Es difícil sugerir cómo se recordará la moda. Contar la historia de los costureros a posteriori hace que parezca obvio explicar cómo sucedió todo, como si hubiera estado predicho. Siempre ha ayudado comprender los nuevos medios; siempre ha ayudado vestir a una muestra del “quién es quién” de cada época. Pero nunca es tan fácil identificarlo mientras ocurre, precisamente por todo el ruido: cuando los historiadores de la moda se sienten a revisar sus recuerdos de lo que realmente los conmovió, no mirarán los mejores looks para refrescar la memoria, sino a los personajes que los acompañaron, los fotógrafos que captaron su esencia, los artistas que quisieron desesperadamente la marca en su obra, vistiendo a sus musas, convirtiéndolos en personajes.
Tanto se burla de esta generación por la sobrecarga de información. En la era de las redes sociales, una sensación creciente de agobio está siempre a unos pocos toques de distancia. Pero el problema no es exactamente el exceso de información o una avalancha de imágenes, sino la falta de curaduría. Mientras los curadores intentan ponerse al día y asimilar las imágenes que sobresalen de una noche de exceso visual como la Gala Met, resulta más útil fijarse en la permanencia de una marca y su huella en la moda a través de sus colaboradores. Entra en escena Anthony Vaccarello.
El diseñador todoterreno al frente de Yves Saint Laurent–uno de los anfitriones de la gala de anoche– ha descubierto la manera de envolver su etapa en una nostalgia que algún día se convertirá en buenos recuerdos en salas de exposiciones, en gran parte por no reinventar al diseñador francés que da nombre a la marca. Vaccarello se ha apoyado constantemente en los sellos de Saint Laurent, no solo los esmóquines, como el que lució Loli Bahia, sino en la lógica detrás de ellos: que los cortes ajustados deben sentar bien sobre cualquier tipo de cuerpo.
Es una sastrería universal que no ignora el género —como amenaza con hacer parte de la moda actual al inclinarse por siluetas cuadradas o al perder la oportunidad de crear ropa verdaderamente no binaria— sino que va al fondo de la cuestión: dónde están las curvas, incluyendo la musculatura, algo nada menor en la era de la ropa deportiva, donde cada vez más atletas incursionan en la moda.
Esta confluencia de factores explica por qué Connor Storrie debería ser, lo que recordemos de la Gala Met cuando llegue el momento de curar una retrospectiva de Vaccarello dentro de treinta años. Y quizá todos conectemos nuestros microchips de realidad virtual no solo para ver al actor, sino para sentir el viento cuando Storrie —tras entregarse al papel del jugador de hockey, Ilya Rozanov, en Más que rivales y ganarse una legión de fans por su físico esculpido— se quitó su traje de Saint Laurent y reveló un look sin mangas que decía mucho sobre las ideas de Vaccarello al frente de la marca.
La forma de la camiseta que lucía Storrie era innegablemente —en términos de antaño— femenina, y sin embargo los cortes en las mangas y los hombros acentuaban su figura. El material, una seda negra, ya debía resultar familiar para quienes siguen la Gala Met de principio a fin, pues se parecía bastante —aunque con distinta silueta— al look de Zoë Kravitz. La actriz ha sido embajadora de YSL durante años y, aunque su prometido Harry Styles no asistió a la Quinta Avenida ayer, Kravitz estuvo acompañada de la mano por Vaccarello.
Los elementos favorecedores de los looks de Storrie y Kravitz funcionan casi en sentido inverso: el vestido de Kravitz destaca piernas y escote, mientras que el de Storrie resalta los brazos y dirige la mirada hacia su porte con la ayuda de una capa. No tiene mucho sentido preguntarse si podrían intercambiar atuendos. Al fin y al cabo, el propio Yves Saint Laurent nunca diseñó con una única idea de belleza, sino —como dijo en el Interview Magazine de Andy Warhol— con cinco o seis ideales femeninos en mente.
Aun así, hay un logro claro en que, en una velada conocida por los que saltan a la piscina, Storrie y Kravitz brillaran con looks negros y sutiles que, en lugar de dominar el cuerpo, dejaban que ciertas zonas destacaran gracias a la sastrería. El vestido transparente de Kate Moss seguía la misma lógica: complementar la forma e invitar al movimiento.
¿Quiénes serán entonces los curadores que tomen nota? Quizás seguirán siendo los directores de cine que entienden cómo Vaccarello ha encontrado el equilibrio en una industria preocupada por la distancia entre la alta costura y el prêt-à-porter. Ese punto medio no consiste ni en banalizar la ropa hasta seguir al usuario al gimnasio o al supermercado, ni en caer en la autoparodia convirtiendo el arte en un espectáculo rígido.
Ese limbo es la alfombra roja, donde las celebridades son a la vez más y menos humanas, como el resto de nosotros: posando con incomodidad, esperando su turno, compartiendo el escenario. Vaccarello domina esta dinámica porque es el lenguaje del cine: un simulacro de realidad en el que primero se hace una declaración visual antes de desaparecer en la sutileza de la escena.
El Saint Laurent de Vaccarello ha intensificado este año su impulso por vestir a Hollywood. Mientras que en 2024 películas como Parthenope y Emilia Pérez —apoyadas y vestidas por Saint Laurent Productions— daban prioridad a la trama, sus proyectos más recientes, de corte más autoral, han logrado crear una estética propia, una firma visual claramente “Vaccarello”.
Resulta poderoso ver a Charlotte Rampling en Padre Madre Hermana Hermano (2025) de Jim Jarmusch con una feroz gabardina roja junto a sus hijas —interpretadas por Vicky Krieps y Cate Blanchett— y notar cómo esa prenda de rojo sangre le otorga autoridad en la escena, proyectando una sabiduría contenida y cierta distancia. Esa misma gabardina, meses después, adquiere otro significado en Amarga Navidad (2026) de Pedro Almodóvar, cuando el personaje de Bárbara Lennie la viste al borde de un ataque de nervios. En ambos casos, el abrigo permanece en la memoria como símbolo de firmeza en tiempos inciertos.
Esa magia cinematográfica es también la fórmula para triunfar en la Gala Met. Quienes cumplen las expectativas se olvidan; quienes exageran o se quedan cortos pasan rápidamente. En cambio, los curadores del futuro están atentos a looks como el de Hailey Bieber, inspirado en la colaboración de Yves Saint Laurent con el escultor Claude Lalanne en 1969. Marcar tendencia no se trata solo de que la gala sea una fuente clave de financiación para Vogue, ni de su impacto mediático, sino de quién logra dejar huella en quienes realmente construyen el relato cultural: directores de cine y editores de revistas.
Es seguro que figuras como Anna Wintour, Almodóvar o Jarmusch siguieron la velada atentamente, no en busca de titulares, sino de protagonistas. Aquellos capaces de enfrentarse al momento paparazzi con aplomo serán los que regresen cuando llegue la hora de crear arte duradero. Así, apostar por Anthony Vaccarello resulta ser una jugada segura en una noche de grandes riesgos.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.