracción turística de estas dimensiones no les afecta, forma parte de su normalidad.
Tere Yglesias, en La Pedrera desde el nacimiento
Tere Yglesias es la más veterana. Nació en la Pedrera, y aquí se concentran todos sus recuerdos. Su padre, Jordi Yglesias, alquiló el piso poco antes de casarse, una decisión que no compartieron sus amigos y que, a su futura esposa, Margarita Rovira, le costó aceptar. Sin embargo, una vez pintado y amueblado, se fue reconciliando con el espacio hasta sentirse muy a gusto. Ya instalados, la pareja fue a presentarse a la señora Segimon, entonces propietaria del edificio. “¡Qué ilusión, un matrimonio joven —dijo—, seguro que habrá niños en la Pedrera!”. Y así fue: once meses después nacía la primera, Margarita, y tras ella llegaron seis más.
Con los años, también el piso de enfrente se llenó de niños, los cuatro chicos de la familia Monset. “Eran de la misma edad que mis hermanos pequeños, por lo que las puertas estaban siempre abiertas, incluso los mayores aparecían a veces con su bandeja y cenábamos todos juntos frente a la televisión —recuerda Tere—. A mis primos les encantaba venir, porque había mucho espacio para jugar al escondite. Íbamos en bicicleta y en patinete por la casa, o bajábamos a la portería y, al garaje, donde ahora está el auditorio, para correr entre las columnas. Éramos los niños de la Pedrera y los porteros nos vigilaban, nos cuidaban. En la azotea cada vecino tenía un lavadero y salíamos a tender la ropa”.
Tere recuerda perfectamente a la señora Milà, a la que todos llamaban doña Rosario: “Yo la veía como una abuela muy cariñosa y simpática. Cuando hacía buen tiempo salía al balcón con sus dos papagayos, Gonzalo y Amaya. Íbamos a menudo a su casa, en el principal, porque a mi padre le gustaban los toros y ella tenía un palco en la Monumental, pero no iba y nos daba las entradas”.
Con los años, la vida en la Pedrera fue cambiando: en la planta baja aparecieron comercios: la perfumería Magda, el sastre Mosella, el colmado Solé, la joyería Aureli Bisbe, el estanco, una copistería y también el baúl de periódicos y tebeos que cada día sacaba y recogía Marina, la mujer del portero. En la azotea, los antiguos lavaderos se convirtieron en apartamentos.
Tengo un alquiler antiguo, un chollo, la gente no entiende cómo me mantienen aquí, pero yo estoy encantada”
“Cuando Caixa Catalunya compró el edificio fue haciendo ofertas a todos los vecinos para que se marcharan. Nosotros no aceptamos. Mi padre ya había fallecido y aquí nos quedamos mi madre y dos hermanos. Entonces aún se podían hacer subrogaciones y mi madre puso el contrato a mi nombre. Tengo un alquiler antiguo, un chollo, la gente no entiende cómo me mantienen aquí, pero yo estoy encantada”.
Aquí sigue Tere, en un piso de 290 metros cuadrados, la mitad en desuso, decorado como lo dejaron sus padres: muebles de ebanistería de los años cincuenta y el retrato de su madre vestida de pastora presidiendo el salón. Sus hermanos se casaron, su madre murió y ahora vive sola, pero el piso sigue siendo la casa familiar, donde se celebran todas las fiestas, se hospedan por unos días los sobrinos que viven fuera o los nietos vienen a estudiar.
“El vecindario ya no es el mismo —advierte Tere—. Antes, en la Pedrera, hacíamos vida de familia. Con los Monset celebrábamos juntos Sant Jordi y Sant Josep, siempre con su primo, mossèn Ballarín, como invitado. El notario Roca Sastre y su mujer, Carmen Burgos, eran íntimos amigos de mis padres, igual que el doctor Juan Segimon, sobrino de doña Rosario, y su mujer Rosa, y Pedro Segimon, el otro sobrino, que tenía un taller de pintura en el lavadero. Suyo es el retrato de mi madre”.
Poco a poco, todos se fueron marchando o muriendo, pero Tere no se siente sola. “Los vigilantes están 24 horas y me cuidan mucho. De vez en cuando me llaman: ‘Señora Yglesias, ¿está bien? Es que se ha disparado el detector de humos’. ‘Tranquilos, he hecho carne a la plancha’. El otro día tuve un escape de agua y a las doce de la noche subieron los de mantenimiento. Además, tengo a Leo, mi caniche, que me hace compañía”.
Ana Viladomiu, una protagonista de novela
Fue la última en llegar, y actualmente es la más mediática. Ana Viladomiu, escritora consagrada e instagramer superactiva (Anaviladomiu.com), ha abierto las puertas de su casa a periodistas de todo el mundo, recibió a sus seguidores cada miércoles durante tres meses el pasado otoño y su luminoso apartamento es el más fotografiado de todo el edificio. No tiene nunca un no para nadie: “Soy consciente del privilegio que tengo —admite— y también sé que este piso no es mío, es patrimonio de la humanidad y debo compartirlo.”
Aterrizó en la Pedrera por amor. “Suena muy cursi, pero es así —afirma—. Me enamoré de Fernando Amat, y él vivía aquí. En aquel momento yo trabajaba en el mundo de la moda, era muy joven y no tenía ninguna intención de hacer ‘casita’ y menos en la Pedrera”. La arquitectura modernista le sobrepasaba y el piso era demasiado grande, oscuro y con montones de trastos. “Pero con el tiempo me lo hice mío. Cambié las paredes oscuras por pintura blanca, se llenó de luz, renové el mobiliario. Con la llegada de las niñas, se convirtió definitivamente en un hogar familiar”.
Hoy, 39 años después, habituada a esquivar turistas en la entrada, convive con el murmullo constante del patio, y es feliz. “Me he acostumbrado a vivir aquí, y no creo que tenga la energía, ni el dinero suficiente, para empezar de cero. Me quedaré en la Pedrera hasta el final, además, mi contrato de alquiler es vitalicio”.
Me quedaré en la Pedrera hasta el final, además, mi contrato de alquiler es vitalicio”
Por circunstancias de la vida su marido se fue, al poco tiempo se fueron también sus hijas. Se quedó sola. Hace cinco años llegó Mia, una perrita que se ha convertido en su sombra. “No utilizamos todo el piso: Mía y yo vivimos en la parte de atrás, con mis libros y mis cosas —dice—. Me siento bien, he comprobado que la soledad es buena para escribir”. El resultado es una trilogía en forma de novela que cuenta las diversas etapas de la vida de Martina, su alter ego, siempre con la Pedrera como telón de fondo. “El escenario ha ayudado a su comercialización, a que tengan un cierto éxito, porque todo lo que cuento de la Pedrera es real. Si hubiera vivido en otro sitio, estarían ambientadas en otro lugar y posiblemente la gente hubiera tenido menos curiosidad”. En este equilibrio entre lo público y lo íntimo, Ana también escribe, fotografía y publica en Instagram.
A pesar de compartir techo, Tere Yglesias y Ana Viladomiu apenas coinciden. El motivo es que la Pedrera se organiza en torno a dos bloques de viviendas con porterías, escaleras y ascensores independientes. Tere entra por el paseo de Gràcia y Ana por la calle Provença. Una división que marca también los itinerarios por donde transcurren sus vidas.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.