La luz roja ha pasado en pocos años de los laboratorios a los gimnasios, los centros de estética y los hogares. Máscaras LED y paneles de fotobiomodulación se promocionan para mejorar la piel, favorecer la recuperación muscular, aliviar el dolor o combatir el cansancio. Pero no todas esas aplicaciones cuentan con el mismo respaldo científico.
El físico Roberto Espinosa, profesional del sector tecnológico y cofundador de Mitocitex, acaba de publicar, junto a Rafa Espinosa y Gema Casado, La revolución de la luz roja (Alienta), un libro en el que explica qué sabemos sobre esta tecnología, cuáles son sus beneficios más estudiados y dónde empiezan todavía las incógnitas. Lo explica en conversación con La Vanguardia.
Cuando se habla de luz roja, se habla también de fotobiomodulación. ¿En qué consiste?
Es la interacción de determinadas longitudes de onda de la luz con nuestra biología. Algunos fotones pueden ser absorbidos por componentes celulares y desencadenar distintas respuestas bioquímicas. Uno de los mecanismos más estudiados está relacionado con las mitocondrias, que desempeñan un papel fundamental en la producción de energía celular. Determinadas longitudes de onda del rojo y del infrarrojo cercano pueden modular algunos de esos procesos. Por eso no hablamos simplemente de iluminar la piel de rojo, sino de utilizar unas longitudes de onda y unas dosis concretas para provocar una respuesta biológica.
¿Qué beneficios asociados al uso de la luz roja se han observado con mayor claridad hasta ahora?
Hay varios ámbitos que llevan bastante tiempo estudiándose. Uno de ellos es la reparación de tejidos y la cicatrización. También existen aplicaciones relacionadas con el dolor y la recuperación muscular, especialmente después del ejercicio. Otro campo importante es la dermatología. Se ha investigado su efecto sobre procesos vinculados con el colágeno, la elastina y determinados parámetros de calidad de la piel. Después existen otros campos prometedores, pero en los que la evidencia es todavía menos sólida.
Precisamente las máscaras LED se han convertido en uno de los productos más populares en redes sociales. ¿Pueden mejorar realmente la piel?
La fotobiomodulación aplicada a la piel es una de las áreas más estudiadas y existe fundamento científico para determinadas aplicaciones. Se han investigado cambios relacionados con el colágeno, la elastina, la inflamación y algunos signos del envejecimiento cutáneo. Ahora bien, eso no significa que todas las máscaras funcionen igual. Hay diferencias enormes en potencia, longitudes de onda, distribución de los LED y dosis. Una máscara puede emitir luz roja y no reproducir las condiciones utilizadas en los estudios. Hay que separar la evidencia sobre la tecnología de la calidad concreta del dispositivo.
La luz roja también se utiliza en deporte. ¿Qué puede aportar en la recuperación muscular y el cansancio?
Se ha investigado bastante su uso antes o después del ejercicio y su posible relación con la recuperación muscular, determinados marcadores de fatiga y, en algunos estudios, el rendimiento. La explicación vuelve a estar relacionada con el metabolismo celular y con otros procesos de señalización e inflamación. Pero hay que evitar simplificaciones. Que pueda ayudar en determinados contextos no significa que alguien cansado se coloque delante de un panel y automáticamente recupere la energía. La fatiga puede tener muchas causas y algunas requieren una valoración médica.
El problema es pensar que cualquier luz roja sirve para cualquier cosa
¿Qué ocurre con aplicaciones más ambiciosas de esta tecnología, como el Alzheimer o el Parkinson?
Hay investigaciones publicadas y algunos resultados iniciales son prometedores, pero todavía no hablaría de una terapia consolidada. Se está estudiando en Alzheimer, Parkinson, deterioro cognitivo y otras condiciones neurológicas. La hipótesis tiene que ver, entre otros mecanismos, con la función mitocondrial y el metabolismo de las neuronas. Pero una cosa es que exista un mecanismo plausible y otra demostrar un beneficio clínico. Para eso hacen falta estudios más amplios, durante más tiempo y con protocolos comparables.
En su libro también habla de longevidad. ¿Qué relación puede tener la luz roja con un envejecimiento saludable?
Yo diferenciaría entre vivir más años y conservar durante más tiempo una buena capacidad funcional. El interés está relacionado principalmente con la función mitocondrial, que cambia con el envejecimiento y participa en numerosos procesos celulares. La luz roja no hace milagros contra el envejecimiento, pero puede ser un excelente aliado celular si se combina con ejercicio, buena dieta, descanso y prevención.
¿Qué diferencia hay entre la luz roja y el infrarrojo cercano?
Una de las principales diferencias está en la capacidad de penetración. La luz roja actúa fundamentalmente en tejidos más superficiales, mientras que el infrarrojo cercano puede alcanzar una mayor profundidad. Esto condiciona sus posibles aplicaciones. Para la piel pueden resultar interesantes determinadas longitudes de onda rojas, mientras que para estructuras más profundas se investiga más el infrarrojo cercano. No podemos hablar, sin embargo, de una profundidad exacta para todos los casos, porque depende del tejido, la longitud de onda y las características del dispositivo.
¿Cuánto tiempo y con qué frecuencia habría que utilizarla?
No existe una pauta universal. Muchos estudios utilizan varias sesiones semanales, pero depende del objetivo, del dispositivo y de la dosis. Además, más tiempo no significa necesariamente mejores resultados. En fotobiomodulación se describe una respuesta bifásica: una determinada dosis puede generar un efecto positivo, pero aumentar mucho la exposición no implica obtener más beneficio. Por eso encontramos protocolos de cinco, diez o veinte minutos. Lo importante no es solo el tiempo, sino cuánta energía llega realmente al tejido.
Ante el auge de paneles y máscaras en el mercado, ¿en qué debería fijarse un consumidor?
Que una luz se vea roja no significa que tenga las características necesarias para producir un efecto determinado. Conviene conocer las longitudes de onda, la irradiancia y la documentación técnica del dispositivo. También recomiendo fijarse en los controles de fabricación y en las certificaciones. Una referencia es la ISO 13485, relacionada con sistemas de gestión de calidad para productos sanitarios. Sobre todo, desconfiaría de cualquier dispositivo que prometa solucionar prácticamente cualquier problema.
Que una luz se vea roja no significa que tenga las características necesarias para producir un efecto determinado
¿Es ahí donde empieza el marketing alrededor de la luz roja?
Exactamente. Existe una base científica, pero el problema aparece cuando se pasa de decir que hay evidencia en determinadas condiciones a afirmar que cualquier luz roja sirve para cualquier cosa. Importan la longitud de onda, la potencia, la dosis, la distancia, el tiempo y el tejido que queremos tratar. Las redes sociales tienden a borrar todas esas diferencias y a convertir una tecnología interesante en una especie de solución universal. Ese salto es precisamente el que debemos evitar.
¿Qué necesita todavía la ciencia para saber utilizar mejor esta tecnología?
Sobre todo, mayor estandarización. Hay muchísima literatura científica, pero los estudios utilizan longitudes de onda, potencias, tiempos y protocolos muy diferentes. Necesitamos definir mejor qué dosis utilizar, durante cuánto tiempo, con qué frecuencia y para qué indicación. Ese es uno de los grandes retos: pasar de saber que determinadas condiciones pueden producir efectos a establecer protocolos claros y reproducibles.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.