A menudo pienso que las iglesias no son un instrumento de la espiritualidad para llegar a Dios, sino el fin mismo, la mayor y mejor personificación de lo divino. Casas vacías que parecen invitar a todos a habitarlas, aunque de noche solo duerma en ellas el silencio y no el pobre; polígonos fríos disfrazados de embajadas de un lugar inenarrable llamado cielo. Ficción espiritual. En cierta forma, cualquier iglesia se erige como una inmensa sala de cine donde los espectadores se desinhiben y son capaces de proyectar conversaciones con seres de otro mundo. Pero cuando se encienden las luces y se abren las puertas, todo se evapora. Lo que pudo haber sido no fue. O fue solo imaginado. Aun así, me causan una total fascinación, pues a veces logro autoengañarme y me creo conectado a una matrix si comulgo, toco el agua bendita o me arrodillo para repetir unas frases milenarias.
En numerosas ocasiones he intentado creer en una entidad superior a nosotros, en una criatura omnipotente, sin éxito. No tengo la capacidad de creer en Dios. No me viene esa función de fábrica con el reseteo. Pero no me importa que Dios sea una invención; así y todo, concibo los templos como el lugar más parecido al inexistente Cielo. En este mundo aséptico y poblado de una feligresía falta de imaginación, me siento cómodo en los sitios considerados sagrados. El misticismo propio de estos lugares y la convicción inquebrantable y contra toda lógica de sus acólitos bien pudieran pertenecer a cualquier novela de realismo mágico: abrazan lo maravilloso e inescrutable como la verdad más absoluta. Incluso si supiéramos con certeza que no hay nada más después de la muerte, me atrevo a afirmar que lo sagrado no desaparecería, pues es algo propio del humano. No hace falta que Dios exista para creer en él; a esto llaman fe, ¿verdad? Lo cierto es que no hay nada más divino que la ilusión humana, y nada más humano que la idea de Dios, en cualquiera de sus variantes.
Cuando uno de estos templos me encandila, acabo aprendiéndomelo de memoria de tanto contemplarlo. No tengo buena memoria arquitectónica. Gracias a Dios, estos flechazos no me ocurren a menudo. Hasta la fecha, recuerdo que me pasara con tres santuarios: la renacentista Sacra Capilla de El Salvador de Úbeda, la barroca catedral de Santiago de Compostela y el incatalogable templo expiatorio de la Sagrada Família de Barcelona. Soy entonces capaz de coger cualquier cera oleosa, apéndices plásticos de mi cuerpo, y plasmar con todo detalle las fachadas y los interiores.
De estos tres hogares de Dios, la construcción de Gaudí se lleva la palma en cuanto a la adoración que le profeso. No conozco obra más ambiciosa, bella, divina, monumental y arriesgada que esta. Cualquier cosa que diga de ella será en vano, porque ya se ha dicho demasiado de ella y, sobre todo, porque la experiencia de visitarla es multisensorial. Intentar resumirla con palabras es como querer describir un espejo. Se me antoja irrealizable. Su visita despierta en el visitante un mundo propio y espiritual que cada uno siente de una manera. Entrar en ella y no sentir la divinidad es algo casi imposible de imaginar. Porque puedo comprender que el exterior guste y disguste, según los órdenes arquitectónicos predilectos de cada uno, pero el interior, ese bosque de mármol que se alza sereno, conmueve a todo el que se adentra en él —así como deslumbran el origen y la historia del templo.
No conozco obra más ambiciosa, bella, divina, monumental y arriesgada que la Sagrada Família
Cuando vivía en París, buscaba la torre Eiffel por todas partes, y si me la encontraba inesperadamente al final de una calle, sonreía y se me henchía el corazón de dicha. Me pasa igual con este templo. Creo que no habría nadie que, avisado de una inminente muerte, prefiriera darle la espalda al templo en lugar de ser lo último a contemplar.
Una estalagmita gigante —formada por residuos cálcicos de las nubes que, según muestran los pintores, tapizan el paraíso— que quiere tocar el cielo, pero que no lo logra por no hacerle sombra al monte Montjuïc, cuya presencia también es divina y rivaliza por los ojitos del Padre. ¿No es precioso? Una escalera de Jacob cilíndrica que lleva de vuelta a la tierra. Dicen —y, si no, me lo invento— que las escaleras de caracol de una de las torres no abiertas al público sí dan al cielo. La paradoja es que nadie que las haya subido ha podido bajar a contarnos lo que hay arriba. Suben y no vuelven. Debe de ser inesperadamente bello aquello.
En la exposición que se halla en los bajos del propio templo, de acceso gratuito con la entrada básica, hay una pieza que ha modificado la visión que tengo del templo: la maqueta funicular que diseñó el propio Gaudí para construir la cripta de la Colonia Güell, inspiración para esta iglesia; una maqueta invertida formada por saquitos y cuerdas que hacen de catenarias. Me estremeció porque comprendí que, para la creación de este milagro arquitectónico, Gaudí invirtió la lógica y se empeñó en reflejar lo de arriba abajo, en construir a semejanza de Dios, que entiendo que, de existir, ha de ser curvo, sinuoso, ligero y corpóreo a la vez. Esta es quizás la mejor forma de interpretar esta osadía arquitectónica.
Me siento dichoso de poder, por edad, ser testigo de la culminación de las obras. Quién sabe si el día de la inauguración, como ocurre una vez cada equis años en el pueblo de ficción de mi novela La península de las casas vacías, no le da a Dios por obrar un milagro y ascender a todos los presentes de forma directa y a todo riesgo al paraíso. O lo mismo se siente chistoso y gasta una broma macabra, como cuando desprendió la enorme roseta de la iglesia de Santa María del Mar el día del Corpus y se llevó por delante la vida de decenas de personas.
Si Dios quiere, al menos de la parte humana, es decir, de la culminación física del templo, seremos testigos. Podremos ver terminada, si no la iglesia más bella del mundo, la más ambiciosa, divina, metafísica y deudora de Dios. Lo malo es que tendré que memorizar una nueva fachada y las distintas partes que rompen tristemente —todo hay que decirlo— el skyline clásico de Barcelona. Pero voy a ir sacándole punta a las ceras.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.