Antes de terminar la carrera de Medicina, Mireia Illueca ya sabía que quería ser neurocirujana. Su primer contacto con un quirófano, sin embargo, no fue precisamente como esperaba: se desmayó al presenciar cómo preparaban a un paciente para una intervención cerebral. Lejos de alejarla, aquella experiencia le confirmó que había nacido para dedicarse a ello. Permaneció en el suelo del quirófano, observando, fascinada, la precisión y la responsabilidad que implicaba operar el cerebro.
Hoy, especializada en neurocirugía de la espalda y del cerebro, Illueca aborda el dolor desde una perspectiva integral que combina ciencia, experiencia clínica y comprensión emocional. En esta entrevista con La Vanguardia, reflexiona sobre cómo percibimos el dolor, por qué se cronifica y hasta qué punto deberíamos aprender a escucharlo antes que silenciarlo.
¿Cree que vivimos en una sociedad en la que el dolor está normalizado?
Creo que convivimos con una paradoja. Por un lado, sí existe una normalización clara del dolor, especialmente en determinados colectivos, como el de las mujeres, donde por razones biológicas y culturales se ha asumido durante años como algo cotidiano. Esto ha generado una tolerancia elevada e incluso cierta resignación ante síntomas que, en muchos casos, deberían haberse explorado más a fondo. Esa normalización hace que muchas personas no consulten o lo hagan tarde. Pero, al mismo tiempo, estamos viviendo un cambio de paradigma. Cada vez hay más conciencia de que el dolor no es algo que deba aceptarse sin más. La medicina ha evolucionado, existen más herramientas diagnósticas y terapéuticas, y los pacientes están más informados. Eso genera una actitud más activa y menos conformista. Por tanto, diría que estamos en un punto intermedio: arrastramos una cultura de normalización, pero avanzamos hacia una sociedad que empieza a cuestionarla.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando se siente dolor?
Hay un dato que suele sorprender: el cerebro es el único órgano que no siente dolor, porque no tiene receptores para ello. Lo que ocurre en realidad es que, cuando se produce un estímulo doloroso en el cuerpo, existen receptores específicos —unas células especializadas— que lo detectan y lo transforman en una señal. Esa señal viaja a través de los nervios, que actúan como vías de transmisión, y lo hace por diferentes rutas en función del tipo de dolor y de otros factores. Es importante entender que, en ese punto, todavía no se está sintiendo dolor. El dolor aparece unos milisegundos después, cuando esa señal llega al cerebro. Allí se activan distintas áreas que permiten tomar conciencia del estímulo e interpretarlo como dolor.
¿Siempre hay un daño físico detrás de una dolencia?
No necesariamente. En muchos casos sí existe un estímulo físico que desencadena el proceso, pero no siempre es así. Hay situaciones en las que el dolor persiste aunque la causa original haya desaparecido, o incluso aparece sin una lesión evidente. Un ejemplo claro es el dolor fantasma en personas amputadas. Aunque la extremidad ya no esté, el cerebro sigue percibiendo su presencia y puede generar dolor. Esto demuestra que la experiencia dolorosa no depende exclusivamente de la realidad física, sino también de cómo el sistema nervioso procesa la información. A veces el cerebro mantiene activas ciertas rutas, como si se produjera una especie de “cortocircuito”. La señal sigue circulando aunque ya no haya un estímulo real. Por eso es tan importante entender que el dolor no siempre señala directamente el lugar donde está el problema.
El dolor crónico no depende solo del sistema nervioso; interactúa con áreas relacionadas con la emoción, <br>el estrés y la memoria
¿Qué sucede en el caso del dolor crónico?
El dolor crónico es un buen ejemplo de cómo el sistema puede adaptarse de forma poco útil. Cuando un estímulo doloroso se mantiene en el tiempo, el cuerpo facilita su transmisión. Es como si se pasara de una carretera secundaria a una autopista: la señal llega más rápido y con más intensidad. Esto hace que el sistema se vuelva más sensible. Estímulos que antes no dolían pueden empezar a hacerlo. El umbral del dolor disminuye y el cerebro interpreta con mayor intensidad cualquier señal. Además, el dolor crónico no depende solo del sistema nervioso. Interactúa con áreas relacionadas con la emoción, el estrés y la memoria. Por eso su abordaje debe ser global. No basta con tratar el síntoma; hay que entender todo el contexto en el que aparece.
¿En qué medida influyen las creencias del paciente en la intensidad con la que se experimenta el dolor?
Hay una dimensión del dolor que es claramente cultural. Cuando se transmite al paciente la idea de que “no es para tanto”, esa percepción acaba interiorizándose. Esto se observa especialmente en mujeres que llevan años conviviendo con dolor sin un diagnóstico claro y a quienes se les ha repetido, por ejemplo en el caso del dolor menstrual, que es algo normal y sin importancia. Con el tiempo, por una cuestión de adaptación, se bloquean ciertas rutas y la persona pierde la capacidad de valorar con precisión la intensidad del dolor. En consulta ocurre a menudo: se les pide que lo sitúen en una escala del 1 al 10 y no saben si es un 8, un 10 o incluso más. Por eso se dice que el contexto cultural influye. Si se interioriza que ese dolor no es relevante, deja de interpretarse como una señal de alarma. Y así llegan pacientes con dolores muy intensos —a veces hasta el punto de marearse o desmayarse— que, sin embargo, aseguran que “no es para tanto”. En ese sentido, sí existe un aprendizaje, consciente o inconsciente, que lleva a restar importancia a determinados síntomas.
¿Se está recurriendo en exceso a la medicación en el abordaje del dolor?
La respuesta corta es sí. Ahora bien, eso no significa que el dolor no deba tratarse. Al contrario: ningún paciente debería vivir con dolor. El problema aparece cuando se limita la intervención a aliviar el síntoma sin intentar entender qué lo está provocando. El tratamiento debería ir siempre acompañado de una búsqueda activa de la causa: interpretar qué está diciendo ese dolor y cuál es el problema de fondo. Si no se aborda lo que hay detrás, difícilmente se estará haciendo un buen trabajo desde el punto de vista médico. Aun así, es importante matizar que esto no se puede generalizar del todo, porque cada vez hay más profesionales que trabajan con un enfoque más integral. En ese sentido, el uso de determinados fármacos —como antidepresivos o analgésicos muy potentes que pueden generar dependencia— puede ser útil en algunos casos, pero pierde sentido si no se acompaña de un abordaje que trate el origen del problema. Tanto a nivel personal como profesional, medicar sin entender la causa supone quedarse a medio camino.
¿Cuáles son los motivos de dolor más frecuentes por los que acuden los pacientes a consulta?
Diría que, en muchos casos, se trata del “dolor del alma”. Trabajo con pacientes neuroquirúrgicos —con problemas del sistema nervioso, la cabeza o la columna— y, aunque el dolor de espalda es muy frecuente, cuando se profundiza en su historia casi siempre aparece un evento vital importante. Es decir, no todo tiene una explicación física: muchas veces hay un componente emocional, una dificultad para gestionar lo que la persona está viviendo. Como suele decirse, cuando una persona no puede expresarlo, acaba expresándolo el cuerpo. No somos solo cuerpo o solo mente; todo está conectado. El sistema nervioso, especialmente su parte autónoma, puede activarse de forma constante por el estrés, lo que influye en cómo se afronta el día a día y en la aparición de síntomas físicos. Por eso, ignorar lo que le está pasando emocionalmente al paciente es, en mi opinión, un error importante a la hora de abordar el dolor.
Para mí operar es como la meditación: se está completamente presente, en ese momento y por esa persona
¿En qué casos el dolor requiere cirugía y en cuáles puede resolverse con tratamiento conservador?
En consulta me encuentro a menudo con pacientes que ya han pasado por varios especialistas y llegan convencidos de que necesitan operarse. Cuando se les pregunta qué les ocurre, muchos responden: “Tengo una hernia discal”. Y la respuesta suele ser la misma: no se operan hernias, ni resonancias ni radiografías; se operan pacientes. Antes de tomar cualquier decisión, es fundamental entender qué le está ocurriendo realmente a esa persona. En la mayoría de los casos, no es necesario recurrir a la cirugía. De hecho, la intervención quirúrgica es el último escalón del tratamiento, después de haber probado otras opciones. Diría que solo un porcentaje reducido —en torno al 30% como máximo— acaba en quirófano. La cirugía se plantea únicamente cuando hay un déficit neurológico, como pérdida de movilidad o sensibilidad, o cuando existe un dolor muy intenso, con una causa física clara, que incapacita al paciente y no responde a tratamientos conservadores.
¿Qué siente al operar y saber que puede mejorar la vida de un paciente?
Los lunes los empiezo siempre con cirugías, porque para mí es el mejor momento de la semana. Tener una intervención es un regalo: es, al mismo tiempo, mi trabajo y mi pasión, y creo que tengo una enorme suerte de haber podido dedicarme a algo que también disfruto así. Cuando se entra en el quirófano, todo lo demás queda fuera. Muchas veces lo comparo con la meditación: se está completamente presente, en ese momento y por esa persona. Es una sensación difícil de explicar, que incluso genera cierta adicción, al menos para mí y para el equipo. Porque cuando las cosas salen bien y se siente que se ha ayudado a alguien, la satisfacción es enorme. Al final, se pasan muchas horas en el aquí y ahora. No se puede mirar el teléfono ni estar pendiente de otra cosa; todo desaparece y solo existe el problema de esa persona. Y eso también conecta mucho con la compasión y la gratitud. Poder vivirlo como parte del día a día es un auténtico lujo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.