Durante años, Marcos Franz (Mataró, 1993) prefirió mantener en silencio una de las etapas más difíciles de su vida. Coincidiendo con el éxito de Merlí, el actor quedó atrapado en una relación marcada por la manipulación psicológica que fue alterando progresivamente su forma de entender el mundo, sus relaciones personales y hasta su propia identidad. Durante años habló públicamente de su depresión, pero nunca explicó qué había detrás: una relación que comenzó siendo fascinante y terminó atrapándolo en una dinámica de dependencia y control.
Más de una década después, y tras años de terapia, el actor se atreve a poner palabras a aquella experiencia en su último libro, Cuando dejé de ser yo (Alienta Editorial). En conversación con La Vanguardia, Franz recuerda cómo comenzó aquella relación, por qué llegó a creer en un discurso conspirativo que terminó aislándolo de su entorno y cómo la fama, las drogas y una profunda sensación de desconexión han marcado su vida y su carrera profesional.
Durante años ha hablado públicamente de su depresión, pero nunca había contado qué había detrás. ¿Qué le ha llevado a contar esta historia ahora?
Antes sentía vergüenza. Me avergonzaba reconocer que había caído en algo así. Han pasado prácticamente once años y, después de mucha terapia, me siento mucho más tranquilo con lo que ocurrió. Ahora puedo mirarlo desde otro lugar, comprenderlo mejor y explicarlo sin sentir aquella vergüenza.
En su libro explica que perdió su identidad después de entablar amistad con un joven, antes de empezar a grabar Merlí. ¿Qué pasó?
Lo conocí por internet antes de empezar la serie. Yo estaba muy metido en Twitter, YouTube y todo aquel mundo. Finalmente, quedamos en persona y conectamos muchísimo. Era una persona muy creativa, extremadamente inteligente, y empezamos a imaginar proyectos juntos, escribir guiones, hacer cosas que nos divertían. Durante meses fue simplemente una amistad. Poco a poco empezó a contarme que procedía de unos supuestos círculos familiares de poder que poseían conocimientos que el resto de la sociedad desconocía. Me decía que grandes personajes de la historia, artistas, científicos o músicos habían formado parte de aquellas estructuras y que, en realidad, gran parte de la cultura y de la sociedad estaba diseñada para manipularnos.
¿Cómo llegó a creer en algo así?
Porque no te lo explica todo en cinco minutos. Si alguien llega y te suelta todo ese discurso de golpe, probablemente no te lo crees. Pero él lo hizo muy lentamente durante meses. Además, tenía un discurso muy seductor y hablaba con una tranquilidad absoluta. No parecía una persona paranoica. También me decía: “Cuando expliques esto a los demás, pensarán que estás loco porque ellos están dormidos y tú eres una de las pocas personas capaces de entenderlo”. Eso te coloca en un lugar especial. Te hace pensar que eres diferente y que por eso los demás no pueden comprenderte. Con el tiempo entendí que utilizaba técnicas muy parecidas a las de una secta. La diferencia es que aquí no había una organización ni un grupo: éramos dos personas.
¿No le presentó a más gente que pensara de una forma similar o a su familia?
No, a nadie más. Según él, se reunían cada mucho tiempo. Entonces, lo que me decía era: “Cuando estés preparado, te presentaré a esas personas”. Pero nunca lo estaba. Me decía que estaba muy anclado en el ego, muy centrado en querer atención, fama e incluso dinero, y que, cuando me desprendiera de todo eso, sí podría conocerlos.
Los ansiolíticos callaban mi mente y las drogas me conectaban con el mundo, pero acabé autodestruyéndome
¿Cómo se encontraba emocionalmente en aquel momento?
Dudaba muchísimo de mí, tenía pocos amigos y necesitaba sentir conexión, encontrar un propósito y sentir que pertenecía a algún sitio. Además, siempre había tenido dificultades para relacionarme con los demás. Había vivido situaciones de bullying de pequeño y arrastraba heridas que entonces no entendía. Esta persona convertía esa dificultad para conectar en otra cosa: me decía que los demás estaban “dormidos” y que yo estaba “despierto”. Transformaba mis vulnerabilidades en una supuesta señal de que era especial.
En su libro reconoce que “su ambición de poder pudo ser una puerta de entrada para aquella manipulación”…
Totalmente. Ese chico dio con mi talón de Aquiles. Desde adolescente siempre había querido destacar, triunfar con la música, el cine o como actor. Quería reconocimiento y sentirme especial. Y no hay nada más eficaz para manipular a alguien así que decirle: “Tú eres especial, tú eres superior y yo comprendo tu dolor”. Él sabía perfectamente qué tecla tocar.
Todo eso coincidió prácticamente con el comienzo del rodaje de Merlí. ¿Cómo recuerda esa etapa de su vida?
Estaba completamente desconectado. Mis compañeros podían estar hablando de nervios, relaciones sentimentales o preocupaciones propias de nuestra edad, mientras que yo tenía la cabeza llena de linajes, sociedades secretas, pirámides de poder… Mi cabeza iba a tres mil por hora. Adrián Grösser, que fue uno de mis mejores amigos durante Merlí, sí conseguía rescatarme un poco de ese estado y devolverme al Marcos real. Pero me costaba incluso aprenderme los textos porque mentalmente estaba en otro sitio. Sentía que no debía poner mi energía en la serie.
¿Cuándo empezó a darse cuenta de que estaba perdiendo su identidad?
Cuando perdí el amor por la vida. Dejé de sentir esa conexión genuina con las cosas y con las personas. Empecé a pensar que todo era artificial, que todo estaba orquestado y que, si alguien no formaba parte de aquello, era simplemente una persona “dormida”. Dejas de conectar con los demás, incluso con tu propia familia. Y ahí aparecieron una ansiedad y una depresión muy fuertes. Llegué a sentir que nada era verdaderamente real.
Lo más duro ha sido luchar contra mí mismo y recuperar las ganas de vivir; hubo una época en la que podía dormir doce horas al día
¿Nada?
Sí. Me decía, por ejemplo, que la carne estaba manipulada por grandes empresas para volvernos más dóciles o menos inteligentes. Dejé de comer carne durante un mes porque me lo creía. También ocurrió con la música. Solo escuchaba la que esa persona consideraba “elevada”, como Bach, porque supuestamente tenía unas frecuencias beneficiosas para la mente y el espíritu. En cambio, otra música podía “desordenarme” por dentro. Poco a poco va desapareciendo tu propio criterio.
¿El éxito de la serie no consiguió mantenerle conectado con su entorno y alejado de ese aislamiento?
No, y me habría gustado disfrutarlo mucho más. Esta persona me decía que no saliera de fiesta, que no me relacionara con determinadas personas, que no tuviera sexo ni me masturbara porque todo aquello supuestamente “bajaba mi frecuencia”. A veces mi propio cuerpo me pedía romper con todo eso: salía de fiesta, bebía muchísimo… Pero después sentía una culpa enorme porque consideraba que lo estaba desobedeciendo. Terminaba mintiéndole sobre lo que había hecho y eso generaba todavía más ansiedad.
Con actores muy jóvenes debería existir algún tipo de seguimiento psicológico, especialmente cuando aparece una fama tan repentina
Reconoce que incluso con sus fans llegó a comportarse de una manera que hoy no aprueba…
De repente muchísima gente se acercaba a mí, me pedía fotografías o me escribía, y yo empecé a comportarme bastante mal con algunas personas porque había aprendido a despreciar todo lo relacionado con Merlí. Pensaba que la serie era algo banal y que no merecía mi atención. Si él me decía que sacara el foco de Merlí, yo lo hacía. Si me decía que ignorara a los fans, también. Estuve tres o cuatro años dentro de esa dinámica.
¿Cómo puso fin a esa relación de dependencia?
Llevaba un tiempo detectando incoherencias. Algunos amigos, incluido Adrián, también me advertían. Una noche estaba en el Jamboree, en Barcelona, y él me escribió preguntándome si había salido. Me dijo algo así como que podía notarlo. Salí del local, lo llamé estando medio borracho y exploté. Le grité, corté la relación y lo bloqueé de todas partes. El problema es que puedes eliminar a la persona de tu vida, pero todo lo que ha metido en tu cabeza continúa ahí. Yo lo llamo el parásito. Aquellas creencias permanecieron conmigo durante años.
¿Fue ese “parásito” lo que le llevó a su adicción a los ansiolíticos y a las drogas?
Los ansiolíticos fueron inicial+ un salvavidas porque conseguían callar mi mente. Me permitía eliminar toda la ansiedad y los pensamientos intrusivos. Dejaba de analizar compulsivamente todo lo que veía: la música, los anuncios, las personas… Pero acabé desarrollando una dependencia. Le rogaba a mi amigo que me diera pastillas y después iba al médico intentando conseguir más. Estaba realmente enganchado; prácticamente cada día tenía que tomarlo. Y después llegaron las drogas. Sustancias como la cocaína me proporcionaban momentáneamente algo que había perdido: una sensación de conexión con el mundo, con las personas y con la música. El problema es que entras en una dinámica muy autodestructiva. Pierdes salud y dinero y, después del consumo, las caídas emocionales son todavía peores.
¿Cómo salió de allí?
Recuerdo que mi hermana mayor tuvo una conversación muy importante conmigo hacia 2021 o 2022. Me dijo: “Marcos, tienes que ir a terapia. Tienes que arreglar tu vida”. Incluso se ofreció a ayudarme económicamente. Ahí comenzó realmente el proceso. No se trataba solo de abandonar las drogas, sino de comprender por qué aquella persona había aparecido en mi vida, por qué yo había entrado en esa relación y qué vulnerabilidades había detrás. La terapia, al final, me ha servido sobre todo para conocerme.
He recuperado muchísimo, pero siento que queda una parte por reconstruir, sigo yendo a terapia cada semana y cada vez conecto más conmigo mismo
¿Cree que algo habría cambiado si ese apoyo psicológico hubiera llegado antes o durante el rodaje de la serie?
Quizás. Es cierto que yo he pasado por situaciones muy difíciles, pero sé que otros actores de Merlí también lo pasaron mal con la fama y con la presión. Una cosa es trabajar como actor en una serie y otra es que, de repente, media Cataluña te pare por la calle, te haga fotografías o te grabe sin que te des cuenta. Incluso llegaron a llamar al telefonillo de mi casa a las tres de la mañana para molestarme. Creo que cuando trabajas con actores muy jóvenes o adolescentes debería existir algún tipo de seguimiento psicológico. Especialmente cuando aparece una fama tan repentina.
¿Cómo vuelve uno a encontrarse después de tantos años alejado de sí mismo?
Todavía estoy haciéndolo. He recuperado muchísimo, pero siento que queda una parte por reconstruir. Sigo yendo a terapia cada semana y cada vez conecto más conmigo mismo. Entiendo mejor por qué hago determinadas cosas y por qué reacciono como reacciono. Ya no me considero una víctima de esa persona, aunque lo fui. Tampoco quiero verme como un alma torturada. Creo que simplemente soy Marcos. Soy una persona normal, con contradicciones. A veces me cuido y otras veces no. A veces me equivoco en mis relaciones y otras sé detectar lo que no me conviene. Tengo defectos y virtudes. Sobre todo, he aprendido a verme como una persona humana, no como alguien especial o superior.
¿Qué ha sido lo más difícil de este proceso?
Luchar contra mí mismo y recuperar las ganas de vivir. Hubo una época en la que podía dormir doce horas al día, no quería levantarme de la cama y no quería saber nada del mundo. Sentía el mundo como un lugar hostil.
¿Qué le hace feliz ahora?
Saber que tengo amigos de verdad, con los que puedo quedar sin que todo consista en salir y emborracharnos. Tener una familia que me apoya. Y, sobre todo, poder disfrutar de las cosas de la vida sin que inmediatamente aparezca una ansiedad o una necesidad obsesiva de analizarlo todo.
¿Qué le gustaría que encontrara el lector entre las palabras de su libro?
Creo que puede resonar con cualquiera que haya vivido una dinámica de manipulación. No hace falta haber estado cerca de una secta. Puede ser una relación de pareja en la que una persona controla a la otra, decide con quién puede salir, de quién puede ser amiga o qué puede hacer. Me gustaría que pudiera acompañar especialmente a quienes han vivido situaciones de sometimiento y que les ayudara a reconocer determinadas dinámicas. Porque cuando estás dentro, muchas veces resulta muy difícil ver lo que está ocurriendo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.