La fachada rosa del teatro Pereyra marca uno de los puntos más transitados de Eivissa. A pocos metros, los ferris descargan pasajeros llegados de València y Barcelona, los taxis avanzan en fila junto al puerto y las terrazas empiezan a llenarse en el paseo de Vara de Rey. Desde el café del teatro, una calle empinada conduce hacia Dalt Vila, la ciudad fortificada que observa el puerto desde hace siglos.
Fenicios, cartagineses, romanos, árabes y cristianos pasaron bajo estas murallas mucho antes que los turistas que hoy cambian la playa por la subida hasta la catedral de Santa Maria de les Neus. En las calles estrechas del casco antiguo todavía se ven macetas junto a las puertas, sillas apoyadas contra las fachadas encaladas y tendederos suspendidos sobre los pasajes.
También hay quien ha instalado un espejo panorámico para no perderse el atardecer desde su piscina privada. Mediterráneo en pureza, donde se mezclan los ecos populares de Ostuni o la Barceloneta antigua con el imaginario internacional del lujo que la isla blanca habita con Porto Cervo, Montecarlo o Mikonos. Aparece también algún cartel de “Se vende”, porque vivir en Dalt Vila tiene un encanto evidente y unas cuantas incomodidades menos fotogénicas. Donde el coche lo tiene difícil, la población estable se va raleando.
Sin embargo, todavía hay quien decide quedarse. Toni Ramírez, malagueño y catalán a partes iguales y director comercial de La Torre del Canónigo, suele definir el hotel boutique donde trabaja como “un agroturismo, pero en la ciudad”. La idea resume bastante bien una parte de Eivissa que aparece menos en las campañas promocionales. Entre antiguos conventos, huertos urbanos, aljibes históricos y edificios protegidos por la Unesco, la ciudad alta conserva una relación con la isla muy distinta a la de los grandes resorts y los beach clubs.
Durante buena parte del siglo XX, este peñón atrajo a artistas, escritores y músicos llegados de toda Europa. El Grupo Ibiza 59, en particular, convirtió Dalt Vila en un pequeño laboratorio creativo cuando la palabra creatividad todavía no se utilizaba para vender apartamentos. Parte de aquella historia pasó por el edificio que hoy ocupa el restaurante Corsario. La leyenda local sostiene que en otro tiempo ofreció refugio a piratas, de ahí su nombre; después fue galería y guarida de artistas. El cercano Museu d’Art Contemporani conserva buena parte de la memoria de aquella contracultura.
El edificio alojó a figuras como Salvador Dalí, Grace Kelly y Raniero de Mónaco o miembros de Pink Floyd durante los años en que Eivissa y Formentera formaban parte del imaginario psicodélico europeo. Hoy, donde antes hubo exposiciones y tertulias, el chef cubano Liván Valdés elabora platos de alta cocina en una terraza íntima con vistas al puerto. Su viaje de isla a isla empezó en La Habana hace veintiséis años, pasó por Londres y Madrid y acabó recalando en Eivissa, donde hoy mezcla recetas locales, recuerdos cubanos y productos llegados de lugares muy distintos.
Esa misma mezcla generadora se produce cada día en los atareados muelles del puerto y esparce sus semillas hasta el interior, donde los hoteles y las marinas dejan paso a algarrobos, olivares y viñedos. En Can Rich, una pequeña bodega situada cerca de Sant Antoni, se concentra casi la mitad de la superficie de viñedo existente en Eivissa, aunque la isla conserva apenas unas cincuenta hectáreas en total.
Durante décadas, de hecho, la producción local quedó reducida casi exclusivamente al consumo doméstico y a vinos campesinos filtrados con tomillo. En los beach clubs se prefería descorchar burbujas francesas y grandes taninos peninsulares. La ambición de elaborar vinos locales capaces de competir en calidad es reciente. “La idea es simple y un poco romántica: plantar viña, producir vino, mantener tradiciones y paisaje”, explica Álvaro Pérez, vallisoletano y maestro de bodega, que trabaja con diferentes cepas autóctonas, algunas todavía ausentes de los registros oficiales.
La insularidad tiene un efecto curioso: muchas cosas llegan de fuera, pero luego se quedan y terminan convirtiéndose en algo propio de la isla. En Eivissa los llaman “injertados”. Un concepto que sirve para los artistas que desembarcaron aquí hace décadas, para algunos hoteleros, bodegueros y cocineros, y también para ciertas variedades de uva que, después de generaciones creciendo en esta tierra, ya forman parte de ella.
Por la noche, cuando a lo lejos ya parpadea la luz roja del Pacha, los ferris van y vienen. Algunos pasajeros volverán a marcharse dentro de unos días. Otros acabarán injertándose.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.