Dejar de fumar no depende únicamente de retirar el impulso de sacar un cigarrillo de su caja. Para Lola Sorribes, terapeuta emocional, autora y creadora del método Fumafín, abandonar el tabaco implica también romper los vínculos emocionales, psicológicos y cotidianos que el fumador ha construido alrededor de él a lo largo de su vida.
Tras más de tres décadas acompañando a personas que querían dejar de fumar, Sorribes ha trasladado su método al libro El día que dejé de fumar, basado en su propia experiencia personal, en el que propone un proceso progresivo de cinco semanas para dejar el tabaco sin medicación. En conversación con este diario, explica por qué considera fundamental entender qué función ocupa el cigarrillo en nuestra vida, reconocer los motivos por los que empezamos a fumar y cuáles son los errores más habituales al dejar de hacerlo.
Usted fue fumadora. ¿Cómo influyó esa experiencia en la creación de su método?
Fumé durante aproximadamente 25 años y tuve muchos problemas respiratorios, especialmente bronquitis de repetición. Era de esas personas que un lunes decidían dejar de fumar, tiraban el paquete a la basura y, al cabo de una hora, volvían a buscarlo aunque estuviera manchado de café o de comida. Conozco perfectamente esa dependencia porque la he vivido. Cuando dejé de fumar empecé a comprender que no existía únicamente una dependencia física. Había también una dimensión emocional, psicológica y ritual. Está el cigarrillo después de comer, el gesto de llevarlo a la boca, determinados momentos del día… Por eso decidí desarrollar un método que trabajara todas esas dimensiones y no solamente la nicotina.
¿Por dónde empieza una persona que quiere dejar de fumar?
Para mí, el primer paso consiste en tomar conciencia de la relación que ha construido con el cigarrillo. El fumador suele vivir en una especie de pulso constante con el tabaco y, con el tiempo, puede atribuirle cualidades que realmente no tiene: pensar que le relaja, que le ayuda cuando está enfadado o que necesita fumar después de determinadas situaciones. Por eso, las primeras sesiones están destinadas a observar el hábito. Les propongo, por ejemplo, anotar cada cigarrillo y reconocer en qué momentos lo fuman. Muchas personas llevan veinte años fumando y, cuando les preguntas cuántos cigarrillos consumen cada día, necesitan pensárselo. Esa observación permite empezar a descubrir hasta qué punto existen automatismos de los que ni siquiera eran conscientes.
Además de esa toma de conciencia, usted propone preguntarse por qué se empezó a fumar. ¿Por qué es importante volver a ese momento?
Porque muchas veces el motivo por el que una persona comenzó a fumar hace décadas que ha desaparecido. Es frecuente empezar durante la adolescencia o la juventud para integrarse en un grupo, sentirse mayor o porque los demás también fuman. Ahora podemos observar algo parecido con el vapeo entre los jóvenes. Veinte o treinta años después, aquellas razones ya no existen. Sin embargo, la persona continúa fumando porque se ha establecido una dependencia y porque no sabe cómo romperla. Volver al origen permite comprender esa diferencia: “Yo empecé por esta razón, pero hoy no sigo fumando por aquello”. Ese cambio de perspectiva ayuda a separar la identidad de la persona del hábito que ha ido adquiriendo con el tiempo.
Habla también de dejar de sentirse víctima del cigarrillo…
Muchas personas fumadoras se plantean periódicamente dejarlo: después de las vacaciones, en enero, el lunes siguiente… Lo intentan y, si vuelven a fumar, pueden terminar pensando que les falta fuerza de voluntad. Yo intento cambiar esa percepción. Se trata de entender que existe una dependencia y que hace falta un proceso para desarticularla. Cuando una persona comprende qué mecanismos mantienen el hábito, puede empezar a recuperar la sensación de control. El objetivo del método es precisamente que ese proceso sea progresivo y que, durante varias semanas, vaya modificando la relación que mantiene con el cigarrillo hasta llegar al momento de dejarlo definitivamente.
Uno de los principales errores al dejar de fumar es pensar, después de meses o años sin hacerlo, que ya se controla completamente la situación
¿Dejar de fumar supone construir una nueva identidad?
En cierta manera, sí. Cuando alguien lleva muchos años fumando, el cigarrillo ocupa muchísimo espacio cotidiano. Está presente después de comer, mientras espera, mientras habla por teléfono o durante los momentos de descanso. Al desaparecer, la persona descubre espacios que antes llenaba automáticamente fumando. A lo largo de estos años me han escrito personas contándome que, después de dejarlo, habían retomado actividades que habían abandonado, como tocar el piano, hacer yoga o practicar algún deporte. Creo que eso ocurre porque empiezan a reconectarse con lo que realmente quieren hacer. Dejar el tabaco no consiste solo en quitar algo; también puede generar la sensación de recuperar tiempo y capacidad de decisión.
¿Cuál es el error más frecuente que se comete una vez se ha conseguido dejar de fumar?
Uno de los principales es pensar, después de meses o años sin fumar, que ya se controla completamente la situación. Puede suceder en una boda, una cena o cualquier celebración: alguien ofrece un cigarrillo y la persona piensa que, como lleva mucho tiempo sin fumar, podrá consumir solamente uno. Ese es un momento delicado porque puede facilitar que se recupere rápidamente el hábito. Después de ese primer cigarrillo llega otro y, poco a poco, algunas personas vuelven al consumo anterior. Por eso insisto mucho en no interpretar los años sin fumar como una autorización para volver a fumar ocasionalmente. Haber abandonado el hábito no significa que sea conveniente volver a experimentar con él.
¿Qué papel juega el lenguaje al dejar el tabaco? ¿Es diferente pensar “debo dejar de fumar” que “quiero dejar de fumar”?
Es una diferencia importante. Una persona puede pensar que debería dejarlo porque se lo ha recomendado el médico, porque tiene hijos pequeños o porque sabe que fumar perjudica su salud. Pero otra cosa es llegar al punto de decir: “Quiero dejarlo porque estoy cansado de esto”. Ese deseo tampoco tiene que ser absolutamente firme desde el primer día. Es normal que exista miedo o inseguridad, porque estamos hablando de una adicción. Pero tiene que haber una voluntad suficiente para realizar algunos cambios y seguir el proceso. En ocasiones he encontrado personas que todavía estaban en el “debería” y les he recomendado madurar la decisión antes de empezar.
En su método utiliza herramientas como cambiar de marca, registrar los cigarrillos o fumar solamente una parte. ¿Qué busca con estos ejercicios?
El objetivo es romper automatismos. La marca, por ejemplo, puede formar parte de la identidad del fumador: hay personas que dicen que solamente pueden fumar una determinada. Cambiarla sirve para debilitar esa asociación. También utilizamos una fajilla que cubre el paquete y permite registrar los cigarrillos según la hora del día. Antes de encender uno, la persona tiene que detenerse y apuntarlo. Ese pequeño gesto introduce una pregunta: “¿Realmente quiero fumarlo?”. Al final del proceso también reducimos progresivamente el consumo. Más que imponer prohibiciones, intento introducir pequeños obstáculos conscientes entre el impulso y el acto automático de encender el cigarrillo.
¿Qué cambios suelen notar las personas cuando finalmente dejan de fumar?
Lo primero que muchas describen, después de fumar su último cigarrillo, es una gran satisfacción al comprobar que pueden pasar horas e incluso un día entero sin fumar. Yo siempre les digo que al principio lo vivan de hora en hora y de día en día: hoy no he fumado, mañana volveremos a hacerlo. Pero, más allá de los cambios físicos, lo que yo observo es una sensación de control y autonomía. Descubrir que podían hacer algo que durante mucho tiempo habían considerado imposible también puede trasladarse a otros aspectos de su vida.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.