A pocas horas del esperadísimo eclipse solar, con el Sol, la Luna y la Tierra ya prácticamente alineados, la historia del Omega Speedmaster Moonwatch vuelve a tomar relevancia. Es, ya lo saben, ese clásico que no construyó su mito con campañas de márquetin sino en laboratorios de pruebas, cabinas espaciales, y finalmente, el 21 de julio de 1969, sobre la superficie de la Luna.
Su historia arrancó a comienzos de 1960, en plena Guerra Fría, cuando la NASA reclamó un cronógrafo capaz de soportar las condiciones más extremas imaginables. Cambios bruscos de temperatura, vacío, humedad, vibraciones, aceleraciones y fuertes impactos. En lugar de solicitar las propuestas directamente a los fabricantes, dos ingenieros adquirieron de forma anónima cronógrafos de varias firmas en concesionarios oficiales y los sometieron a una batería de ensayos implacable. En ningún momento las marcas supieron que estaban siendo evaluadas.
El 1 de marzo de 1965, cuando concluyeron las pruebas, solo el Omega Speedmaster las superó todas y desde ese mismo día se certificó por la NASA como Flight Qualified for All Manned Space Missions y se convertía en el cronógrafo oficial para todas las misiones espaciales tripuladas. Aunque, eso sí, curiosamente antes de obtener esa certificación inesperada, algunos astronautas como Walter M. Schirra y Gordon Cooper ya habían utilizado un Speedmaster para sus misiones del programa Mercury.
Pero el momento más importante de este reloj llegó ese famoso 21 julio de 1969, cuando, durante la misión Apolo 11, el mundo asistía al primera alunizaje de la historia. Aunque Neil Armstrong dejó su reloj en el módulo lunar como respaldo de un instrumento de a bordo, Buzz Aldrin descendió con su Speedmaster en la muñeca. Desde entonces ese reloj, el primero en llegar a la Luna, recibió el sobrenombre con el que hoy se conoce universalmente. Moonwatch. Y la inscripción grabada en el fondo de todos los relojes que a día de hoy se editan dentro de esta colección de deseo resume ese hito histórico. The first watch worn on the moon.
El modelo que sirvió de inspiración para el Moonwatch moderno corresponde a la cuarta generación del Speedmaster, que es la referencia utilizada durante las misiones Apolo. Su diseño apenas ha cambiado en más de medio siglo en una prueba de que algunas creaciones alcanzan la perfección a la primera. Conserva la característica caja asimétrica, diseñada para proteger la corona y los pulsadores, la esfera escalonada, el doble bisel del fondo y el famoso bisel taquimétrico con el legendario DON (Dot Over Ninety), uno de los detalles más apreciados por coleccionistas y aficionados.
Bajo esa apariencia clásica hoy late el calibre 3861, un movimiento de cuerda manual que mantiene el espíritu del histórico Lemania 321 e incorpora los avances tecnológicos del siglo actual. Es el primer movimiento Co-Aixal Master Chronometer instalado en un Moonwatch, certificado por METAS, con una precisión superior, mayor reserva de marcha y una extraordinaria resistencia al magnetismos de hasta 15.000 gauss, muy por encima de los estándares habituales de la relojería mecánica.
Hay relojes más complicados, más exclusivos, más caros. Pero pocos pueden afirmar que acompañaron a la humanidad cuando dio uno de sus mayores pasos. Y esa es una historia que ningún otro reloj puede contar con tanta legitimidad.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.