España vuelve a afrontar jornadas de temperaturas elevadas. Este lunes, 13 de julio de 2026, la Agencia Estatal de Meteorología mantiene activos avisos por calor en distintas zonas del país, con temperaturas máximas que pueden alcanzar los 39 grados en algunos puntos. La Organización Mundial de la Salud recuerda que, durante los episodios de calor, es fundamental mantenerse hidratado, beber agua regularmente y evitar el exceso de alcohol y cafeína. Como referencia general, recomienda aproximadamente un vaso de agua cada hora y entre dos y tres litros al día, salvo que exista alguna restricción médica.
Cuando hace mucho calor, pocas cosas apetecen tanto como un vaso de agua con hielo o un helado recién sacado del congelador. La sensación inicial es refrescante y casi inmediata. Pero no todo el mundo lo vive igual, ya que algunas personas notan pesadez, hinchazón o una digestión más lenta después de tomar algo muy frío.
La doctora Silvia Gómez Senent, médica especialista en aparato digestivo, neurogastroenterología y microbiota, abordó esta cuestión en un vídeo publicado en su cuenta de Instagram (@silviagomezsenent), bajo la pregunta “¿El agua fría realmente afecta tu digestión?”. En la publicación señala que, en personas con una digestión sensible, tomar agua fría justo después de comer puede generar sensación de pesadez o malestar.
La especialista desarrolló posteriormente el concepto de la llamada “paradoja del agua fría” durante una entrevista concedida a Europa Press Salud/Infosalus, publicada el 20 de junio de 2026. Allí explicó que el agua es necesaria para una buena digestión, pero que, cuando se toma demasiado fría, puede modificar temporalmente algunas funciones del estómago. Eso sí: en personas sanas no “bloquea” la digestión ni supone un peligro por sí misma.
Qué ocurre en el estómago
Según explica Gómez Senent, cuando una bebida muy fría llega al estómago, el cuerpo puede reaccionar con una vasoconstricción local, es decir, un estrechamiento temporal de los vasos sanguíneos de la zona. También puede modificarse ligeramente el ritmo gástrico, haciendo que el vaciado del estómago sea algo más lento durante los primeros minutos.
En algunas personas sensibles, ese cambio puede acompañarse de molestias como sensación de plenitud, hinchazón, espasmos leves o incomodidad abdominal. No es una reacción universal ni necesariamente preocupante, pero sí ayuda a explicar por qué a alguien puede sentarle peor un vaso de agua helada que uno fresco.
La especialista insiste en un matiz importante: beber agua fría no es perjudicial para la mayoría de la población. El efecto, cuando aparece, suele ser leve, pasajero y depende mucho de la sensibilidad individual, del momento y de lo que se haya comido antes.
Algunos estudios respaldan que la temperatura puede modificar de forma temporal la actividad del estómago, aunque la evidencia disponible es limitada y se basa en muestras pequeñas. Una investigación publicada en la revista científica Gut estudió el vaciado gástrico de bebidas a diferentes temperaturas y observó que una bebida fría, a unos 4 grados, salía del estómago más lentamente durante los primeros minutos que otra a temperatura corporal. Sin embargo, la temperatura del contenido gástrico se normalizaba progresivamente y las diferencias desaparecían después, por lo que el estudio no demuestra que el frío detenga o “corte” la digestión.
Otro pequeño estudio, publicado en 2020 y realizado con once hombres jóvenes sanos, encontró que beber agua a 2 grados antes de comer reducía temporalmente las contracciones gástricas en comparación con beberla a 37 o 60 grados. Los autores concluyeron que la temperatura del agua puede influir momentáneamente en la motilidad del estómago, aunque el reducido número de participantes obliga a interpretar los resultados con prudencia.
En verano, mejor no hacerlo de golpe
La paradoja se nota más en situaciones concretas. Por ejemplo, después de una comida copiosa, durante un día de mucho calor, tras hacer ejercicio intenso o en personas con digestiones delicadas. En esos contextos, el cuerpo ya está gestionando varios estímulos a la vez: calor, posible deshidratación, digestión y cambios de temperatura.
Si entonces se ingiere una bebida helada de forma rápida, algunas personas pueden experimentar malestar, una sensación popularmente descrita como “corte” digestivo o una mayor pesadez. Esto no significa que la digestión se haya detenido ni que el cuerpo esté en peligro, sino que el contraste térmico puede resultar incómodo en personas especialmente sensibles.
Por eso, para hidratarse en plena ola de calor, muchas veces puede resultar más confortable optar por agua fresca, no necesariamente helada, y beberla poco a poco. Refresca, hidrata y evita un contraste brusco en el aparato digestivo.
No obstante, la prioridad durante los episodios de calor debe ser beber suficiente agua. Ni AEMET ni la OMS recomiendan evitar el agua fría de manera general. La temperatura más adecuada será aquella que permita mantener una buena hidratación sin provocar molestias. La OMS aconseja beber regularmente durante el día y no esperar necesariamente a tener sed, especialmente en personas mayores o vulnerables.
Los helados tienen otro matiz
Con los helados ocurre algo parecido, pero con una diferencia: no solo están muy fríos, sino que a menudo contienen grasas y azúcares. Estos nutrientes, especialmente las grasas, pueden hacer por sí mismos que el vaciado del estómago y la digestión sean algo más lentos.
La combinación de frío extremo, grasa y azúcar puede favorecer la hinchazón o la pesadez en personas sensibles, especialmente si se toma mucha cantidad o justo después de una comida abundante. Así lo explicó Gómez Senent en su entrevista con Infosalus, aunque recordó que sus efectos dependen de cada persona y de la cantidad consumida.
Aun así, un helado ocasional en verano no supone un problema digestivo relevante para la mayoría de las personas sanas. Las molestias pueden ser más frecuentes en quienes ya sufren digestiones pesadas, reflujo, dispepsia, síndrome del intestino irritable u otros trastornos digestivos.
¿Afecta a la microbiota?
El impacto sobre la microbiota, según Gómez Senent, sería en todo caso teórico, leve y transitorio. Si el frío modifica temporalmente el tránsito intestinal en una persona sensible, podría cambiar durante un periodo breve el entorno en el que viven las bacterias intestinales.
Sin embargo, actualmente no existen pruebas científicas sólidas que demuestren que beber un vaso de agua fría o comer un helado ocasional perjudique la microbiota intestinal. Por tanto, esta posible relación no debe presentarse como un efecto demostrado, sino como una hipótesis que necesitaría más investigación.
La idea práctica es sencilla: no hace falta tener miedo al agua fría, pero tampoco es necesario convertir el hielo en la única forma de hidratarse. Si notas que te sienta mal, elige bebidas frescas, bebe despacio y evita los contrastes extremos justo después de comer. Durante los días de calor, lo verdaderamente importante es mantener una hidratación suficiente.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.